El Amor

AMOR A LOS ENEMIGOS

Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen y rogad por lo que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y que llueva sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y, si saludareis tan solamente a vuestros hermanos ¿Qué hacéis de más? ¿No hacen esto mismos los gentiles?Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los Escribas y Fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. (San Mateo, Cap. V, V.43 a 47 y 20).

Esta temática, aunque estudiada y comentada por numerosos autores, siempre es conveniente retomarla de cuando en cuando, pues el paso del tiempo es un crisol dónde se funden y actualizan las ideas.

El encabezado usado, al igual que todas las enseñanzas del Maestro y su Evangelio, son rotundos en su planteamiento. Deja poco lugar para dudas y es una situación en la que necesariamente habremos de realizar un esfuerzo para controlar emociones y pensamientos que nuestro carácter rehúsa reconocer.

A pesar de las enseñanzas del Maestro, siempre resulta conveniente la utilización del raciocinio y del análisis, evitando tomar las ideas al pie de la letra. Todas sus enseñanzas están orientadas hacia el crecimiento y desarrollo espiritual. Vienen a decirnos qué facetas de nuestro carácter hemos de mejorar y que asignaturas seguimos teniendo pendientes.

Entre estas asignaturas está la del Amor a los Enemigos, en la que, sin duda alguna casi todos suspenderíamos. Si ya de por sí resulta difícil amar a los amigos y/o aquellos a los que queremos, ¿qué decir de nuestros contrarios?, de esas personas que no comparten nuestro parecer, con las que tenemos disputas, malas experiencias y desencuentros.

Los espíritas debemos asumir el hecho de que cada día se nos exigirá un poco más. El evangelio es semejante a un conjunto de reglas y normas qué, en la medida que vamos profundizando y comprendiendo mejor, nos invitan a ir más lejos en su práctica.

Apreciado lector, si desconoces las Leyes Universales, este conjunto de usos y prácticas, te pueden llegar a parecer estúpidas, difíciles de llevar a la práctica y, en ocasiones mera utopía. Por poner un ejemplo, en los cálculos matemáticos, un niño apenas podrá realizar cálculos básicos, mientras que un catedrático o ingeniero realizará ecuaciones sorprendentes. En ambos casos el fondo es siempre el mismo, la numerología, no así la capacidad de utilizarlos. Del mismo modo la comprensión de los postulados del Evangelio proporcionará una visión mucho más amplia de las enseñanzas del Maestro.

Jesús efectúa una comparación entre los escribas y fariseos y sus seguidores, exigiendo a estos últimos que su comportamiento deberá estar siempre por encima de los primeros y que no pueden ni deben reaccionar ante sus enemigos del mismo modo que se venía haciendo en el pasado “Ojo por ojo, diente por diente”. Muy al contrario les ordena deben devolver bien por mal.

Al igual ocurre con el Evangelio, en la medida que nos vamos introduciendo en la comprensión de las Leyes Universales, más contenido extraemos de ese maravilloso código de conducta, y mejor entendemos el ejemplo y comportamiento de Jesús de Nazaret. Esta mayor comprensión nos encamina, día a día, a ser personas de bien, de buena voluntad y capaces de reconocer nuestros propios errores dejando de lado egoísmo, amor propio y orgullo, principales escollos que nos impiden mirar a nuestros enemigos con indulgencia y tolerancia como promulga el Maestro.

Si no somos capaces de realizar este ejercicio de control de nuestras pasiones, en el tiempo generaremos en nuestro interior otro tipo de sentimientos hacia estas personas, tales como el odio, el rencor, la envidia, etc., fortaleciendo un sentimiento de enemistad de casi imposible resolución.

Nuestro modelo, el Maestro Jesús, no sólo nos transmitió enseñanzas, también incontables ejemplos de mansedumbre, humildad y caridad, devolviendo siempre bien por mal. Su conducta fue siempre perfecta e irreprochable, y le permitía tener en todo momento una actitud de comprensión, tolerancia y respeto hacia toda la Humanidad.

Lamentablemente, el grado de desarrollo moral de aquella Civilización era muy bajo, y carecían de la capacidad de comprensión hacia la Buena Nueva que El Maestro nos dejó, especialmente las Autoridades, qué, no sólo no le reconocieron, sino que lo trataron como una amenaza. Su frase “Padre, Perdónalos porque no saben lo que hacen”, es una sublime lección de Amor.

El Maestro, conocedor de la evolución de aquellos pueblos, en aquellos convulsos momentos, -con el pueblo judío enfrentado al romano-, fue consciente en todo momento del rumbo que habrían de tomar los acontecimientos futuros.

Su sublime ejemplo nos muestra cual deberá ser nuestra actitud ante las numerosas situaciones que se nos han de presentar en el transcurso de nuestra existencia, pruebas, experiencias y acontecimientos. Nos indica como dominar nuestras pasiones, sentimientos y emociones, y, a ser capaces de controlar actitudes ante los momentos difíciles. Estos difíciles momentos siempre nos invitarán a recrearnos en los defectos ajenos, privándonos de la conveniente autocrítica.

No nos estanquemos viendo únicamente la paja en el ojo del vecino, seamos capaces de realizar un adecuada autocrítica, intentando seguir el ejemplo del Sublime Maestro Jesús, para, de ese modo, ser capaces de cambiar las cosas y evitar que en nuestro corazón aniden sentimientos de odio y venganza hacia otras personas. Estos sentimientos son siempre un pesado fardo que estanca nuestro progreso.

En este orden de ideas, recomendamos la lectura del capítulo “Amad a Vuestros Enemigos” contenido en la obra de A. Kardec “El Evangelio según El Espiritismo”. En él se llevan a cabo una serie de extraordinarios análisis que es conveniente repasar y que nos servirán como modelo para reaccionar ante semejantes pruebas.

Precisamos del arte de la reconciliación y la capacidad de tender puentes con nuestros adversarios, zanjando rencillas y resentimientos. Esto nos permitirá vernos liberados de la carga psíquica que representa llevar tan pesado fardo a nuestras espaldas, y durante largo tiempo.

Estas situaciones son tanto fruto de las imperfecciones del contrario como de las nuestras; simplemente, resulta más fácil echar la culpa al otro. Nuestra actitud será siempre determinante en el rumbo que tomen finalmente los acontecimientos.

Cuántas familias rotas y amistades pérdidas, siempre por hechos irrelevantes que ponen en evidencia nuestro escaso grado de elevación moral, que se enquistan en el tiempo, generando daño y más daño, críticas y más críticas destructivas. Pesado lastre para una conciencia, cuando, con un instante de buena voluntad, respeto y tolerancia se podrían haber resuelto tantos desatinos. Valoremos siempre la  adecuada actitud que nos librará de la miseria moral.

Siempre resultará conveniente una reconciliación con el contrario, más, de no ser posible, hagámoslo con nuestra conciencia, expulsando de nuestro interior los sentimientos que nos ligan de manera negativa en esas situaciones. Evitemos el juicio ajeno cambiando nuestras actitudes hacia el prójimo. Si a pesar de ello, no llegamos a estrechar lazos con el contrario, del mismo modo que lo haríamos con nuestros amigos y seres queridos, borremos al menos de nuestra conducta aquellos sentimientos que enturbian nuestra moral y provocan la permanencia en el tiempo del odio y rencor.

Esa es y no otra, la enseñanza que debemos extraer del mensaje “Amad a Vuestros Enemigos”. Despreciemos pues albergar en nuestros corazones sentimientos ruines y de malquerencia hacia otras personas, dejemos siempre abierta la puerta de la reconciliación y, procuremos al final de nuestro paso por la Vida no atarnos a pesadas cargas que impidan nuestra elevación y enfrentarnos al análisis de nuestra Vida con el Corazón en Paz y la Conciencia Serena.

Fermín Hernández Hernández,

©2016, Amor Paz y Caridad

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