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ILUMINACIÓN DE CONCIENCIA EN PLENITUD

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Iluminación de conciencia en plenitud

“La conciencia no es inteligencia, sino la capacidad de entender el bien del mal desarrollando tus recursos para alcanzar la plenitud espiritual”

Una de las características de la evolución de la conciencia son las distintas etapas por las que el ser transita en su camino hacia la plenitud espiritual.

Cuando hablamos de plenitud estamos refiriéndonos a un sinónimo de perfección o depuración del alma humana. Esto acontece cuando el hombre de conciencia despierta trasciende ese estado y se incorpora al mayor hito del espíritu humano: el acceso al estado de conciencia trascendental.

Esta etapa de perfeccionamiento que acerca al alma humana al estado de espíritu puro queda todavía muy lejos para la mayoría de los que nos encontramos encarnados en la Tierra. Sin embargo, y a pesar de no haber vivido la experiencia de llegar hasta ella, tenemos la evidencia de aquellos que sí la han alcanzado y que pasaron por la Tierra dejando su impronta y el ejemplo de su legado.

Son los grandes maestros, avatares, conductores de pueblos, profetas, guías de la humanidad, santos, etc. Hablamos de figuras de la talla de Krishna, Buda, Pitágoras, Moisés, Confucio, Zoroastro, Lao-Tse, Jesús, Francisco de Asis, Mahoma, etc. Se trata de espíritus de elevada condición espiritual que bajaron a la Tierra a ejercer una misión de orientación, ayuda y avance de la humanidad, intentando mejorar las condiciones espirituales de sus pueblos mediante códigos ético-morales de nuevo cuño que cambiaron las estructuras socio-religiosas ofreciendo nuevos planteamientos de avance en el progreso del alma y el desarrollo de la conciencia.

“La ley en nosotros se llama conciencia. La conciencia es propiamente la aplicación de nuestras acciones a esta ley”.

Kant. Filósofo, s. XVII

Si observamos detenidamente la puesta en práctica de sus vidas, en todos ellos se combinan varios aspectos recurrentes y similares. Por un lado, una fe firme en la consecución de objetivos cimentada en la creencia irrestricta en la divinidad.

En segundo término, una resiliencia ante las dificultades muy superior a la media de los seres humanos, completada con una perseverancia hasta el final en la consecución de sus obras. En tercer lugar, observamos la presencia constante de la guía espiritual recibida de las fuerzas superiores que les inspiraron en su misión y trayectoria, favorecidas por las condiciones históricas particulares del momento en que aparecen en la Tierra.

Un cuarto aspecto derivado del anterior es la aparición del impulso que esos “misioneros del bien” siembran en los pueblos a los que se dirigen y que es considerado como una “revelación de lo Alto” en el momento oportuno y preciso, como si todo obedeciera a una planificación previa de los planos superiores del espíritu o de Dios.

Y una última coincidencia en todos ellos es la manera en cómo se presentan ante los demás: como meros instrumentos o enviados de la divinidad, con la misión de ayudar a sus pueblos en ese nuevo impulso por superar etapas de primitivismo animal, sustituyéndolas por conceptos más avanzados de espiritualidad y amor que permitan al hombre el despertar a una conciencia más avanzada de la realidad: la inmortalidad del alma y su trascendencia después de la muerte.

Todos ellos muestran un camino para el cambio hacia el bien, procurando abandonar conceptos anticuados sobre el bien o la justicia divina que hacen profundizar al hombre en nuevas reglas morales que le ayudan a elevar su nivel de conciencia respecto a la etapa anterior, despertando así a las realidades inmarcesibles del alma.

“Si existe algún conflicto entre el mundo natural y el moral, entre la realidad y la conciencia, la conciencia es la que debe llevar la razón”.

Henri-Fréderic Amiel, filósofo Suizo

Paralelamente a estas nuevas concepciones de avance espiritual, el ser se sutiliza y se depura en sus actitudes y comportamientos al alcanzar un mayor conocimiento de las leyes divinas y de cómo ha de sintonizarse con ellas para evitar el sufrimiento o las circunstancias adversas que le ocasiona el primitivismo, la violencia o el abuso del más fuerte en las sociedades antiguas.

Esa dulcificación de las costumbres tiene que ver con la aceptación de las nuevas reglas morales que estos avatares proclaman y predican con el ejemplo. Y a partir de ahí la conciencia eleva su patrón vibratorio, sutilizando las conductas, trabajando en el bien y alcanzando un punto de no retorno: un mayor discernimiento del bien y del mal.

Esto último es el punto de inflexión que permite a la conciencia humana superar la frontera entre el hombre dormido y aquel de conciencia despierta que sabe en cada momento lo que le perjudica o beneficia espiritualmente, pues ya ha alcanzado la íntima convicción de su inmortalidad y del sentido de la vida en la Tierra: aprendizaje y corrección para seguir viviendo después de la muerte y ampliar su conciencia en los episodios futuros que nuevas vidas y nuevas oportunidades pondrán frente a él en el camino de conquista hacia la felicidad y la dicha que le esperan.

“La transformación no sucede mediante el conflicto, sucede mediante la conciencia”.

Nuestra conciencia, ampliada por la luz del discernimiento sobre el bien y el mal, se convierte así en la guía más segura que podemos tener para no errar sobremanera cada vez que bajamos a la Tierra a experimentar nuevas oportunidades de progreso, rescatando deudas anteriores, superando expiaciones merecidas o enfrentando pruebas de crecimiento espiritual que aceptamos plenamente antes de encarnar.

Esta cualidad de nuestra conciencia es de las más importantes, pues, unida a la experiencia que la vida en la Tierra o en el mundo espiritual nos proporciona, enriquece de tal manera nuestro acervo personal, nuestro inconsciente profundo que siempre nos acompaña, que nos ayuda a construir unas bases indestructibles dentro de nuestra alma.

Estas bases se nutren de la fe y confianza en Dios, en nuestra propia inmortalidad, en el propósito concreto que traemos a la vida cuando reencarnamos, en la permanente y constante ayuda del mundo espiritual que recibimos, en las necesidades de enfrentar obstáculos para el crecimiento espiritual, en el valor del esfuerzo y el sacrificio personal para alcanzar el bien mayor de una conciencia tranquila y una paz interior inquebrantable procedente del comportamiento alineado con las leyes que Dios colocó en nuestra conciencia.

Cuando todo esto se convierte en principios de nuestro caminar por la Tierra, empezamos a vislumbrar la luz esclarecida que ilumina nuestro interior hasta llegar al colofón y remate necesario e imprescindible de nuestro paso por la tierra: la entrega y el amor desinteresado hacia el prójimo, sin el cual todo el trabajo realizado no alcanza la culminación necesaria para sublimar el objetivo misionero de nuestra conciencia, que no es otro que la iluminación de la misma.

La autoiluminación de la conciencia en plenitud solo llega cuando, como todos los avatares mencionados anteriormente, nos entregamos a la obra del servicio al prójimo desinteresado. Cada cual hace su parte, a la manera en que puede hacerlo, con las condiciones que le son propicias. Pero al final el objetivo es el mismo, si nos fijamos en el comportamiento de los grandes misioneros enviados por la divinidad que hemos mencionado.

Todos entregaron sus vidas al servicio de su prójimo, como un sacrificio personal que es la culminación del trabajo realizado anteriormente. Y con ello alcanzaron la autoiluminación que pretendían, accediendo a ese estado de conciencia trascendental del que hemos hablado arriba y que se caracteriza principalmente por la conexión con el pensamiento divino y el amor universal, auténticas guías infalibles del espíritu esclarecido, se encuentre en el lugar o en el planeta en que se encuentre.

Este es el futuro que nos espera a todos, antes o después, ya que hemos sido creados para la felicidad y la plenitud de nuestra conciencia inmortal, creada por Dios y colocada a evolucionar por sí misma para, con el crecimiento de la experiencia y el discernimiento del bien y del mal, ir recorriendo etapas de desarrollo de los “valores superiores” del alma caracterizados por ser un reflejo de los valores divinos que Dios manifiesta en toda su creación: armonía, paz, belleza, equilibrio, creatividad, conciencia, inteligencia superior y Amor.

Estamos todos invitados, sin excepción, a alcanzar esta conciencia en plenitud que viene caracterizada por la luz del alma depurada, adelantada, que conquista por sí misma su propia autoiluminación, elevando su nivel vibratorio y sus registros de alta frecuencia para conectar con las fuerzas superiores y los pensamientos universales, como así lo hicieron aquellos misioneros enviados a la Tierra que tanta huella han dejado para beneficio de la humanidad.

«El examen de conciencia es siempre el mejor medio para cuidar bien el alma”. 

Ignacio de Loyola

Iluminación de conciencia en plenitud por: Antonio Lledó Flor

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