El Amor

AMOR A DIOS

En San Marcos 12, 30  Jesús responde lo siguiente a alguien que pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos:

“El primero es: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”

 Estas palabras son muy sencillas y a la vez muy profundas. ¿Quién puede decir que las practica? Desde luego para estar a la altura de cumplir con semejante mandato, se tiene que estar por encima mismo de la categoría de un santo, se ha de ser ya un espíritu de grado angélico.

 No se puede amar aquello que se desconoce. No se puede amar aquello que se teme. Y mucho menos se puede amar aquello que por la cultura recibida, la educación o la falta de orientación espiritual principalmente, rechazamos, al ver a nuestro alrededor, según nuestro criterio, un sin fin de injusticias o  de privilegios.

 Por tanto, el primer paso para comenzar a expresar ese amor que nos indica el primer mandamiento, es conocer a Dios, porque si no lo conocemos, débilmente podremos llegar a quererlo. Podremos amarle desde la ignorancia, que lo más seguro es que nos conduzca al fanatismo, a una fe ciega e inflexible, que ha sido la causa a lo largo de la historia de multitud de interpretaciones erróneas, que generaron infinidad de tropelías y derramamientos de sangre del todo infundados.

 A Dios lo conocemos por los efectos de su obra que es el UNIVERSO, tanto en sus aspectos físico como espiritual. Un Universo que apenas estamos descubriendo, que supera todas las expectativas que podemos tener del mismo, lo estudiemos e investiguemos por cualquiera de las ramas de la ciencia y del saber. Las dimensiones del Universo son inconmensurables, su complejidad, su belleza, la armonía, es algo de tal grandeza y majestuosidad que no hay palabras para definir y describir.

 Como seres humanos, limitados como estamos en todos los aspectos, apenas podemos hacernos una pálida idea de lo que es esa Grandiosidad Cósmica, que pobremente llamamos Dios. Lo cierto y verdad, es que Dios nos ha creado por amor. Hemos de entender que todo el Universo en su conjunto no es mas que una obra de amor, ya que el amor es fuerza creadora, generadora de armonía y felicidad.

 La felicidad que siente un espíritu cuando va alcanzando esas cotas de perfección y de acercamiento a su Creador es algo que tampoco se puede describir. Quizás hemos podido percibir algunos destellos de dicha felicidad en algún momento de nuestra vida, y en verdad es algo inigualable.

 A pesar de todo ello, no somos lo suficientemente agradecidos con nuestro Creador, no valoramos lo que somos y lo que tenemos, y para muchos de nosotros, lo que es peor, pasa desapercibida en nuestra vida la propia esencia y presencia de Dios, que está presente e inmanente en todas partes, e incluso por ignorancia y rebeldía, negamos su existencia.

 Si desconocemos de donde procedemos, las maravillas y todo el bien, el amor, la alegría, la felicidad, insisto, que nos espera en nuestro proceso evolutivo, a medida que vamos avanzando en la senda de la perfección, no dudaríamos ni un solo segundo en trabajar con tesón y denuedo en nuestra ascensión espiritual. Sin embargo, la ignorancia y el desconocimiento hacen que difícilmente sepamos agradecer el porqué y para qué de nuestra propia existencia, y si añadimos a esto la ignorancia de las leyes que rigen el devenir de nuestro proceso evolutivo, entonces podemos caer en un materialismo embrutecedor, en un ateísmo ciego, y en la pérdida del sentido de la vida.

 Por lo tanto debemos instruirnos, pero no dejándonos llevar por lo que nos digan respecto a lo que es y lo que no es. Debemos empezar a pensar por nosotros mismos,  busquemos orientación y respuestas, y solo aceptemos aquellas que nos satisfagan internamente, que llenen de sentido nuestra conciencia y nos reporten confianza y seguridad. Estamos en unos momentos de extraordinaria información, ya no podemos alegar ignorancia, no nos podemos justificar de ninguna manera ante la Ley de Dios.

 Cuanto más se conoce una cosa, más posibilidades tenemos de admirarla en toda su extensión. Esto mismo pasa con Dios, al no conocerlo y atribuir al azar, al caos, a lo que sea el origen del universo, se nos pasan desapercibidos los atributos y la grandeza de Dios. Dios es infinito en sus perfecciones, ES LA CAUSA PRIMERA DE TODAS LAS COSAS.

 Amar a Dios es por tanto amar su obra, amar a todas sus criaturas. No podemos amarle si no es a través de su propia creación; en primera instancia, eso es una forma de mostrarle respeto y gratitud. Ver a todos como iguales nuestros,  sin distinción de razas, credos o posición.

 Y en segunda instancia, y no menos ni más importante, aceptar que somos hijos suyos, y como tales, le debemos igualmente respeto, amor, gratitud sobre todo.

Aceptando que somos hijos suyos, estamos al mismo tiempo admitiendo que está por encima de nosotros y que nuestra existencia tiene un porqué y un para qué. No es casualidad ni la Creación, ni que estemos aquí y ahora, sometidos como estamos a las experiencias que esta vida humana nos reporta, con más o menos momentos de sufrimiento y felicidad.

 Aquella persona que ya a atesorado, la fe y tiene una base firme en lo concerniente al porqué y para qué estamos aquí, sabrá sostenerse en los momentos de duda y debilidad, que sin duda le sobrevendrán en más de un momento en su vida. Se podrá mantener dócil y humilde ante las adversidades e intentará levantarse con más fuerza y entereza de los reveses de la vida.

 Por contra, aquel que no trabajó la fe y la estabilidad espiritual, por medio de la instrucción y el amor, se verá envuelto en la duda y la confusión, ante los sinsabores e infortunios, cerrando todavía más su mente y su alma a la comprensión de dichas experiencias y sufrimientos.

 A la fe, a la devoción hacia el Creador, se llega por el conocimiento razonado y analítico, no es lo mismo una fe ciega, dogmática y fanática, que una fe razonada y basada en principios espirituales repletos de toda lógica. Sin esta fe instruida no se puede llegar a amar a Dios, salvo cuando las cosas nos vayan bien, pero cuando vayan mal creeremos que Dios nos a abandonado, nos rebelaremos y consideraremos injustos nuestros sufrimientos. Esto es lo que vemos cada día en nuestra sociedad.

 Amar a Dios no se corresponde con practicar ciertos ritos y cultos. Es algo mucho más profundo y que conlleva una serie de valores y de verdadera practica, basados en la caridad, el sacrificio, la mejora incesante de nuestra personalidad.

 Pero este amor, ha de estar libre de fanatismo y de toda mancha de egoísmo y de intereses personales. En las primeras fases de la devoción hacia Dios se pueden manifestar diferentes tipos de amor a Dios, pero al pretender amar a Dios a toda costa, nos olvidamos del amor al prójimo, con lo cual no estamos cumpliendo con el verdadero sentido de este mandamiento. Esas fases primarias del amor hacia Dios se deben ir superando a través de la sublimación de los sentimientos, cosa que se va alcanzando gracias al conocimiento razonado y a la superación de las imperfecciones morales.

 El conocimiento espiritual y la sublimación de los sentimientos, hace que vida tras vida, vayamos sintiendo la presencia de Dios, no sólo en todas sus obras, en la naturaleza, en el espacio cósmico, en la vida misma, sino que además y lo que es muy importante en nuestro interior. Dios se va haciendo patente dentro de nosotros, Deja de ser una creencia, una idea que la religión nos  transmitió, y que hemos tenido que aceptar, con más o menos agrado, con más o menos convencimiento. Debemos comprender que la religión no se puede imponer, no se nos puede obligar, es un sentimiento íntimo y libre que vamos experimentado a lo largo de nuestro proceso evolutivo. El hecho de imponer la religión, como ha sucedido a lo largo de la historia no ha tenido muy buenos resultados como podemos apreciar.

 Por lo tanto, hasta que Dios no se empieza a hacer patente en nuestro interior, es muy difícil que podamos amarlo, y mucho menos de la manera que Jesús nos manifiesta. Jesús se puede expresar así porque él como un espíritu ya muy evolucionado, lo vive, lo siente, ya es parte en El, y tiene la fuerza y la capacidad moral que a nosotros nos falta.

 Debemos sentir la presencia de Dios en nuestros corazones, abandonemos la idea de un Dios lejano, de un Dios inalcanzable, Dios vive en nosotros si estamos dispuestos a superarnos día a día, a través del emprendimiento, la superación personal y el acercamiento a nuestros hermanos. Dios está en nosotros, ¿no somos acaso una porción de El? ¿No estamos hechos a su imagen y semejanza? Entonces hemos de desarrollar la fe, la convicción y dejar que su espíritu nos guíe.  Dios está en nosotros, no hemos de buscarlo fuera, debemos sacarlo de nuestro interior por medio de las obras de bien y de la devoción que sentimos por El.

 Comencemos a ver a Dios como un Padre, que nos ama, y quiere lo mejor para nosotros. Veamos a Dios como algo cercano y amigo, no como a una entidad distante, separada de nosotros, todo lo contrario, lo llevamos dentro. Hasta que no logremos que este sentimiento nos penetre todo nuestro ser, será muy difícil que podamos practicar este mandamiento, y lograr que nuestra vida se desarrolle con la espiritualidad que necesitamos, ya que Dios seguirá siendo algo extraño, aparte de nosotros.

 En una de las varias versiones del Nuevo Testamento, Jesus responde de esta manera cuando le preguntan cuál es su Dios y su religión, merece una gran atención y análisis esta respuesta:

“Mi Dios es el Eterno Invisible que no veo, pero que siento en todo cuanto vive, en todos los mundos que ruedan como globos de luz por la inmensidad. Mi religión se reduce a amar a todos mis semejantes tanto como me amo a mí mismo, lo cual me obliga a hacerles todo el bien que me sea posible, aún  cuando el cumplimiento de este deber llegare a costarme la vida”.

 De Jesús pues podemos aprender mucho, porque vino a transmitirnos ejemplo. Sus enseñanzas espirituales son las que nos marcan el rumbo y son el punto de partida para poder empezar a recorrer el sendero espiritual. El conocimiento y su practica en definitiva, convierten a las personas en lo que somos. Sin enseñanza e instrucción no se puede realizar y emprender el empinado camino de la evolución, de manera desenvuelta y sin temor a equivocarnos.

 Debemos trabajar por nuestra limpieza interior, si no nos despojamos de las imperfecciones y los vicios y malos hábitos adquiridos, no podrá penetrar en nosotros la presencia de Dios, esa fuerza extraordinaria que nos ilumina, y nos hace romper las barreras con las que el yo inferior nos atenaza y nos corrompe.

 

Fermín Hernández Hernández

©2015, Amor, paz y caridad

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