Enfocando la actualidad

SUICIDIO ¿VALENTÍA O COBARDÍA INÚTIL

 
Al amparo del conocimiento espiritual, el suicidio se presenta como un acto totalmente inútil; pues nunca el suicida consigue lo que pretende al perpetrar este acto. La vida no es más que una dádiva divina, por lo que “sólo a Dios cabe el derecho de disponer de la vida del hombre”. 


No obstante, en los conceptos sociales que hoy día se manejan, solemos confundir derechos personales con derechos morales; tanto es así que hay quién justifica el suicidio porque nadie está por encima del hombre en lo que respecta a su naturaleza y libertad para consigo mismo. Este error manifiesto, derivado del escepticismo y de la descreencia en Dios y en su perfecta justicia divina, lleva al hombre a creerse por encima de todo, suponiéndose capaz y totalmente libre para realizar con su vida lo que desee, sin sometimiento alguno a ninguna ley moral o ética que le condicione.

 
Este último argumento es también falso y erróneo; pues, por mucha libertad que el hombre pretenda conseguir para sí mismo y los demás, la auténtica libertad siempre se ve constreñida por los derechos de los demás; y además hemos de admitir que, querámoslo o no, el hombre se haya sometido a leyes físicas, biológicas y psicológicas que no puede obviar, que le afectan y le condicionan a pesar de que no desee que así le suceda. 
 
Así como no podemos tener un control absoluto sobre nuestras vidas físicas, tampoco podemos tenerlo sobre aquellas leyes espirituales que, a pesar del desconocimiento que tengamos de las mismas, nos afectan y nos condicionan. La ignorancia no nos exime de las consecuencias de estas leyes sobre nuestros actos, y en este sentido, el suicidio es la mayor de las faltas cometidas contra la vida y la ley natural.
 
Así pues, el sentido espiritual que propicia el suicidio en el hombre es el de un acto de cobardía para enfrentar los reveses y circunstancias difíciles que la vida nos presenta. Este sentido moral se ve a su vez complementado por la inutilidad del acto del suicidio, al comprobar cómo, después de ejecutado, no sólo no se consigue lo que se pretendía, sino que en todos los casos el objetivo que se persigue se vuelve incluso más difícil y lejano, acompañado de un sufrimiento inenarrable como consecuencia del atentado que supone quitarse la vida voluntariamente.
 
Sea por desesperación, por desengaño, por vergüenza o por no querer afrontar las pruebas y expiaciones que la vida nos presenta, todo acto de suicidio es un acto de falta de valentía. E incluso hay circunstancias en las que el suicidio tiene una doble repercusión negativa para el hombre; nos referimos al suicidio moral, donde el hombre cercena su vida por haberse dejado dominar por las pasiones y no es capaz de salir del círculo vicioso en el que se encuentra; en este caso hay no sólo falta de valor y tendencias primitivas de naturaleza inferior sino también olvido del creador que te ha concedido la vida.
 
Comprendiendo el mecanismo que se produce en el ser humano con la muerte, sabemos con certeza que el suicidio rompe de forma violenta los lazos que unen el espíritu a la materia a través del periespíritu. Esta situación genera una gran perturbación al ser humano, pues cree seguir viviendo después de quitarse la vida, con lo que el objetivo que persigue de desaparecer del todo sufre la primera contrariedad; a esta última le acompaña el hecho de que se siente vivo e intenta acercarse a sus familiares sin que estos le escuchen o le vean, con lo que la frustración es el segundo paso que le acompaña.
 
En muchos casos, no en todos, la perturbación que se sufre de forma tan violenta, hace que el cuerpo transmita al espíritu las sensaciones de descomposición y putrefacción del cadáver, con lo que la angustia y la desesperación se multiplican exponencialmente; y esto dura a veces años, justo hasta el momento en que el ser humano debería haber desencarnado de forma natural por ser el tiempo prefijado para su muerte normal.
 
También acontece que, la expiación que ha de sufrir el espíritu por este acto de cobardía tenga su repercusión en vidas posteriores, donde vendrá con más dificultades de la vida anterior, donde tendrá que afrontar aquellas pruebas y vicisitudes que le llevaron al suicidio pero en peores condiciones.
 
En esa nueva vida deberá demostrar y pagar con su sufrimiento los errores cometidos con anterioridad; comenzando a valorar la importancia de la vida como un regalo de Dios, en el cual se nos ofrece la oportunidad de progresar y aprender, para lo cual hemos de crecer y evolucionar enfrentando las pruebas y las expiaciones; la mayoría de ellas pedidas por nosotros mismos antes de encarnar.
 
Hemos de entender que “una vida en la carne no es más que un eslabón en la larga cadena de la evolución del alma”, como sabiamente decía Pitágoras. La comprensión de la reencarnación nos ofrece el conocimiento de que existen muchas almas en el plano de la cuarta dimensión deseando reencarnar para progresar en esta escuela que es el mundo físico, y cuando se nos concede esta oportunidad de volver a reparar errores del pasado y engrandecer nuestra conciencia para forjarnos un futuro más dichoso debemos aprovechar la oportunidad. Si no lo hacemos y truncamos de forma violenta la vida que Dios nos ha concedido, el dolor y el sufrimiento moral vendrán irremediablemente hasta nosotros, generando las consecuencias perniciosas de un futuro más difícil e infeliz.
 
Así pues el suicidio es un acto de cobardía física y moral; totalmente inútil, con graves repercusiones para la vida del espíritu inmortal; que no sólo no soluciona los problemas que dieron origen a tomar esa nefasta decisión sino que los agrava todavía más; pues, además de causar un enorme estancamiento y retraso evolutivo en el alma humana, deja en la tierra la huella indeleble del dolor al que condenamos a nuestros seres queridos por culpa de nuestro enorme egoísmo y falta de valor al enfrentarnos a la vida, las pruebas y expiaciones que libre y voluntariamente escogimos con anterioridad a nuestra encarnación.
 
Comprendamos y luchemos contra esta lacra, teniendo por sabido que, por difíciles que sean las vicisitudes que la vida nos presenta, si usamos nuestra inteligencia y voluntad, podremos salir airosos de las mismas, ya que Dios no permite al espíritu una carga mayor de la que pueda soportar. Todo lo demás son circunstancias que nosotros creamos por nuestro atraso evolutivo, errores y bajezas morales que siembran el terreno propicio para nuestra debilidad, sumiéndonos en el desequilibrio mental y emocional que nos lleva a la desesperación, y de ahí al suicidio.
 
Resumiendo: la vida no termina con la muerte del cuerpo físico, el suicidio no es una solución y los sufrimientos que esperan al suicida son horrendos. 
 
Antonio Lledó
 
 
“La mayoría de los suicidas no se quitarían nunca la vida si tuvieran la seguridad de no morirse nunca sobre la Tierra”  

 
Miguel de Unamuno (Filósofo, Escritor y Ensayista Español)

 

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