EL VERDADERO YO

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El verdadero yo

“Tú llevas en ti mismo un amigo sublime que no conoces. Porque Dios reside en el interior de todo hombre, pero pocos saben encontrarle. El hombre que sacrifica sus deseos y sus obras al Ser de donde proceden los principios de las cosas y por quien el Universo ha sido formado, obtiene por tal sacrificio la perfección”.

Krishna, Libro: Baghavad-gita

La antigua discusión sobre la naturaleza humana viene polarizando las conclusiones acerca de la verdadera realidad integral del ser. Aquí destacan claramente dos posturas claramente enfrentadas: la de aquellos que consideran que el hombre es sólo materia biológica, surgida por el azar de una evolución caprichosa y cuyo final es idéntico a su principio: sin sentido, sin propósito y sin significado alguno. Y por otro lado, la que mantienen todos aquellos que consideran que el hombre es algo más que materia, y que por ende, cuando esta se desintegra con la muerte, trasciende y una parte del mismo sigue vivo en otra dimensión.

En esta postura no incluímos únicamente a los religiosos, espiritualistas, filósofos o científicos, sino también a los estudiosos de la conciencia humana que ya aceptan la realidad de una supraconciencia que trasciende a la muerte y que es el “verdadero yo” que todos tenemos. Una denominada supraconciencia que es energía principalmente y que, como toda energía, según el principio de la termodinámica no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.

Desde este punto de vista meramente materialista, el hombre, conformado en su cuerpo biológico por varios trillones de células presenta en la profundidad de sus partículas atómicas (electrón, protón, neutron, etc.) el mismo nivel de energía que el resto de la materia. Tanto es así que, para los físicos cuánticos y teóricos, un átomo no tiene materia y está conformado por partículas atómicas de energía en constante nivel de vibración y frecuencia.

Esto supone considerar que la naturaleza del ser humano en su intimidad más profunda está exenta de materia física, es tan sólo energía atómica en vibración. Esta definición del ser, como energía únicamente, es incompleta para tener una comprensión total de la realidad de la naturaleza humana. Pues la realidad objetiva que podemos observar y experimentar nos lleva a comprender que el hombre es algo más que energía, ya que tiene una característica que no poseen otros elementos de la naturaleza que igualmente están y son formados por energía atómica.

De ahí que la característica principal de denominación del verdadero yo venga determinada por aquello que diferencia al hombre del resto de la naturaleza y que no es otra cosa que su capacidad de pensar y entender la realidad a través del pensamiento propio y su capacidad de cognición siendo consciente de ello.

Esto nos induce a establecer como “el verdadero yo” una definición del ser humano en la que se incluyan ambas cualidades principales, la energía de la que está formado y el pensamiento que la diferencia del resto. De aquí que nos atrevamos a definir al “verdadero yo” como “ENERGÍA PENSANTE”.

“El hombre es un conjunto electrónico regido por la conciencia”.

Albert Einstein, Nobel de Física

Esta definición no sólo ha sido entendida y aceptada por numerosos filósofos, religiosos, espiritualistas y científicos de toda condición y disciplinas, sino que una segunda pregunta que se presenta una vez aceptado esta definición es la siguiente: ¿de dónde viene pues la inteligencia, la capacidad de pensar y la autoconciencia que nos diferencia del resto de los reinos de la naturaleza?

Estudios multidisciplinares sobre la mente humana y la conciencia van resolviendo los interrogantes y preguntas como la planteada arriba. En primer lugar, de la nada no puede surgir nada; y mucho menos una capacidad peculiar y excepcional como “la cognición”, que nunca puede devenir de un proceso evolutivo biológico, pues si así fuera, otras especies biológicas podrían igualmente desarrollar esa característica propiamente genuina del ser humano.

La cognición incluye la capacidad de procesar la información, la comprensión del mundo y la interacción con él. Esto nos ayuda a proyectar la conciencia y el sentido de la realidad, además de la memoria y el aprendizaje. El ser humano comparte con los animales y las plantas las dos últimas: memoria y aprendizaje, pero se diferencia de estos reinos de la naturaleza en el pensamiento continuo y su auto-conciencia. Por ello, la respuesta de los materialistas al respecto de que estos atributos del “verdadero yo” surgen por procesos evolutivos biológicos quedan absolutamente descartados.

Es mucho más fácil entender que todos estos atributos así como la información e inteligencia proceden de una mente superior, un ser especial que así la ha creado, pues son sus señas de identidad. Este ser al que llamamos Dios debería ser entonces una inteligencia suprema y al mismo tiempo, la causa primera de todo lo que existe. Y de aquí se deduce que su creación, en lo que respecta al hombre, ha sido caracterizada con parte de sus atributos, entre ellos la capacidad de pensar y la conciencia de las experiencias que va viviendo.

Ninguna información surge del azar, ni tampoco de la combinación de elementos aleatorios, sin que estos se encuentren previamente codificados, sistematizados o procesados como resultado de la información original. De aquí que la complejidad del ser humano, en lo que respecta a su trascendencia y capacidades distintas de la materia (pensamiento, conciencia, mente, libre albedrío, voluntad, intención, etc.), nunca podrán ser sustituidas por máquina alguna, ya que son precisamente las cualidades de su “verdadero yo”, procedentes del ser que se las concedió de forma latente para desenvolverlas y ampliarlas a lo largo del tiempo y de las eras en las distintas experiencias y vidas sucesivas.

El psicoanálisis de Freud y la continuación de Jung ofrecieron en su tiempo una visión que completaba las informaciones espirituales. Por un lado, estructurar y definir la psique humana como hicieron estos dos maestros de su tiempo, nos llevó a conocer mejor los procesos interiores de nuestra alma inmortal. Y la distinción entre el verdadero ser denominado «el Self» (el alma) y el «Ego» (el Yo) como manifestación de la vida en la materia nos puso sobre la pista de las capacidades psíquicas y la fuerza de las energías que subyacen en el inconsciente del alma humana.

No debemos olvidar que desde un punto de vista espiritual el inconsciente trasciende las investigaciones de los maestros del psicoanálisis, pues este no sólo está compuesto de las experiencias, impulsos y tendencias que el Ego va experimentando, sino que además está reforzado por las experiencias anteriores de vidas pasadas, donde todo quedó registrado en el inconsciente profundo, tanto lo bueno como lo menos bueno, y que conforma el acervo y la identidad personal de cada ser humano: el Self.

El Ego se presenta así como la realidad de «la conciencia material», aquella que nuestros sentidos, percepciones, hábitos, reflejos condicionados, memoria y actitudes son capaces de interpretar y desenvolver aquí en la Tierra. Por eso, el Ego se coloca como centro de la conciencia, es el centro de todo. El Self es, sin embargo, el ser auténtico, el inmortal, el que viene evolucionando desde el principio de los tiempos, denominado también como alma inmortal. El Self representa la «conciencia espiritual» del verdadero yo.

Y cuando se vuelve a la Tierra con una nueva personalidad mediante la reencarnación, el Ego impone su fuerza y sus criterios evitando muchas veces que el Self se manifieste. El error es querer eliminar el Ego para que el Self, como verdadero yo, aflore y se manifieste. Esto no es posible. Lo correcto, saludable y adecuado es integrar el Ego y el Self, dando a cada cual el espacio que requiere y sin que uno se imponga al otro cuando estamos en la vida física condicionados por las tendencias materiales y los impulsos biológicos y egocéntricos.

Sin embargo, la palabra ego-ismo nos ofrece la pista adecuada para el trabajo que debemos enfrentar a la hora de minimizar la fuerza del Ego en nuestras vidas. Egoísmo significa la acción del Ego, y esta acción es la fuente de todos los males. No podemos olvidar que el Ego piensa solamente en sí mismo, sin comprender la inmensidad del inconsciente que es el yo superior (el Self).

Allán Kardec, décadas antes de la aparición del psicoanálisis, ya estableció en su filosofía la necesidad de erradicar el egoísmo y el orgullo como fuentes de distorsión en la conducta humana. Y dejó al respecto una afirmación esclarecedora como esta: «El egoísmo se debilitará en la misma proporción en que la vida moral vaya predominando sobre la vida material«. Y continuó afirmando: «Cuando sea bien comprendido y se encuentre identificado con las costumbres y creencias, la filosofía espírita transformará los hábitos, los usos y las relaciones sociales».

Así pues, el “verdadero yo”, aquel que es preexistente al nacimiento y trasciende la muerte física, no es sólo “energía pensante” sino que su naturaleza interior es luz y energía purísima, a imagen y semejanza de su creador. Y precisamente por ello adquieren carta de naturaleza y distinción del resto de especies y elementos del universo, su autoconciencia e individualidad, postulándose como un heredero universal de la Mente Divina que le ha dado la vida para que pueda ir poco a poco conociéndola a medida que crece y progresa en la expansión de las capacidades divinas que esa Mente colocó en el interior de su conciencia.

Esa Mente no es sólo cognición, información o inteligencia, es también la explicación y el resultado del universo físico y espiritual que podemos contemplar. Un universo, perfecto, armónico, equilibrado, donde el orden y el perfecto ajuste de las leyes físicas y espirituales nos hablan y nos sugieren un futuro extraordinario para el hombre; único ser en la naturaleza con capacidad de comprensión y entendimiento de el SER que le ha permitido la vida inmortal en la que todos, absolutamente todos, estamos involucrados, queramos o no.

El verdadero yo por: Antonio Lledó Flor

2025, Amor, Paz y Caridad

“Porque quien encuentra en sí mismo su felicidad, su gozo y en sí mismo también su Luz, es uno con Dios y debes saberlo: el alma que ha encontrado a Dios se libra del renacimiento y de la muerte, de la vejez y del dolor, y bebe el agua de la inmortalidad”

Krishna, Libro: Baghavad-gita

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