UN COMIENZO SIMULTÁNEO

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Un principio simultáneo

MATERIA, ENERGÍA PENSANTE Y PRINCIPIO ESPIRITUAL

El principio espiritual nace simultáneamente con la materia y la energía en nuestro Universo físico. Como explica Kardec, “la materia es el vínculo que encadena al espíritu” (L.E. , it. 22 a). Este argumento filosófico pasó a ser una evidencia científica a partir del descubrimiento de “la radiación de fondo cósmico” de Wilson y Penzias (Nobel de Física) que confirmaron la hipótesis del Big Bang de Lemaître con su átomo primigenio y el principio del Universo.

Siguiendo los planteamientos de grandes hombres de la física y las matemáticas como Friedman, Einstein, Lemaître, y de los cosmólogos y astrofísicos actuales, nos encontramos con el hecho de que vivimos en un Universo que tuvo un principio, hace ahora 13.700 millones de años a partir de una gran explosión de un minúsculo punto de energía condensada que se ha denominado como “Big-Bang”. Antes del descubrimiento de esta evidencia, predominaba el concepto aristotélico del universo eterno, algo que ha quedado descartado con este descubrimiento. Ahora ya sabemos que el Universo “tuvo un principio” y que ese punto con tan gran condensación de energía colapsó y dio lugar a una gran explosión de la que apareció la materia, la energía, el tiempo y el espacio en forma de galaxias, constelaciones y planetas. Desde ese momento el Universo no ha dejado de expandirse hasta hoy. Esto reabrió el debate que se confirma mediante el “principio de causalidad”, el “argumento Kalam” (*) y otras pruebas y evidencias de la causa principal que da origen al Universo y al principio de todo lo que existe: Dios

(*) “Todo lo que comienza a existir tiene una causa

El Universo tuvo un comienzo

Por tanto el Universo tuvo una causa”

Entre las implicaciones de este gran avance de la ciencia encontramos que tanto “la materia como la energía, el espacio y el tiempo tienen un comienzo simultaneo”, que se origina en el Big Bang y se desarrolla durante miles de millones de años, al mismo tiempo que el Universo se expande, se enfría y se consolidan todos los elementos y fuerzas que lo originan y lo sostienen (gravedad, electromagnetismo, fuerza nuclear fuerte, fuerza nuclear débil, velocidad de la luz, masa del protón, etc.).

Pero veamos que conclusión nos ofrece esto respecto a la evidencia de la existencia de Dios. Como afirmó y demostró el Nobel, para que la energía se convierta en materia es preciso que colapse y para que esto se produzca, ha de existir una mente, una conciencia o una inteligencia que participe en el proceso observando y dirigiendo el proceso. Esa primera inteligencia, Mente, Conciencia, o Energía Primera que da origen al colapso de la energía en materia en el Big-Bang, es la evidencia más real de la existencia de Dios.

Por eso mismo, el principio espiritual inicia su andadura desde el comienzo de este Universo sin ser todavía un principio inteligente individualizado, y aparecerá después de miles de millones de años para realizar la “transición de la vida” de la materia inorgánica a la materia orgánica. 

Miles de millones de años después, el psiquismo de este principio espiritual se individualiza en los reinos inferiores y alcanza su plenitud en la etapa hominal cuando toma conciencia de sí mismo y se convierte en el espíritu o alma humana, trascendente e inmortal. En el primer párrafo comprobamos las tesis de Kardec cuando se comprueba cómo la materia y la energía sufren constantes transformaciones desde ese punto inicial hasta ahora. La masa materia-energía sigue siendo la misma, pero las modificaciones, transformaciones y cambios de la “sustancia primitiva” son tan grandes e importantes que a lo largo de millones de años van apareciendo las distintas transformaciones que dan origen a las diferentes formas de materia y energía.

Cuando el espíritu toma carta de naturaleza y encarna con conciencia de sí mismo por primera vez, después de miles de millones de procesos transformadores del psiquismo y la energía, es cuando podemos hablar con precisión de “principio inteligente” que deriva del “principio espiritual” con el que todo empezó. Comenzamos a tener experiencias y a progresar siendo conscientes de las mismas como seres en proceso de evolución y transformación para mejor, vamos creciendo en conciencia y desarrollo intelectual y moral.

La realidad que nosotros percibimos con nuestro cuerpo viene condicionada por la sensorialidad de nuestros sentidos físicos, y por ello mismo limitada, parcial e incluso distorsionada en muchas ocasiones. El ejemplo lo tenemos en que las percepciones y sensaciones en el cuerpo humano dejan de ser, de lejos, las más precisas u objetivas de la naturaleza. Un perro tiene un rango de olfato mucho mayor que un humano. Un murciélago posee un rango de oído infinitamente superior al de cualquier persona. Un águila tiene una capacidad de visión inalcanzable para el hombre. Como vemos, la realidad que percibimos con nuestros sentidos, traducida por nuestro cerebro humano, tiene poco que ver con la totalidad y objetividad que podemos percibir del mundo que nos rodea.

Sin embargo, existen otras percepciones, sensaciones y energías que podemos percibir, no con los sentidos físicos, sino con las capacidades psíquicas que todos poseemos. Por ejemplo, la memoria, los recuerdos, las imágenes, pueden traer a nuestra mente aspectos agradables o desagradables del pasado (no del presente) que de inmediato se traducen en un estado anímico que afecta incluso nuestro temperamento y nuestros sistemas celulares, endocrinos, inmunológico, etc., generando malestar o bienestar según sea el caso.

“El hombre es un conjunto electrónico gobernado por la conciencia”

Alber Einstein

El alma humana, como energía psíquica, inmortal y trascendente, lleva consigo los recuerdos, las emociones, las tendencias, los hábitos, la memoria extracerebral y otras tantas cualidades que están lejos de poder medirse en un laboratorio, pero que ya podemos detectar sus efectos y consecuencias en el funcionamiento cerebral, mental y emocional del individuo. Estas fuerzas psíquicas que constituyen los recuerdos, los pensamientos, las emociones, las tendencias arraigadas del pasado, los reflejos condicionados, etc., son fuerzas vivas y actuantes que constituyen nuestra identidad inmortal en este archivo milenario que posee nuestra alma y que es el que marca nuestro nivel de conciencia y evolución espiritual.

La energía que constituye nuestra alma es pre-existente al nacimiento y sobreviviente a la muerte (recordemos: “ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma”), cambiando su estructura al abandonar el cuerpo al morir e integrarse en una nueva dimensión energética en la que no necesita un cuerpo físico para seguir manifestándose de forma autónoma e individual. Como afirmaron las investigaciones de los doctores Bedford y Kesington:

“Se trata de una energía consciente y perdurable, con identidad propia y que no se disgrega después de la muerte”

Como vemos, enfocando el tema de la inmortalidad del alma desde el enfoque de la Física, encontramos la respuesta a la inmortalidad del alma que es una “energía pensante” que la caracteriza por ser completamente inmaterial en su esencia.

Según los descubrimientos de la física y los cálculos realizados sobre el Big Bang, entre 1 segundo y 15 minutos después de la gran explosión, apareció la materia de los elementos ligeros (hidrógeno, Helio y Litio). Y después de esos 15 minutos la composición de la materia del universo queda prácticamente establecida y gobernada de inmediato por un orden y unas leyes perfectas, ajustadas al máximo para proveer la vida con el transcurso de los milenios. Y como bien sabemos, allí donde hay orden y unas leyes que rigen los procesos existe una Mente Inteligente que las ha creado y colocado para su funcionamiento.

El azar, el acaso o la suerte son incapaces por sí mismos de crear nada. Es por ello que detrás de cualquier efecto inteligente encontramos siempre una mente inteligente. Dios es la “causa primera” e “inteligencia suprema” que, por un acto de su voluntad, crea y da origen a este Universo que conocemos y del cual derivamos. Somos “polvo de estrellas” originados de una energía primera que nos dota de sus propias peculiaridades cuando alcanzamos un estadio evolutivo determinado que denominamos como “humanidad”. 

Y gozamos del privilegio de contar en nuestra conciencia con los atributos latentes de poder, inmortalidad, sabiduría y perfección que son propios del creador mismo. Esta es la gran herencia recibida por el hombre de parte de su Creador; somos sus hijos, heredamos sus cualidades en potencia que deberemos desarrollar para llegar a la perfección relativa, la dicha y la plenitud, reintegrándonos a la Conciencia Cósmica con plena individualidad cuando, por nuestros propios méritos, después de milenios de experiencias, consigamos llegar a la vibración plena e integrada del pensamiento divino y del Amor Infinito que constituye su naturaleza.

Un comienzo simultáneo por: Antonio Lledó Flor

2023, Amor, Paz y Caridad 

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