Apartado espírita

LOS ENEMIGOS INVISIBLES

Tras la muerte del Maestro Jesús, el cristianismo naciente trató de organizarse para divulgar a los cuatro vientos la buena nueva. Seguidores del Maestro se pusieron manos a la obra para trabajar en la nueva concepción del mundo. Era la luz que disipaba las tinieblas, un rayo de esperanza que llenaba los corazones de aquellas almas nobles y sencillas. Se trataba del reino de Dios; sin embargo, el trabajo se presentaba duro y muy difícil.

La religión dominante, que se encontraba en clara decadencia, reaccionó en primer lugar con rechazo y hasta con violencia para, posteriormente, en base a intereses políticos, sociales y territoriales, adoptar la nueva religión cristiana, pero adaptándola a su conveniencia. Era cuestión de tiempo perfilar la doctrina que debía envolver al evangelio, su nueva interpretación y su puesta en escena.

Las nuevas autoridades eclesiásticas arrebataron la sencillez y la simplicidad de los primeros días. Se arrogaron el privilegio, la potestad de decidir sobre los demás, estableciendo jerarquías religiosas con poder para administrar e interpretar lo que consideraban la palabra de Dios escrita en unos Evangelios seleccionados entre distintas obras y también en el Antiguo Testamento. Durante las primeras etapas, los distintos emperadores del Imperio Romano fueron los encargados de promover los diversos Concilios que habrían de regular y distinguir lo verdadero de lo falso, amenazando de excomunión y de anatema a aquellos disidentes que osaran cuestionarlos o contradecirlos.

Aquellos religiosos dogmáticos y autoridades de la época, como muchos otros posteriores, al desencarnar continuaron con los mismos vicios y actitudes, fruto de sus pasiones y defectos descontrolados. No les importó desviar a las masas confiadas e ignorantes del verdadero camino predicado por el Maestro Jesús. Aquel comportamiento religioso pervivió, salvo notables excepciones, durante siglos, adaptándose a las distintas épocas y circunstancias. Afortunadamente los tiempos han cambiado, y las mentalidades de las gentes, también.

No obstante, algunos de ellos, al dejar su cuerpo físico, comprendieron su error, el rumbo equivocado que les había llevado al precipicio, solicitando a la misericordia divina volver para nuevas tentativas de reparación, bien dentro de las religiones a las que perjudicaron o al abrigo de la doctrina espiritista. Sin embargo,  las imperfecciones morales siguen jugando malas pasadas, sobre todo a aquellos que, por sintonía espiritual, se dejan arrastrar psíquicamente por aquellas autoridades eclesiales retrógradas, enemigos invisibles que continúan desde el espacio tratando de manipular para que fracase cualquier tentativa de cambio o renovación espiritual.

Es en la obra de Manuel P. de Miranda “Senderos de Liberación”, psicografiado por Divaldo Pereira Franco, donde nos encontramos con lo siguiente: “Sucede que gran número de esos conductores religiosos están vinculados a los sicarios espirituales, que los mantienen en dependencia psíquica, explotados, para que preserven el estado de cosas conforme se encuentra”.

Y añade: “Cuando las doctrinas libertadoras se presentan empuñando las antorchas del discernimiento, sus más fervorosos seguidores, divulgadores y realizadores, son perseguidos, asediados con aflicciones y tormentos, para que desistan, desanimen o se sometan a los mentirosos patrones de los triunfos terrenales”.

En otra obra titulada “Diálogo con las sombras”, de Herminio C. Miranda, profundiza aún más en este último punto: “El movimiento espirita moderno, especialmente en Brasil, cuenta con enorme cantidad de antiguos sacerdotes, arrepentidos de sus desatinos pasados, procurando, en nueva encarnación, lavar las manchas de crímenes hediondos que cometieron. Para los antiguos compañeros, entretanto, son tránsfugas despreciables que hay que aplastar, apóstatas que tienen que ser destruidos, heréticos que precisan callar a toda costa”.

Esos antiguos compañeros, como denomina H.C. Miranda, que se sienten traicionados por sus colegas del pasado ante ese cambio de actitud, buscan denodadamente incentivarles sus defectos, sus debilidades, generándoles entorpecimientos de todo tipo, conflictos para que se desanimen o caigan en las redes del fanatismo, del personalismo o el endiosamiento; y de ese modo, fracasen en sus buenos propósitos de renovación espiritual.

Además, debido a su sensibilidad mediúmnica, cuando fallan la vigilancia y el trabajo interior, especialmente los dirigentes espiritas corren el riesgo de convertirse en presa fácil de esas entidades fanáticas que sutilmente los pueden llegar a manipular. Sin levantar sospechas, los  pueden encaminar hacia conductas excluyentes y exclusivas traduciéndose en, por ejemplo, un excesivo celo por el control doctrinario, marcando unas pautas a sus afiliados, tanto en las asociaciones de carácter local como en las federaciones y confederaciones de grupos que dirigen, con una ausencia de tolerancia o flexibilidad; buscando una unificación sumisa entre asociaciones y no una verdadera unión, aquella que respeta la idiosincrasia, las características particulares de cada lugar y cultura, olvidando muchas veces la necesaria libertad de actuación y  de democracia, que significa valorar y contar con todos a la hora de decidir; incentivando un sometimiento ciego que anula la creatividad nacida del discernimiento y del análisis, en una vuelta a los orígenes de las religiones dogmáticas, aquellas que fracasaron y que actualmente buscan su lugar en la sociedad.

Otros se caracterizan por su tendencia al intelectualismo, donde sobrepuja la razón al sentimiento, dejando los valores morales en un segundo plano. Son estudiosos y teóricos ortodoxos, no obstante, consecuencia de sus fuertes tendencias de su pasado dogmático, están acostumbrados a trabajar sobre unas directrices y estructuras rígidas; por ese motivo, se sienten muy incómodos e inseguros con las innovaciones. Cuando les llegan otras formas de ver las cosas, aunque no afecten a los principios básicos doctrinarios, lo consideran como una amenaza y no como una posible aportación enriquecedora, inherente al progreso.

Son los mismos que fomentan el mercantilismo, olvidando la gratuidad de la mediumnidad, de la divulgación altruista que permite dar un ejemplo de generosidad y de entrega a los demás, y no una mera especulación con el argumento de que es necesario financiar proyectos cada vez más ambiciosos.

Aquellos espíritus ahora desencarnados, que en épocas pretéritas condujeron a la religión cristiana de forma equivocada, buscan denodadamente conducir a la doctrina espirita hacia ese mismo destino fatal, puesto que la consideran producto del diablo. Son los enemigos camuflados del Cordero, del Cristo redivivo.

El espíritu  Emmanuel también incide en este aspecto, recordando los compromisos y deberes, muchas veces olvidados por algunos médiums y dirigentes espiritas: “Casi siempre, los médiums son espíritus que caen de las cimas sociales, por los abusos de poder, de autoridad, de fortuna y de inteligencia, y que regresan al planeta terráqueo para sacrificarse en favor del gran número de almas que desviaron de las sendas luminosas de la fe, de la caridad y de la virtud”.

Precisamente, el espiritismo nos habla de un problema que está llegando a ser pandémico en nuestros días: se trata de la obsesión y las diferentes formas en que se puede manifestar, sobre todo en su grado de fascinación, que es aquella ilusión inducida por un espíritu en el pensamiento del médium y que distorsiona o llega a paralizar el juicio sano y equilibrado.

Desde el momento en que bajamos la guardia y alimentamos pensamientos contrarios a nuestro prójimo, aquellos que generan desconfianza y división, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que hemos entrado en sintonía mental con esas fuerzas negativas.

Ante este problema, no queda otro antídoto que la oración y la vigilancia. Apelar al sentimiento; tener la suficiente humildad para comprender que podemos estar equivocados, y la necesidad de escuchar a los demás a través de un diálogo constructivo y enriquecedor. Solo así será posible evitar grandes errores que pudieran arrastrarnos a nosotros y a los demás.

Estamos en plena eclosión que marca el signo de los tiempos, la Gran Transición de la que nos hablan desde hace muchos años; la selección de los de “la derecha” y los de “la izquierda”.

Por ese motivo, los compañeros en el ideal no pueden actuar con tibieza alegando que el problema es de otros; sobre todo si las consecuencias de dichas acciones negativas arrastran a todo un grupo o a una institución. Si se observan comportamientos desviados de la fraternidad y el entendimiento mutuo, hay que exponerlos y aclararlos para reconducir la situación, de lo contrario nos convertimos, aun sin quererlo, en cómplices, con una cuota de responsabilidad de la que tendremos que dar cuentas el día de mañana.

 

Los enemigos invisibles por: José Manuel Meseguer

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