La Rueda de la Vida

REENCARNACIÓN Y CRISTIANISMO

La reencarnación a lo largo de la historia de Occidente no ha gozado de oportunidades de análisis y desarrollo. Los poderes políticos y religiosos han controlado casi siempre los postulados doctrinarios que consideraron adecuados a su forma de pensar y de sus intereses. El pueblo llano se debía someter a las resoluciones de sus mandatarios. La libertad de pensamiento y sobre todo, de expresión de ideas diferentes a las corrientes oficiales, han resultado punibles  en casi todas las épocas de la humanidad.

La creencia en las vidas sucesivas desde la óptica de los poderes establecidos nunca ha convenido, porque cuestiona los privilegios y las jerarquías, y porque nos indica la transitoriedad de nuestra situación en la vida, sea buena o mala, así como la responsabilidad total de nuestros actos, sin intermediarios con la gracia divina para salvarnos o perdonarnos los pecados.

Las referencias históricas nos hablan de la creencia generalizada en la reencarnación por parte de los primeros cristianos. Así lo confirman algunos pensadores cristianos de los primeros siglos de nuestra era como fueron Tertuliano u Orígenes. Todo nos hace pensar que el Maestro Jesús la transmitía abiertamente  y no la escondía. Es lógico, un concepto tan importante, tan fundamental no podía quedar en una ambigüedad, en una idea confusa. Sin embargo, tal y como nos han llegado los evangelios, (fueron seleccionados entre varios escritos de la época, muy posteriores a la muerte de Jesús),  parece como que ni afirman ni desmienten. No se recoge ningún pasaje que explícitamente el propio Maestro condene las vidas sucesivas. No obstante los hay que sí lo sugieren, pero no de una forma clara y rotunda que no se preste, en dichos escritos, a otras interpretaciones. Como podrán imaginar no tiene mucho sentido, puesto que una idea que compromete radicalmente el origen y destino del hombre y el sentido de la vida presente, no debió quedar relegada sin que hubiera existido un debate abierto, profundo que aclarase las ideas en pos de la auténtica verdad.

Fue en el siglo IV cuando el cristianismo pasó de ser marginal, de ser perseguido a formar parte del estado. El emperador Constantino I el Grande (272-337) adoptó las creencias cristianas en una época de cambios socio-políticos. El problema surgió con las distintas tendencias que impedían poner de acuerdo al cristianismo de oriente con el de occidente. Se convocó un Concilio en Nicea, en el año 325. La intención no fue solo religiosa sino sobre todo política, se trataba de evitar una fractura política del Imperio. Posteriormente otro emperador Justiniano I (483-565), con la misma intención de evitar cismas religiosos de consecuencias políticas también convocó otro concilio, el de Constantinopla II, donde fueron consolidando ciertas ideas que consideraron fundamentales, como por ejemplo; la Santísima Trinidad,  la supuesta divinidad de Jesús, y sobre todo la abolición de la reencarnación en favor de la resurrección; el Papa fue encarcelado porque se negó a firmarla. Sus disidentes (aquellos que estaban a favor de las vidas sucesivas) fueron perseguidos y anatematizados. Por supuesto, si alguno había escrito en favor de dichas ideas eran quemadas y eliminadas.

Para entender la mentalidad y los usos de la época hay que tener en cuenta que el poder político y el religioso eran prácticamente lo mismo. Los primeros concilios, los más importantes que dieron cuerpo a la doctrina que conocemos hoy los convocaron los emperadores; al mismo tiempo, los obispos no podían negarse a su voluntad imperial; de tal forma que, si alguien pensaba diferente o no convenía era apartado, condenado o conminado a retractarse.

Estas ligeras referencias históricas tienen la intención de situar, respecto al cristianismo primitivo, la mentalidad de una época y la evolución de las ideas, sobre todo a lo que respecta a la reencarnación. Su falta de desarrollo y aceptación social no se basó en la debilidad de sus argumentos sino en su prohibición radical.

Otro aspecto muy importante a valorar para comprender el origen y evolución del cristianismo, al menos, el que nos ha llegado hasta nuestros días, es la diferencia que debemos de establecer entre religiosidad y espiritualidad. No necesariamente van unidas. Aquellos que tomaron decisiones doctrinarias como aquellos que continuaron manteniéndolas, muchas veces eran políticos y religiosos desconectados del verdadero mensaje renovador predicado por Jesús. Los fanatismos, los intereses materiales, las ansias de notoriedad, aumentar su cuota de poder, de escalar posiciones con privilegio social, eran el verdadero móvil de sus acciones. Por contrapartida, los bienintencionados, aquellos que buscaban la verdad y el bien común, muchas veces eran marginados o condenados. Por tanto, cuando nos hablan de “la inspiración divina” de aquellos que sentaron las bases de la doctrina cristiana, hay que ponerlo más que en duda, porque fueron hombres comunes, con sus defectos y virtudes. Aunque hay que reconocer que, al menos, el mensaje evangélico, sus parábolas y algunos hechos de la vida del Maestro recogidos en el Nuevo Testamento han perdurado con el paso de los siglos.

Por desgracia no hace falta irnos muy lejos para entender la naturaleza humana y nuestro atraso moral y espiritual. Los escándalos por corrupción política destapados por los medios de comunicación, las malas prácticas que existen hoy día, son un reflejo del modus operandi de la inmensa mayoría de los círculos de poder. Por tanto, hace 1600 años aproximadamente, que es la época a la que estamos haciendo referencia y en base a los datos históricos que nos han llegado, nos demuestra que no eran precisamente mejores.

¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!… (Marcos 10:17-31)

Sin duda,  el problema que plantea la idea de la reencarnación a los poderosos es inasumible para una mayoría. El poder económico, político y social, y hasta el religioso queda comprometido cuando hay una idea, la de las vidas sucesivas, que nos habla de la igualdad entre todas las almas. Una igualdad que tan solo les puede interesar después de la muerte, cuando ya no puedan gozar de sus bienes y privilegios. Por esa razón, tuvo más fuerza la idea de una sola vida, una sola oportunidad.

De tal manera que la idea de un infierno y la condenación eterna por un lado, y por otro la posibilidad de un paraíso contemplativo,  debía de ser el temor o el consuelo en este mundo para los enfermos y pobres, para los sufrientes. Sin embargo, los otros, sobre todo los de las clases altas, incluida la  religiosa, se creían con una gracia divina donde, si era necesario podían comprar las indulgencias divinas para lavar sus pecados que dan derecho al perdón de Dios y el acceso  al supuesto Cielo. Por esa razón, muchos de ellos vivían instalados en las creencias superficiales, alejados del verdadero mensaje renovador de sacrificio y renuncia; solidario  unos con otros. Era la forma de acallar su conciencia, y al mismo tiempo de controlar las necesidades espirituales del pueblo sometido.

La historia de la humanidad es la historia casi siempre del predominio de los fuertes sobre los débiles. Lacras sociales como por ejemplo la esclavitud pervivió durante muchísimos siglos. Las discriminaciones por raza, sexo o incluso religión ha sido una constante en el devenir de todas las épocas; incluso hoy día. Por tanto, una idea tan profunda como la reencarnación, que cuestiona la superioridad, el sometimiento de unos hombres sobre otros, que combate  las raíces del orgullo y egoísmo humano no podía tener cabida en dichas sociedades.

No solo son otras filosofías las que apoyan la idea de los renacimientos, desde Platón, el budismo,  pasando por la doctrina espírita, sino que la ciencia viene al encuentro de esta idea, vigorizándola y aumentando su fuerza a través de sus investigadores y descubrimientos.

La certeza de que lo sembrado con nuestros actos es lo que vamos a recoger, no sólo cuando desencarnemos (cuando no es en esta misma vida), sino en vidas posteriores. Que la riqueza mal empleada puede desembocar en otra vida en la miseria, que todo el mal que hacemos revertirá más pronto o más tarde sobre quien lo ha ejecutado; son ideas que transfieren toda la responsabilidad de los actos a nosotros mismos. Somos juez y parte, la siembra es voluntaria pero la cosecha obligatoria.

La reencarnación es la explicación lógica a las desigualdades humanas, a la justicia divina, justicia perfecta sobre la que descansan nuestras acciones y sus repercusiones futuras. Nada queda al azar. No existen privilegios, todas las almas somos creadas iguales. Con nuestro trabajo y esfuerzo nos vamos labrando un futuro cuyo destino final es invariablemente la felicidad y la perfección…. Así de simple y así de profundo.

La ley de la reencarnación o renacimientos nos hace responsables absolutos de nuestros actos. Nos coloca, cara a cara con nuestra realidad espiritual. Lo que no hagamos ahora lo tendremos que hacer en el futuro. Atravesando todas las etapas como hombre y mujer, blanco y negro, etc.

Por lo tanto,  la vida tiene una finalidad superior. Todos venimos con un compromiso espiritual a desarrollar, las particularidades de cada uno; salud, enfermedad, riqueza, pobreza, etc., forman parte de nuestro aprendizaje y trabajo interior. Superar las malas inclinaciones es el fin fundamental en la vida y la llave que nos abrirá la puerta al progreso y a la evolución. Así es como lo entendieron los primeros cristianos y así es como debemos de verlo ahora.

 

Reencarnación y cristianismo por:  José M. Meseguer

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