JESÚS VINO

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Jesús vino
Fotograma de la película: Jesús de Nazareth de Franco Zefirelli.

Jesús vino

(*) «Sino que se despojó de sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres«. – San Pablo (Filipenses 2: 7)

Este es probablemente uno de los mensajes más importantes que Pablo de Tarso escribió en su carta a los cristianos de la ciudad griega de Filipos. Reflexionando el apóstol sobre la vida del Guía de la Humanidad, llegó a comprender el enorme esfuerzo que tuvo que realizar el Maestro Jesús para empequeñecerse lo suficiente como para estar al alcance de todos nosotros, espíritus todavía muy atrasados, ignorantes de las verdades celestiales, y con un largo y difícil camino todavía por recorrer, que continúa en la actualidad.

Además, repasando su trayectoria y en el contexto de la época, podemos comprobar fácilmente que no estuvo rodeado por espíritus perfeccionados, comprensivos, iluminados; al menos en un primer momento. Nada de eso…

Ya que era imposible que el ser humano pudiera elevarse hasta Él, fue Él quien se tuvo que despojar de sí mismo, rebajarse lo suficiente para hacerse entender. Se puso al servicio de todos, se hizo uno más entre los hombres y mujeres, se mezcló con el pueblo.

Apagó temporalmente su luz para no cegar. No buscó impresionar o deslumbrar, su objetivo fue muy sencillo y simple, traer un mensaje renovador, fruto de su Amor incondicional hacia todos. Un acto de verdadera compasión y misericordia sin límites.

Hasta incluso hoy día, ese acto heroico, ese ejemplo del Mentor de la Humanidad, trasciende tanto que nos desborda. Es una lección demasiado profunda porque habla de cualidades, de virtudes que estamos todavía muy lejos de comprender en su verdadera dimensión, y sin ninguna duda, de alcanzar.

Por otra parte, hemos de ser conscientes de que nuestro conocimiento y sensibilidad es casi infinitamente inferior al Maestro Jesús; y si Él tuvo el coraje de afrontar dificultades mucho mayores, nosotros, siendo sus discípulos, debemos seguir su ejemplo, no tenemos ninguna excusa. De ese modo, hemos de tender siempre la mano a nuestros semejantes, ponernos en su lugar, sea cual sea su pensamiento, su manera de sentir o de percibir la realidad, su realidad.

Efectivamente, nadie que ha pasado por este mundo es tan perfecto como Él. No obstante, lo vemos relacionándose con todos los niveles sociales, hasta los más denostados, como leprosos, prostitutas, y en última instancia, con ladrones condenados, compañeros del castigo extremo en la hora final.

Su bello ejemplo nos debe inspirar para actuar siempre sin discriminar a nadie; de tal forma que, si nuestro prójimo no alcanza a ver lo que nosotros vemos, fruto de la experiencia y del conocimiento, vayamos a su encuentro a través de la fraternidad, de la palabra amiga, partiendo de su manera de ver la vida hacia un conciliador encuentro de ideas que pueda sugerirle otra forma de ver las cosas, de ver los problemas, las pruebas de la vida. Siempre sin perturbarlo, sin herirle su sensibilidad, sin abordarlo como quien se lanza a por la conquista de tierra virgen. Respetando su espacio vital.

Es por ello que el ejemplo del Divino Maestro no lo podemos olvidar jamás.

Para llegar hasta nosotros se despojó de sí mismo, renunció a su felicidad merecida para empezar a construir la nuestra. Entró en el mundo en un ambiente familiar y social de sencillez y pobreza; culminó su trabajo como un siervo incomprendido, condenado y crucificado por aquellos que no estaban en condiciones de entender Su Mensaje, pero que detentaban el poder material absoluto.

Efectivamente, no existen grandes edificaciones, grandes obras, sin que  el trabajador fiel no tenga que renunciar a una parte de sí mismo. A mayor sacrificio, mayor mérito.

Resulta fascinante observar, incluso en el ámbito de las conquistas científicas, tecnológicas, educativas, etc., la determinación de una cantidad enorme de personas, en todas las edades de la humanidad, que se identificaron con la tarea encomendada. Su pensamiento, su corazón, su pasión, sus energías se concentraron alrededor del objetivo que se habían propuesto.

Ahí tenemos el ejemplo del matrimonio Curie, descubridores del radio y el polonio; toda una vida dedicada a la investigación, superando numerosas dificultades, sacrificando incluso su propia salud.

El propio Albert Einstein se esforzó con enorme dedicación por trasladarnos su visión del cosmos con la teoría de la relatividad o también con el efecto fotoeléctrico.

O el caso de la estadounidense Helen Keller, nacida en 1880, que se quedó sorda y ciega cuando todavía no había cumplido los dos años. Ante su frustración y rebeldía, y cuando ya había cumplido siete años, sus padres determinaron buscarle una instructora, que recayó en la joven especialista Anne Sullivan, quien también se sacrificó, disminuyéndose, para lograr una conexión con la niña rebelde, y de ese modo realizar un hermoso trabajo de superación que culminó con una excelente preparación para Helen que le permitió superar sus dificultades iniciales e, incluso, proseguir sus estudios para convertirse en la primera persona sordo-ciega en obtener un título universitario en Estados Unidos.

El propio Hippolyte Léon Denizard Rivail renunció a su prestigio como académico de las ciencias, ya que escribió varias obras pedagógicas, y también sobre filología francesa, para centrarse en la gran tarea espiritual que tenía encomendada. Bajo el seudónimo de Allan Kardec se puso desinteresadamente al servicio de los espíritus; jamás se atribuyó mérito alguno, sirviendo como un eficiente recopilador de las informaciones que le venían del otro plano de la existencia, para beneficio de la Humanidad.

También los médiums que cooperaron en la codificación del espiritismo sensatamente se anularon, a fin de que la humanidad se concentrara en la doctrina y no en sus mensajeros circunstanciales, y para que el mensaje renovador de los espíritus fijara sus bases por todas partes.

Como vemos, ejemplos nunca faltan; no obstante, hay que pagar un precio que exige abnegación, un sacrificio más o menos grande, para poder aportar a la sociedad aquello que nos corresponde hacer, y que invariablemente nos tiene que llenar de gozo y de alegría inmensa.

Cada uno de nosotros tenemos una tarea encomendada, no existen unas más importantes que otras, todas lo son. No debemos envanecernos ni tampoco sentirnos pequeños por el volumen de trabajo o porque los resultados obtenidos no sean los deseados.

Sobre todo, en los momentos de dificultad, cuando nos podamos sentir incomprendidos, atacados, abandonados, cuando parezca que todo nos da la espalda, recordemos que Él, el Divino Maestro, vino, se empequeñeció y nos dio una lección de humildad y servicio imborrable a toda la Humanidad.

 

Jesús vino por: José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

 

(*) De la obra: Camino, verdad y vida, capítulo 8, por el espíritu de Emmanuel, psicografía de Francisco Cándido Xavier.

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