La Rueda de la Vida

LAS PRUEBAS DE LA VIDA

El espíritu es creado sencillo e ignorante. En un principio Dios los encauza por un camino supliendo su inexperiencia, para poco a poco, ir soltándole la mano, como si se tratara de un niño, para que vaya adoptando sus propias decisiones sobre el camino que desea recorrer; es la consecuencia del desarrollo de su libre albedrío. Sin embargo, nunca está sólo, y la ley de justicia no permite que nadie quede desamparado o desasistido. De ese modo, tenemos la voz de la conciencia que es, por un lado, la voz interior, de las experiencias acumuladas durante siglos, y por otro, la ayuda de espíritus superiores, llamémosles ángeles de la guarda, hermanos mayores, etc., que son los que nos sugieren, a través de la intuición, cual es el camino que más nos conviene para ser felices y progresar más rápido.

Algunos de ellos toman desde el principio una senda que les exime de muchas pruebas, ahorrándose expiaciones y situaciones comprometedoras; empero, la mayoría se dejan complicar ante las sugestiones de la vida. Por poner un ejemplo, es como el joven que frente a un bosque y pese a las advertencias de sus mayores para que sea prudente y no se adentre, desoye las sugerencias y se sumerge en él. Las situaciones que pueda vivir en su interior no estaban programadas. Al muchacho le falta experiencia, control sobre sí mismo, conocimiento del medio; los peligros a los que se enfrente tendrá que afrontarlos improvisadamente y sin preparación previa. Las consecuencias de sus actos en dicho bosque le comprometerán su futuro, también le servirán de experiencia para aprender a discernir, a optar por otros caminos.

Este sencillo ejemplo se asemeja bastante a la realidad espiritual, de tal forma que las dificultades y los sinsabores del camino son consecuencia de nuestro rumbo pretérito y de las actuaciones del presente, también puede ser una petición voluntaria para medir las fuerzas y superarse. Cuando el comportamiento no se ajusta a los objetivos que nos trajeron al plano físico, comprometemos y hasta complicamos el futuro, retrasando la dicha que tenemos reservada. Es el libre albedrío que nos hace responsables y la ley de causa y efecto que actúa con sabiduría para restablecer el equilibrio violado. En pocas palabras, ya no es sólo lo que dejamos de hacer, sino los errores, fruto de nuestras imperfecciones los que pueden perjudicar a los demás, y por ende, perjudicarnos  a nosotros mismos.

Las pruebas son, en esencia, ejercicios de capacitación; desarrollo de valores como la paciencia, la tolerancia, la comprensión, el amor. También desarrollo de la inteligencia, de la prudencia, el discernimiento, el control sobre uno mismo. La caridad, la abnegación, la renuncia….Cualidades todas ellas que permanecen en nuestro interior en estado latente. Es como la dura roca que alberga un diamante muy brillante en su interior y que necesita de un largo proceso de elaboración para extraerlo de su intimidad más profunda.

Se trata de un largo recorrido, distintas etapas. Hasta que no se ha completado una no se pasa a la siguiente. Los mundos que pueblan el Universo son las distintas escuelas, en sus diversos grados, reuniendo en cada uno de ellos a espíritus, por lo general, de similares características, con necesidades evolutivas comunes. Salvo en aquellos casos, como ha ocurrido siempre en este planeta muy atrasado todavía, de aquellos espíritus ya superados moral y espiritualmente, de un grado superior, que acuden en misión a colaborar con su esfuerzo y ejemplo al impulso del progreso espiritual de esta humanidad. Son seres de luz, faros que iluminan el camino, a través de sus obras sacrificiales.

Debido a nuestro atraso evolutivo, cada existencia física supone un pasito en el progreso, aunque por lo general, se suele avanzar muy poco. Muchas veces acompañados por el dolor consecuencia de los desajustes y equivocaciones del pasado. Eliminamos lastre pero contraemos nuevos compromisos debido a nuestra falta de previsión, al orgullo y egoísmo que predomina en nuestra naturaleza humana, neutralizando muchas veces las buenas intenciones, olvidando las promesas hechas antes de encarnar.

Es por ello que la paciencia y la resignación adquieren una importancia capital, puesto que su puesta en práctica significa aceptar conscientemente y asumiendo todas las consecuencias de aquello que el destino nos pueda deparar. Es el programa que traemos establecido, minuciosamente estudiado y preparado para que el avance espiritual sea significativo, sacando al ser de la posición en la que se encuentra, avanzando sin fin hacia las metas propuestas. Cuando el Maestro decía, “Yo no he venido a hacer mi voluntad sino la de mi Padre”, nos estaba trasladando una llave fundamental que se contrapone a la rebeldía y a la tóxica manera que tenemos, en nuestra ignorancia, de culpar a los demás de nuestros problemas, a murmurar cuando las cosas no nos salen como teníamos previsto; a no aceptar los contratiempos y los reveses de la vida como oportunidades, no como desgracias destructoras. La destrucción en el sentido espiritual no existe, existe el estancamiento temporal pero también la transformación, el cambio hacia mejor, sacándonos de una posición para colocarnos en otra que nos propone unos desafíos concretos que nos van a hacer crecer.

Caminamos todavía con una venda en los ojos, no vemos más allá. Los grandes avatares nos legaron sus mensajes renovadores, conciliadores, mostrando un camino sin fisuras. El hombre ha desnaturalizado dichos mensajes, adaptándolos a su conveniencia, a sus intereses, desvirtuando su mensaje puro, original. Igualmente, el ser humano en general, distraído con sus quehaceres, con sus ambiciones, con sus deseos, ha olvidado o descuidado su interior, su verdadera esencia, en la cual, residen las respuestas del porqué y para qué estamos aquí. En una palabra, el verdadero sentido de la vida.

“La práctica hace maestros” “Nadie nace enseñado”. Estas frases procedentes de la sabiduría popular reflejan la realidad de la existencia. Venimos al mundo con la teoría bien aprendida, muchas veces repitiendo pruebas de las que hemos fracasado más de una vez. Es cuestión de tiempo, de voluntad, de ganas por resolverlas. Nadie nace enseñado en el sentido de que se ha de demostrar lo aprendido con los hechos, no con palabras, no con buenos deseos. Esa es la pura realidad.

Aquellas pruebas de las que rehuimos nos persiguen hasta resolverlas. Dios no tiene prisa, y tenemos todo el tiempo del mundo, pero también es cierto que el espíritu se cansa de sufrir, de permanecer estacionado repitiendo las mismas cosas indefinidamente. Llega un momento en que el espíritu se cansa de los mismos errores y reacciona con energía, con resolución, también estimulado por las victorias de otros compañeros de viaje que con sus éxitos se encuentran en otras etapas de la vida espiritual más fascinantes. Es como el muchacho que repite curso en el colegio una y otra vez y se cansa de repetir siempre las mismas cosas, al mismo tiempo que observa a sus compañeros que no se han estacionado y que continúan en nuevos cursos, haciendo cosas de mayor relevancia, de mayor importancia, siendo más felices por sus progresos y nuevas responsabilidades.

En definitiva, las pruebas son oportunidades muy valiosas de desarrollo y evolución. Nos colocan ante la posibilidad de desarrollar determinadas aptitudes, de crecimiento interior que proporciona plenitud y felicidad. Al mismo tiempo nos permiten sacudir lastre del pasado, deudas, responsabilidades adquiridas con nuestros errores. Son la manifestación más grande de la misericordia de Dios, dándonos una y otra vez, cuantas oportunidades necesitemos para aprender la lección y pasar página, en la ascensión incesante hacia la perfección.

 

José M. Meseguer

©2016, Amor, Paz y Caridad

 

“Muchas personas deben la grandeza de sus vidas a sus muchas dificultades”. (Anónimo)

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