MOISÉS, LEGISLADOR Y MÉDIUM

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Moisés, legislador y médium
Monumento en recuerdo de Moisés en el Monte de Nebo en Jordania. Situado a unos 41 km de Amman, domina una bonita vista al Mar Muerto y la tierra santa en Jerusalén.

Moisés, legislador y médium

Nos encontramos ante una raza peculiar, fuerte y homogénea, poco accesible a la comunión con otras razas diferentes, incluso con otra forma de pensar o vivir; su orgullo le impedía la mezcolanza. Muy seguro de sí mismo, y aunque formaban distintas tribus, permanecieron durante mucho tiempo sin patria ni hogar… Estamos hablando del pueblo judío de hace aproximadamente 3.500 años.

Tuvo que ser un enviado por Dios, el Gran Legislador y precursor divino, quien tratara de poner orden y equilibrio a un pueblo casi indomable.

Hablar actualmente de Moisés es hablar de casi un mito; se pierde en la noche de los tiempos. Sin embargo, su legado es imborrable y perdura aún hoy día para millones de personas que le rinden culto. Sin su contribución no habría sido posible el avance espiritual de un sector muy importante de la humanidad. Él sentó las bases donde apoyar los principios espirituales olvidados por una inmensa mayoría, gracias a su extraordinaria mediumnidad. Su mensaje, al ser de procedencia divina, permanece indeleble y limpio a pesar de los siglos transcurridos. Es venerado no solo en el judaísmo sino también en el cristianismo, lo encontramos en el Pentateuco que forma parte del Antiguo Testamento, en la Biblia cristiana; y también en el Islam, donde Moisés es uno de los profetas que más veces se nombra en el Corán.

En la obra El Evangelio según el Espiritismo, en el capítulo 1, encontramos interesantes comentarios de Allan Kardec en relación a este profeta: “La ley mosaica  se compone de dos partes distintas: la ley de Dios, promulgada en el monte Sinaí; y la ley civil o disciplinaria, establecida por Moisés. Una es invariable; la otra, apropiada a las costumbres y al carácter del pueblo, se modifica con el tiempo… Moisés se vio obligado a contener, a través del miedo, a un pueblo naturalmente turbulento e indisciplinado, en el cual tenía que combatir abusos arraigados y prejuicios adquiridos en la servidumbre de Egipto. Para revestir de autoridad sus leyes debió atribuirles un origen divino, como lo hicieron todos los legisladores de los pueblos primitivos”.

Como podemos observar, no existía otro camino para tratar de encauzar a un pueblo idólatra, rebelde e ignorante.

No podemos olvidar tampoco un momento clave en la historia del pueblo judío, el famoso éxodo, necesario para dar fin a una penosa etapa de esclavitud en manos de los egipcios. Aquí también, la mano poderosa de los Planos Superiores intervino, por medio del famoso profeta y legislador, para llevar a cabo tal empresa, lo cual nos trae a la memoria otro hecho histórico, muchos siglos después a cargo de otra heroína, Juana de Arco, quien también bajo la inspiración divina condujo a su pueblo hacia la victoria durante la fase final de la Guerra de los Cien Años, acabando con el dominio inglés de los territorios franceses, evitando que se prolongara aún más lo que fue una injusticia de lo más vil para el pueblo francés, de consecuencias fatalmente imprevisibles, y que de algún modo, muy probablemente todavía arrastraríamos en la actualidad.

Pero volvamos a la figura de Moisés. Fue durante esa etapa de búsqueda de la tierra prometida cuando se produjo un hecho que muy probablemente marcó los derroteros del necesario éxodo, y fue cuando el pueblo, ebrio y viciado por las pasiones, modelaron el becerro de oro y prepararon una fiesta dedicada a Moloch, aprovechando la ausencia del profeta que marchó al Monte Sinaí para sintonizar con los planos elevados y recibir las Tablas de la Ley. Fue en ese punto donde el propio Moisés comprendió que debía armarse de paciencia y dejar pasar el tiempo para que las nuevas generaciones, a través de una buena educación a los jóvenes, modificara esas costumbres tan rudimentarias y sentara unas buenas bases para el futuro (*).

Esta es la conclusión a que algunos estudiosos han llegado a la hora de analizar el hecho de que la travesía durara tanto, hasta 40 años, mucho más de lo razonablemente lógico. Lo cual impidió que el propio Moisés pudiera alcanzar a ver con sus propios ojos la ansiada tierra prometida.

Efectivamente, tuvo que lidiar con enormes escollos; debió armarse de infinita paciencia, puesto que el ser humano, por lo general, es muy refractario a los cambios que demandan esfuerzo y trabajo, por su tendencia acomodaticia, a su transformación moral. El cambio de usos y costumbres lo realiza con enorme dificultad y lentitud.

Por otro lado, como tantos otros precursores del Maestro Divino, el profeta Moisés, fiel a su compromiso, tuvo que renunciar a sí mismo para poder servir a los demás; utilizó todos sus recursos de autoridad moral y energía para enfrentar los enormes retos que el pueblo y la época le demandaban. No existía otra forma posible de avanzar.

Por todo ello, a Moisés debemos de reconocerle su extraordinario mérito, y su ejemplo traerlo de vuelta. Es más actual de lo que creemos, porque hoy día estamos viviendo una situación de falta de valores ético-morales, nada comparable a los de aquella época, por supuesto, pero con algunas similitudes que demandan reflexión, perseverancia y mucho coraje (como el que Él tuvo) para lidiar con esas corrientes materialistas que nos envuelven y tratan de empujarnos  hacia el abismo.

Otra de las malas costumbres era en aquel entonces el uso frívolo de la mediumnidad, lo que obligó a Moisés a su prohibición, una costumbre esta, de la evocación de los muertos, que generaba mucha perturbación espiritual. Tuvieron que transcurrir muchísimos siglos, hasta el siglo XIX de nuestra era, para que los fenómenos mediúmnicos se manifestaran nuevamente de forma generalizada, y gracias al trabajo del insigne codificador Allan Kardec, se pudieran sentar las bases para un intercambio mediúmnico responsable, prudente y constructivo.

Por lo tanto, el gran reto de Moisés fue la de crear unos cimientos sólidos, a través de la Tablas de la Ley, en donde se pudiera apoyar el pueblo judío, y en consecuencia toda la humanidad, unas bases de convivencia justas y pacíficas. Siglos después, el Maestro Jesús las complementó con los preceptos de Amor indispensables para que tomáramos el debido impulso en nuestra evolución; y con el paso del tiempo, con la ayuda definitiva de la Tercera Revelación –el espiritismo-, poder volar hacia la eternidad, a través de la caridad y el conocimiento de la realidad espiritual.

Cómo no recordar aquel pasaje del Evangelio donde se nos habla de la Transfiguración del Maestro Jesús en el Monte Tabor (San Mateo 17); cuando conversa con Moisés y Elías, dos de sus más destacados precursores, seguramente para cederle el testigo para la consecución del Gran Plan Divino…

Sin duda, más allá de los tópicos y las leyendas que puedan envolver a la figura de Moisés, pensemos que los espiritistas tenemos muchas cosas en común con el pueblo judío. Sabemos, en base a la reencarnación, que hemos vivido otras existencias en diferentes lugares, hemos tenido vínculos con diferentes razas y culturas, entre ellas la judía. Por lo tanto, no debemos sentirnos extraños a ella, puesto que le debemos muchas cosas que nos han permitido llegar a ser lo que somos en la actualidad.

Definitivamente somos sus herederos legítimos. Debemos honrar su memoria y su legado. Evidentemente, no podemos juzgar con los ojos de ahora la mentalidad y las circunstancia de una época tan remota, pero su esencia perdura, permanece en nuestros corazones, conscientes de que toda contribución divina nos debe llenar de sentimientos de gratitud hacia esos heroicos trabajadores que en todas las épocas se han sacrificado para lograr sacarnos de las tinieblas, del oscurantismo en el que estábamos inmersos. Recojamos pues el testigo, y llevemos con alegría, tolerancia y responsabilidad la buena nueva a todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que nos necesitan, que nos están esperando.

Moisés, legislador y médium por:José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

 (*) Consultar la obra de Divaldo Pereira Franco Esclarecimientos Espíritas, página 86.

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