UN ESPEJO QUE NO ENGAÑA

0
80
El espejo que no engaña

Un espejo que no engaña

Son dos los elementos generales del Universo que suponen el origen de la realidad y de todo lo que existe: Materia y Espíritu, y por encima de ambos se encuentra Dios. Esta explicación que los espíritus dieron a Kardec en el Item 27 del Libro de los Espíritus, se complementa con un añadido al elemento material, que no es otra cosa que el fluido universal, intermediario entre materia y espíritu,  sustancia primitiva que da origen a todas las modificaciones, variaciones y combinaciones que terminan de producir todas las cosas que existen y forman parte de la realidad.

Esta sustancia primitiva es utilizada por el espíritu para producir las modificaciones que rodean nuestra propia realidad. Sin embargo, el hombre está todavía lejos de comprender las implicaciones que esta circunstancia tiene en su propia vida física.

Por ejemplo, nuestros pensamientos son energía que procede de nuestra mente, y pueden ser modificados, transmutados y convertidos en energías saludables o perniciosas para nosotros y/o para los demás. Nuestro periespíritu (cuerpo intermedio entre el alma y el cuerpo físico) es un espejo que refleja nuestra condición moral en base a cómo pensamos, sentimos y obramos. Así pues, nuestra alma o espíritu, mediante la voluntad, es el agente que da origen al fenómeno de emisión de un tipo de energía deletérea, sucia, perturbadora y enfermiza cuando la naturaleza de nuestros pensamientos y sentimientos son de baja condición moral; y a la inversa, se emite una energía pura, limpia, elevada, regeneradora y saludable cuando los sentimientos y pensamientos mantienen una condición moral elevada.

El agente que emite es el espíritu; la energía, que es neutra, se convierte en positiva o negativa en función de nuestra voluntad y de la dirección noble o perversa que demos a nuestros actos y pensamientos. Esa energía que modificamos no es otra cosa que el fluido o sustancia universal, que impregna todo lo que existe en el universo y que el espíritu puede cambiar a voluntad.

En el ser humano tiene además la repercusión de que es el origen que crea a nuestro alrededor el patrón vibratorio que nos identifica. En otras palabras, crea la realidad de lo que somos y de cómo vamos transformándonos para bien o para mal. Esto se ve reflejado en nuestro periespíritu, alcanzando el mismo una mayor densificación, suciedad y peso específico (no olvidemos que es materia sutilizada) cuando el desequilibrio gobierna nuestra mente, nuestras emociones y nuestra vida. Y al contrario, ocurre cuando nuestra vida se dirige a un objetivo superior de pensamientos nobles y actos de bien en favor del prójimo, nuestro periespíritu se sutiliza, brilla, se capacita para entrar en sintonía con energías más puras, con las influencias de los pensamientos superiores de los mentores espirituales, e incluso en estados de elevación superior del alma es capaz de conectar con el pensamiento cósmico, recibiendo la fuerza poderosa y creativa que a través de las mentes de los arquitectos superiores se derraman sobre la Tierra para el progreso y desarrollo de los seres humanos.

El periespíritu se convierte así en un espejo que no engaña. De ahí que sea tan fácil para los espíritus superiores visualizar tan rápidamente la condición moral de cada ser humano, encarnado o desencarnado. Todos reflejamos lo que somos interiormente, no lo que aparentamos. Nadie puede engañar a Dios ni a sus colaboradores más dedicados, pues es imposible modificar nuestro patrón energético espiritual de un día para otro. En esto consiste la evolución, en la transformación paulatina, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, de nuestra condición moral. Intentando ser mejor hoy que ayer, y mañana mejor que hoy.

Tomemos como ejemplo al Maestro Jesús. En su condición angélica y superior, tenía la capacidad de detectar a simple vista las condiciones morales de aquellos que se le acercaban. Es por ello que sus auxilios, orientaciones y explicaciones siempre eran acertados. Conociendo el interior de aquellos que le solicitaban ayuda siempre ofrecía el consejo adecuado, el que permitiría a ese espíritu una mayor y más rápida regeneración moral, evitando así el sufrimiento y encaminando sus pasos hacia un destino más feliz y venturoso. Sin señalar el defecto o falla moral de aquellos que lo procuraban; primero los auxiliaba y a continuación les decía: “Tu fe te ha salvado. Ve y no peques más”.

La primera parte de la frase hace referencia a la importancia de la fe y la creencia, sin la cual toda expectativa de curación o transformación se diluye; es preciso creer que es posible. Y la segunda parte era la constatación de lo afirmado anteriormente: conociendo el maestro la debilidad o falla moral de la persona y el origen de la aflicción que padecía (física, mental o psicológica), le recordaba la necesidad de no volver a insistir en las causas que habían producido el mal que le aquejaba.

Esas causas podían ser múltiples, y en cada persona diferentes; unas veces pasiones o vicios descontrolados, otras, defectos enquistados procedentes de la pobre herencia espiritual del individuo, tales como la avaricia, el odio, el rencor, la venganza, el resentimiento, la envidia, los celos, el egoísmo, la soberbia, el orgullo, etc. No obstante, el maestro las identificaba y recetaba con su voz amable, con su amor inigualable, y sin señalar la manera de corregir el error y recuperar la salud física, mental o espiritual.

El universo es un entramado de energía donde la sustancia primitiva universal está constantemente transformando la realidad a nuestro alrededor y en nuestro interior en base a nuestra forma de actuar. Todo está interconectado. Y todo se transforma, pues al existir un único elemento primitivo (sustancia elemental o FCU), las propiedades de los diferentes cuerpos no son más que modificaciones de ese mismo elemento.

P: La materia elemental ¿es susceptible de recibir todas las modificaciones y adquirir todas las propiedades?

R: Sí. Y es lo que debemos entender cuando decimos que todo está en todo.

Allán Kardec, L. E., Item nº 33

El hombre no está exento de esta ley, pues su propia naturaleza (exceptuando el alma que es espíritu y no materia) formada por cuerpo físico y periespíritu, no son más que modificaciones de ese Fluido Cósmico Universal que da origen a las estrellas, constelaciones, mundos y planetas que pueblan el universo, y al microcosmos de partículas elementales, moléculas y átomos que forman nuestras células físicas y las energías que constituyen el periespíritu y que el espíritu adquiere de la sustancia primitiva imperante, específica y adaptada a cada mundo en el que se reencarna.

Como vemos, somos “energía pensante”. Siendo así que la definición de los espíritus a Kardec no podría ser más precisa y coincidente, pues el espíritu es “el principio inteligente del universo”.  Un universo como el que nos presenta hoy la cosmología, la astrofísica y la física cuántica es concordante y totalmente coincidente con la idea que los espíritus manifestaron a Kardec hace ahora siglo y medio. Y aún más, la moderna neuropsicología nos confirma que creamos, con nuestros pensamientos y sentimientos, el propio universo que nos rodea. Nos retro-alimentamos de continuo, viviendo y creando el ambiente que nos es propio y con el cual se sintonizan las energías que emiten nuestro propios pensamientos, creencias y acciones.

De ahí que la importancia de la bondad en nuestra forma de actuar en la vida ya no sea únicamente una cuestión moral, sino una necesidad de equilibrio psico-físico y armonía interior que necesitamos, y que nos ayudará a crear a nuestro alrededor las oportunidades de serenidad, paz y felicidad a las que todos aspiramos, contagiando a los demás de nuestras energías positivas.

Un espejo que no engaña por: Redacción

2021, Amor, Paz y Caridad

“Nuestros pensamientos y sentimientos afectan todos los aspectos de nuestra vida, mas allá del espacio y el tiempo. Lo que piensas y lo que sientes crean un estado del ser, y este afecta al mundo exterior”

Joe DispenzaNeuropsicólogo – Libro: “Deja de ser Tú”

Publicidad solidaria gratuita