Sin duda, una de las tareas más difíciles del alma humana es la construcción de su propia naturaleza con los materiales adecuados que le permitan convertirse en fortaleza de refugio del bien.
Para ello es preciso abandonar los materiales deficitarios que a veces escogemos en función de nuestro libre albedrío al confundir cómo llegar al objetivo de nuestra empresa. Unas veces creemos que la rapidez es lo importante, y nuestra impaciencia nos aboca a fracasos innecesarios; en otras oportunidades apenas damos importancia a los recursos de que disponemos, creyendo que todo es válido para alcanzar nuestro objetivo. Y esta apreciación también es errónea: el fin nunca justifica los medios.
Así pues, la construcción de un interior armónico, en paz, y coincidente con las leyes que rigen la vida es preciso hacerlo con paciencia, pero sin pausa. Lúcida y serenamente mediante el trabajo y el servicio al prójimo. La premisa del trabajo interior es la principal, pues si no somos capaces de comenzar a cambiar hacia el bien, modificando nuestros pensamientos y sentimientos malsanos por otros nobles y elevados, nos alejamos fundamentalmente de nuestro objetivo.
De nada sirve aparentar el bien si este no se lleva en el corazón, habiéndolo conquistado con trabajo, abnegación, sacrificio personal, renuncia y entrega desinteresada. Cuando ponemos en la balanza de la vida estos elementos para servir a nuestro prójimo, al tiempo que intentamos día tras día mejorar interiormente, estamos en el camino de la construcción formidable de nuestra alma.
Una construcción sin fisuras, donde las influencias externas apenas pueden debilitar nuestras defensas, pues los materiales empleados han sido forjados con la mejor de las herramientas: la voluntad y la intención de ser mejor. Ante esto no sólo nuestro castillo nunca es derrumbado, si no que, cuando precisamos ayuda superior al tratarse de un reto difícil, arquitectos de elevada condición acuden a ayudarnos en base a nuestros méritos por el bien y servicios practicados con la noble intención de mejorar.
Sin duda, la obra divina es la mayor fortaleza del universo, y dentro de ella conviven pequeñas fortalezas que desean imitarla, estas son nuestras propias almas, que desean asemejarse a aquél que las creó a su imagen. Para ello, el Supremo Hacedor designa arquitectos superiores capaces de solventar todos los obstáculos. Y entre ellos, envía al más capaz para que seamos capaces de imitar sus técnicas de construcción del bien, del amor y del perdón, fortaleciendo de manera inexpugnable nuestro castillo del alma.
Este arquitecto superior que llega desde lo alto viene a enseñar, a testimoniar y a marcar rumbos con su ejemplo. Él, como psicoterapeuta superior del alma humana conoce sobradamente los errores, las falencias del alma humana, y se pone como ejemplo a seguir para superar estos obstáculos.
Él es también un consumado arquitecto de la verdad, disipando dudas, mostrando cómo son las leyes divinas que el Supremo Hacedor ha implementado en toda la inmensa fortaleza del Universo. Y al propio tiempo, como representante y delegado de la Fuerza Constructiva del Cosmos, adquiere el compromiso de guiar la construcción de sus fortalezas a todas las almas que así lo desean, a fin de llevarlas por los hitos arquitectónicos seguros, etapa tras etapa, hasta que conquisten rematar la obra con los mejores cimientos, la mejor estructura y la seguridad más inexpugnable que les libre definitivamente del mal y del error.
Este arquitecto, guía de la humanidad de almas, las conduce hacia un nuevo reino donde las condiciones serán ya diferentes; pero donde habiendo alcanzado el mérito de la construcción anterior, podrán desarrollar su trabajo de creación bajo unos parámetros diferentes, nunca antes conocidos, donde los únicos elementos contrarios al fortalecimiento de la obra serán los propios deseos de mejorar los remates de la misma. Y donde ya no deberán preocuparse de enemigos externos que no existirán.
Les conduce, mediante el mérito que ellos mismos adquieren, a una realización sin igual: el nuevo método constructivo de un alma superior, preparándose para descubrir las verdaderas realidades de la Fuerza Constructiva del Cosmos que representa el Supremo Hacedor.
Como el niño que va experimentando nuevas sensaciones y conociendo nuevas realidades, estos noveles arquitectos del alma que han confiado y trabajado, obtienen su recompensa al esfuerzo realizado por mejorar su propia fortaleza. Y en base a ello descubren nuevas técnicas de avance más rápido, de ejecución más sólida, de creación más bella.
Esta última es la nueva etapa que comienza para estos noveles constructores de interior; conocer la belleza intrínseca de las nuevas construcciones que su alma les demanda, una belleza que ya llevan en su interior y que deben procurar descubrir y plasmar para culminar y rematar con elegancia y gratitud merced a los ejemplos recibidos por ese arquitecto superior llamado Jesús de Nazaret.
Arquitectos de interior por: Benet De Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó
2023, Amor, Paz y Caridad






