EPÍLOGO

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Epílogo

«La madurez intelectual y moral desarrolla la conciencia, y esta impulsa hacia la verdad y la vida«

Divaldo P. Franco, libro: Momentos de Conciencia

Después de estos treinta y cinco capítulos mensuales abordando la temática de la Inmortalidad y la Conciencia, llega el momento de recapitular sobre los propósitos de presentación de esta obra.

Terminaremos así este sencillo ensayo, que nunca ha pretendido más que actualizar, esclarecer y profundizar en la relación de las leyes espirituales del alma, los conceptos filosóficos y los avances de la ciencia de vanguardia en todo lo relacionado con la trascendencia de la“Chispa divina” y de la naturaleza de la conciencia.

Al respecto de lo último, y conforme avanza la neurología, la psiquiatría, la psicología transpersonal y otras ciencias cognitivas y comportamentales, queda claro que, a pesar de las hipótesis “fisicalistas” y materialistas que siguen afirmando que la conciencia es un epifenómeno derivado de la actividad neuronal del cerebro, todo ello queda invalidado por los descubrimientos en el área de la mente, la energía y la cognición.

La mente nunca más puede suscribirse al cerebro, pues ya está demostrada la existencia de una “supraconciencia” que trasciende las actividades neuronales y se proyecta fuera del cerebro. Los avances en biología cuántica, psicología cuántica y neurología sugieren, cada vez con más fuerza, el hecho de que la mente y la conciencia tienen un carácter “no local” en la psique humana.

Esto significa, ni más ni menos, que tanto la mente como la conciencia no tienen un lugar espacial donde se alojan, ni el cerebro, ni en ninguna parte del cuerpo biológico, desmontando así la tesis naturalista.

Otra cosa muy distinta es el “origen de la conciencia”, todavía un auténtico misterio para los científicos honestos que reconocen no saber absolutamente nada sobre las causas que la producen ni de dónde surge.

“La extraña dualidad entre naturaleza objetiva y la realidad subjetiva creada por la mente es lo que se denomina por los científicos y filósofos como el problema duro de la conciencia. Seguimos sin tener la más mínima idea de cómo el cerebro produce la imagen mental de la realidad que tiene vida propia y es responsable de nuestros pensamientos, recuerdos y sensaciones”. 

Dr. Alejandro Navarro Yáñez

Sin embargo, en la comprensión que nos ofrece el conocimiento de las leyes espirituales, la conciencia es la mayor fuerza del espíritu humano, es un instrumento del ser inmortal que trasciende las eras y las reencarnaciones, creciendo, avanzando, nutriéndose de las experiencias milenarias del alma, vida tras vida.

Todo el bagaje “conciencial” de la psique humana, entre lo que podemos incluir los automatismos biológicos (procedentes de la especie) y psicológicos, los reflejos condicionados, la memoria, los patrones de conducta, los hábitos, las capacidades cognitivas, las tendencias emocionales, etc., pertenecen al patrimonio que el ser trascendente e inmortal ha ido adquiriendo en su milenaria trayectoria.

Estos rasgos del pasado que definen la personalidad humana, diferentes en cada persona, se ven complementados e influenciados por las experiencias del presente que vive el ser humano desde el útero materno hasta el momento de la muerte física.

La epigenética, las condiciones psicosomáticas de cada cual y la información proyectada por el espíritu humano a través de los genes que condicionan el desarrollo biológico y las expectativas psíquicas y/o las pruebas y expiaciones espirituales que el alma humana encarnada trae a la Tierra son las herramientas de trabajo, los condicionamientos con los que venimos a la vida con el objetivo del adelanto espiritual y el progreso de nuestra alma inmortal.

“El envejecimiento y la muerte son propiedades íntimamente ligadas a la programación genética del organismo”

Dr. Alejandro Navarro, libro: Ciencia de la inmortalidad

Encontrar el sentido trascendente de la vida constituye así un punto de inflexión que permite “tomar conciencia” del porqué y el para qué estamos aquí y ahora en la Tierra. Y en esto coinciden los mayores expertos del “sentido existencial del ser humano” como el gran psiquiatra Viktor Frankl, para el cual una vida llena de significado y de propósito es la clave para la autorrealización en libertad de la individualidad del ser.

El despertar de la “conciencia dormida”, para ir transitando hasta la “conciencia universal” que nos permitirá con el tiempo la conexión con el pensamiento y el amor divinos, es una trayectoria milenaria que transforma al ser humano llevándole al futuro que le espera de dicha, creatividad, plenitud y conciencia plena en comunión con la fuerza divina universal pero sin perder su individualidad.

Se cierra de esta manera el “reencuentro” con nuestro Creador para participar y ejecutar sus instrucciones en el universo físico y espiritual. Pues no debemos olvidar que el espíritu humano es creado simple e ignorante, y a través de las experiencias milenarias debe desarrollar los niveles de conciencia hasta llegar a la sublimación de la misma cuando es capaz de desenvolver la “grandiosa semilla de los atributos divinos” que Dios colocó en nuestra conciencia, pendiente de nuestra libertad y propio esfuerzo por decidir acompañar el plan divino de nuestra propia felicidad y plena eternidad.

Si atendemos a la frase que encabeza este artículo descubriremos que es el desarrollo y evolución de la conciencia humana la que nos impulsa hacia la auténtica misión que traemos a la vida, y que no es otra cosa que progresar espiritualmente tomando conciencia de nuestra propia realidad como espíritus inmortales que somos, donde lo único importante es conquistarse a sí mismo.

No faltan las pruebas mencionadas dentro de la ciencia de vanguardia al respecto de la inmortalidad del alma, como hemos venido explicando a lo largo de estos capítulos. Sin embargo, no podemos terminar este epílogo sin mencionar las tres líneas de investigación principales en estos momentos dentro del área de la investigación y de la ciencia de vanguardia. Actualmente, multitud de estudios multidisciplinares en numerosas universidades y centros de investigación de todo el planeta están confirmando la realidad de la “supervivencia de la conciencia” después de la muerte.

Son muchos ya los investigadores y científicos en distintas especialidades que han reforzado sus propias teorías e hipótesis sobre la supervivencia del alma centrando sus esfuerzos principalmente en tres aspectos significativos que ya no dejan lugar a dudas.

El primero de ellos la mediumnidad, donde estudiando las posibilidades a favor y en contra y teniendo en cuenta todos los aspectos que pueden sugerir la comunicación entre el mundo de los vivos y el del más allá, llegan a conclusiones irrefutables en multitud de casos que desmienten por completo los fraudes, la actividad PSI como causa del fenómeno o el animismo de los médiums, por poner algunas de las causas alegadas por los negacionistas del fenómeno mediúmnico.

El segundo está constituído por la multitud de estudios realizados desde hace más de sesenta años sobre los fenómenos de Experiencias Cercanas a la Muerte, iniciados con el Neuropsiquiatra Bruce Greyson y continuados por Moody, Pin Van Lommel, y tantos otros. Reforzados por experiencias tan evidentes como las del propio neurocirujano Eben Alexander. La mayoría de las hipótesis descartan la anoxia cerebral y las alucinaciones o los residuos de conciencia como origen de esta fenomenología.

Confirman así de que se trata de experiencias espirituales donde el cerebro no tiene apenas incidencia alguna, lo que no sólo sugiere y confirma que la mente y la conciencia no dependen del cerebro, sino que estas dos cualidades superiores del ser forman parte de una entidad que se desplaza, que tiene experiencia y que vive y siente fuera de su cuerpo, reconociendo, a pesar de su estado de coma o durmiente, aquello que acontece a su alrededor.

Y por último, las experiencias ya probadas en miles de casos de “recuerdos espontáneos de vidas anteriores” o de “terapias de vidas pasadas” que los psiquiatras de distintas latitudes estudian y confirman, avalan la reencarnación. Estas evidencias no sólo prueban la inmortalidad sino también la pre-existencia del alma. Lo que quiere decir que nuestra individualidad ya ha vivido en otro tiempo y en otros cuerpos, adquiriendo las experiencias que ahora mismo forman parte de nuestro inconsciente profundo y caracterizan nuestra individualidad.

Conciencia e Inmortalidad, o Inmortalidad y Conciencia, como prefiramos, están íntimamente unidas, pues la primera es una condición de la “energía pensante” que es nuestro espíritu y la segunda es la propia “naturaleza” del ser pues así fue creado por Dios, la Mente Suprema, el Arquitecto Universal, La Causa Primera, que nos dio la oportunidad de ser la única especie que puede conocerle, con el tiempo y la evolución de nuestra conciencia, siglo tras siglo.

Todavía hoy estamos lejos de ello, aunque a través de los efectos de su creación y del reflejo que supone de la condición divina nuestra alma, podemos entender pálidamente algunos de sus atributos y condiciones sin poder siquiera definirlo, ya que es el único ser Eterno de la creación y, por lo tanto, todo lo demás es contingente menos Él.

La conciencia nos caracteriza como seres individuales, y la inmortalidad nos asimila a todos los espíritus creados por Dios que gozan del mismo atributo para progresar y adelantar en el camino de nuestro reencuentro con Dios. Este camino supone desarrollar las cualidades divinas que de forma latente anidan en nuestra conciencia, y que, para llegar hasta ÉL, debemos edificarlas mediante el propio esfuerzo y el libre albedrío.

Para corregir los desmanes y desviaciones de nuestras decisiones equivocadas, en contra de estas cualidades están las leyes de la evolución espiritual del alma, que regulan nuestra trayectoria y dan sentido a la justicia divina y las desigualdades humanas, como ya hemos explicado en capítulos anteriores. Leyes como la de “causa y efecto” que nos indica que a cada cual, según sus obras, sin privilegios ni arbitrariedades de ningún tipo.

Antes o después, en la vida presente o en las siguientes, esta ley busca el equilibrio perdido en nuestra alma debido a las actuaciones erróneas, y pone a nuestra conciencia frente a su propio espejo, haciéndole comprender que sólo mediante el desarrollo de las cualidades divinas representadas por el Amor, la Caridad, el Perdón, etc., podemos elevarnos y alcanzar nuevos niveles de conciencia que nos aparten del sufrimiento y nos acerquen a la felicidad, la paz y la serenidad que nos espera.

Y dentro del resumen que estamos haciendo es necesario destacar el importante papel del Espiritismo en la comprensión de la realidad. Esto es algo intrínsecamente unido a la conciencia humana, pues es la forma en como captamos y percibimos el mundo y lo que nos rodea.

“La realidad para el Espiritismo se compone de los valores confirmados como legítimos por la investigación científica. La doctrina espírita es esencialmente científica, siendo sus bases demostrables en laboratorio, aunque su instrumentación varía de la ciencia convencional pues esta última no tiene recursos para hacer un análisis profundo del Espiritismo porque le falta la mediumnidad”.

Divaldo P. Franco

A través de este sexto sentido alcanza la evolución antropo-socio-psicológica, por lo que podemos decir que el Espiritismo tiene su propia metodología. Por ello el Espiritismo puede hoy analizar las propuestas de la investigación científica que culminan en la visión profunda de nuestra civilización.

El Espiritismo puede ofrecer una contribución valiosa a la Antropología, la Genética, la Física, la Biología, la Astrofísica, y principalmente a las doctrinas del comportamiento (Psicología, Psiquiatría, etc.) porque nos hablan de cómo vivimos y cómo nos relacionamos para alcanzar la meta de cada cual, así como del lugar que en cada momento ocupamos en la naturaleza y la creación. El Espiritismo puede enfrentar la duda en cualquier aspecto que se le presente y principalmente en todo lo relacionado con la conciencia y la realidad.

La adquisición de expresiones superiores de conciencia permite al alma humana experimentar con mayor facilidad la realidad del mundo del espíritu, sintiendo la presencia y el apoyo de los espíritus superiores que acompañan el esfuerzo realizado por mejorarnos espiritualmente.

Es una manera de desarrollar las capacidades espirituales, anímicas o mediúmnicas, que pondrán de manifiesto la necesidad de alcanzar metas superiores contando con la ayuda de aquellos “invisibles que nos aman” y que, acompañándonos desde nuestra encarnación presente, velan por nosotros y aspiran a que consigamos el propósito superior que planificamos para esta vida antes de tomar cuerpo.

Las sublimaciones de las energías físicas hacia las capacidades espirituales de nuestra psique o espíritu inmortal se ven igualmente potenciadas en la misma medida que avanzamos en la depuración de nuestra conciencia, eliminando las imperfecciones que nos alejan de las actitudes y comportamientos superiores que el deber de nuestra alma nos impone.

Por ello, conciencia e inmortalidad, entendiendo también esta última como la individualidad que nos caracteriza y nos distingue, son elementos inseparables que forman parte indestructible de la naturaleza del ser humano y que Dios nos ha concedido para alcanzar el propósito de la plenitud y autorrealización espiritual que a todos nos espera.

» La conciencia no es de naturaleza intelectual ni una actividad de los mecanismos cerebrales sino la fuerza que los impulsa, porque nace de las experiencias evolutivas del alma, exteriorizándose en forma de acciones».

Paz para todos.

Epílogo por: Antonio Lledó Flor

2025, Amor, Paz y Caridad

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