CÓMO SER FELIZ EN EL DÍA A DÍA

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Cómo ser feliz en el día a día

Esto es lo que todos nosotros deseamos, ser felices en el día a día, y buscamos la manera de alcanzar esa felicidad. Quizás no sea del todo correcto el término “buscar“, pero es el vocablo que generalmente utilizamos, creyendo que la felicidad está en algún sitio, fuera de nosotros, y que la vamos a encontrar en los placeres materiales, en la sensualidad, en la comida, en los diferentes divertimientos y pasatiempos que la sociedad nos presenta. Otros creen que está en el  disfrute de una vida rodeada de lujos, teniendo muchas posesiones… pensando que todo aquello que se puede comprar con dinero va a proporcionar la felicidad. Sin embargo, no se presta atención al “yo” interno, a nuestra alma, que es la que a ciencia cierta puede proporcionar esa felicidad tan ansiada.

Podemos distinguir varios grados o estados de satisfacción, que son los que nos motivan a realizar aquello que consideramos nos puede proporcionar bienestar y felicidad. Por ejemplo, podríamos distinguir entre pasarlo bien, sentirnos satisfechos con la vida que llevamos porque estamos conformes con la misma; es decir, tenemos trabajo, una casa, una familia; no pasamos grandes necesidades, nos va bien, podemos vivir con lo que tenemos y no aspiramos a nada más. O, en otro aspecto, porque disfrutamos de la vida yendo a la playa cuando toca, al cine, a restaurantes… en fin, llevamos una vida en la que podemos disfrutar hasta ciertos límites de lo que la sociedad puede ofrecernos, y con eso nos sentimos plenos. Cada persona tendrá, pues, sus preferencias y apetencias dentro de un orden.

Todo esto y muchas otras cosas más podríamos considerarlas factores externos que, de hecho, son importantes, pero realmente ¿pensamos que en todo eso consiste la felicidad?

También internamente podríamos decir que nos sentimos bien: llevamos la vida con alegría, estamos a gusto con nosotros mismos, tenemos la conciencia tranquila, sentimos fluir la vida dentro de nosotros, esa energía, fuerza y luz que da brillo a nuestra existencia y nos impulsa a vivir con amor e ilusión.

Otro aspecto de suma importancia es la felicidad que reina en nuestros hogares, junto a nuestra pareja e hijos. ¿Hemos logrado que en nuestro hogar reine un clima de unión y de armonía? O, por el contrario, lo que se respira es rutina y monotonía, y cada uno de los miembros va a la suyo sin hacer partícipes al resto. La realidad de la vida de las parejas y la convivencia dentro de casa apunta a que es muy precaria en términos de armonía y de amor en familia, pues la estadística nos cuenta el gran número de matrimonios que se separan por diferentes motivos; uno de los más comunes es que a la pareja “se le terminó el amor”.

Este hecho es un síntoma más de que algo estamos haciendo mal, puesto que no hemos sabido mantener viva la llama del amor de pareja, y una vez consumados los apetitos sensuales nos sentimos vacíos. Creemos entonces que vamos a encontrar en otra persona la pareja perfecta y claudicamos, dejamos de luchar por lo que en un momento fue una promesa de amor de por vida.

Se podría definir la felicidad como un estado del alma, un estado interior. Si la felicidad dependiera de esos factores externos que hemos mencionado con anterioridad, al menos en occidente deberíamos vivir muy felices una mayoría de los que gozamos de esos privilegios: estaríamos todos contentos; iríamos dándonos abrazos constantemente por la calle; todo sería alegría, entusiasmo; todo el mundo estaría vibrando con energía positiva; nos daríamos los buenos días sin parar; nos dejaríamos las puertas de casa abiertas porque no temeríamos a nada ni a nadie; ninguno viviría enfadado, los vecinos serían de lo mejor, nuestro jefe sería una persona extraordinaria; como estamos felices y satisfechos apenas caeríamos enfermos; no tendríamos ningún tipo de crisis. El occidente sería lo más parecido a un paraíso, y sin embargo vemos que esto no es así, ni mucho menos.

No dejes el mundo con las manos vacías. Acumula la suprema riqueza del alma. No pierdas la dorada oportunidad, que te ofrece esta vida, de conocer a Dios. (Swami Sivananda).

A poco que observemos, la realidad es muy diferente: Casi nadie está contento con lo que tiene; la vida está llena de complicaciones; la mayoría de los obreros trabaja en condiciones muy precarias; son los que menos responsabilidad tienen de la crisis que nos ha caído encima y, sin embargo, son los que más la sufren. Los políticos no cesan de pelearse entre ellos, se faltan al respeto, se insultan, se corrompen con un facilidad pasmosa y no se ocupan de los problemas ni de dirigir y gobernar al pueblo, tal y como prometen o juran cuando asumen sus cargos. Los centros de salud ven cómo cada día las consultas están más repletas de enfermos y pacientes que demandan más ansiolíticos, tranquilizantes y todo tipo de fármacos para solucionar sus problemas de estrés y de otras muchas patologías relacionadas con los tiempos modernos en los que vivimos.

La verdad es que no estamos preparados para ser felices; la sociedad y el modo de vida que se han implantado en nuestro mundo son incompatibles con la felicidad. Y sin embargo, internamente estamos programados para la conquista de la felicidad, porque es algo inherente a nuestra propia esencia espiritual. De ahí que exista una lucha interior entre nuestra conciencia superior, que sabe a qué está llamada, y nuestra conciencia humana, conciencia de lo inmediato, que todavía no se ha identificado con la realidad de que la naturaleza de la felicidad es inherente al alma, a los valores que vamos desarrollando y que no depende de factores externos. De esta lucha interna se generan los estados de desarmonía, desequilibrio y confusión.

Por otro lado, una vez hemos satisfecho un deseo o adquirido cualquier posesión, vemos con el tiempo que no nos ha llenado; enseguida necesitamos otro, y otro; necesitamos otras cosas que perseguir, que vuelvan a llenarnos ese vacío interior, sin darnos cuenta de que estamos cometiendo errores continuos. ¿Por qué? Muy sencillo: nos equivocamos en el planteamiento de pensar que la felicidad depende de las cosas externas. Al final, todas ellas son algo efímero. Como dicen las corrientes espiritualistas orientales desde tiempos remotos, son “Maya”, una ilusión, y como toda ilusión es pasajera y no contiene el fruto de lo verdadero y auténtico, que son los valores del alma, con los que nuestra identidad espiritual se identifica y se siente plena, consciente y dichosa.

Adquirir la felicidad no es nada complicado, basta solo con hacer el bien a los demás. Esa es la ley. Cosechamos lo que sembramos. Si hacemos bien recogeremos bien, si hacemos mal recogeremos mal, si hacemos felices a los demás los demás nos harán felices, si vamos por la vida con alegría la vida nos devolverá alegría, y así sucesivamente. Ahora reflexionemos y preguntémonos qué estamos sembrando. Lo que sembramos en el pasado, en otras vidas, es lo que estamos recogiendo ahora, y lo que incluso podremos recoger más adelante: es el llamado karma acumulado, el cual corresponde a la ley del karma, la cual va administrando y ajustando las pruebas según sean nuestras necesidades evolutivas; de ahí que muchas cosas sean difíciles de cambiar, porque nos corresponde vivirlas para nuestro aprendizaje.

Pero el futuro sí lo podemos mejorar. ¿Cómo? Haciendo las cosas bien, pensando en nuestro prójimo, sembrando buenas acciones, pensamientos y sentimientos nobles y generosos, porque todo ello, repito, volverá a nosotros en forma de karma positivo. Sólo nosotros, como seres humanos, como espíritus encarnados que somos, estamos dotados de la facultad de pensar, reflexionar y distinguir el bien del mal, por eso somos responsables de nuestro destino.

No hay otro camino, somos lo que pensamos. Comencemos por ahí, pensando positivamente; amemos de corazón a nuestros seres queridos, a todos cuantos nos rodean, incluso a los animales; hemos de ser buenos y sembrar bondad por doquier. Tal como dice el espiritismo, ser buenos no consiste en no hacer el mal, sino en hacer el bien.

Esta vida es un camino de paso hacia la inmortalidad. (Swami Sivananda).

Por fortuna, en esta época estamos disfrutando de tener al alcance diferentes ramas de la psicología, como son por ejemplo la humanista, la positiva y la psicología cognitiva, que centran sus estudios en las bases del bienestar psicológico y de la felicidad, así como de las fortalezas y virtudes humanas, destacando los valores como la autoestima, la alegría, la ilusión, el entusiasmo, la voluntad, la resiliencia, el amor, el perdón, etc., etc. Son los que dignifican la vida humana y nos conducen a un estado de bienestar y, en consecuencia, de felicidad interna, al margen de nuestra condición social, de riqueza, etc., ya que todos los seres humanos albergamos en potencia las mismas cualidades. La diferencia está en creerlo y en poner en marcha las habilidades que se hallan ocultas en todos nosotros. En otras palabras, se está hablando de las facultades innatas e inherentes al espíritu humano.

Si cambiamos de actitud ante la vida, asumiendo que somos responsables en primera persona de nuestro destino, que el día de mañana disfrutaremos de lo que estemos haciendo en el presente, no debiera costarnos demasiado empezar a trabajar para comenzar esa siembra fructífera que se inicia con hacer el bien siempre que se nos presente la oportunidad. Para ello basta con tenerlo presente y con hacer los cambios oportunos en nuestro carácter que nos permitan dedicarnos a esa labor constructiva.

Deberemos ir conociéndonos a nosotros mismos día a día, para ir corrigiendo aquellos aspectos de nuestra personalidad que se alejan de los valores humanos y de la ética, y desarrollando las virtudes, todo ello con optimismo, entusiasmo, humildad y autoestima; así venceremos las dificultades que, sin duda, se nos presentarán cuando menos lo esperemos.

Entonces tendremos humor, creatividad, aprenderemos a compartir, a convivir, a darnos a los demás; saldremos a la calle con la sonrisa en la cara, daremos los buenos días con alegría a quienes comparten esta vida con nosotros y estaremos predispuestos a sacar cada día lo mejor de nosotros. Dejaremos la seriedad, la tristeza, la amargura, el pesimismo, la soledad, la rigidez y el egoísmo a un lado, dejaremos de ir por la vida con la cara mustia y la veremos de otro color. Basta con que nos dispongamos con firmeza a realizar nuestro trabajo, a amar y ser amados.

Dejaremos fluir nuestra energía, estaremos en contacto con la fuente de luz y de poder que esta ahí en el universo para nosotros, y nos sentiremos uno con la creación. Entonces otro espíritu nos animará, dejaremos de darle tanta importancia a las cosas materiales y trabajaremos con ahínco por lo que de verdad nos ha traído hasta aquí: la necesidad de progreso.

Cómo ser feliz en el día a día por: Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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