¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN?

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¿Reencarnación o resurrección?

¿Reencarnación o resurrección?

Es nuestra intención clarificar ambos conceptos, estableciendo las diferencias entre ambos, y aprovechar de paso la importancia de los mismos en cuanto a la presencia de estas ideas en el movimiento iniciado por Jesús de Nazareth en la Palestina del siglo I, así como en las referencias del propio Maestro Galileo a esta ley inalterable y universal de las vidas sucesivas que podemos encontrar, todavía hoy, en los Evangelios.

“Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego? Jesús respondió: ni pecó este hombre, ni sus padres; nació ciego para que las obras de Dios puedan ser reveladas en él”.

Acto seguido hizo lodo con tierra y saliva, lo colocó en los ojos del ciego y le pidió que se los lavase en el estanque. Cuando regresó, el hombre comenzó a ver. En la doctrina judía, los hijos sufrían los pecados de los padres. De ahí la pregunta de los discípulos respecto a los progenitores del ciego. Pero en el primer interrogante, y conociendo que era ciego de nacimiento, le preguntaron si la causa de la ceguera era por sus propios pecados. ¿Dónde pecó, antes de nacer ciego? Sin duda, no hubieran considerado esta cuestión a menos que creyesen que el hombre había tenido una existencia anterior en la que pudo haber pecado.

En la respuesta de Jesús encontramos una explicación más profunda que viene a confirmar la reencarnación y la preexistencia del alma: “…para que las obras de Dios se revelen a través de él”. Había nacido así no por sus acciones pasadas, sino porque libremente, antes de reencarnar, había aceptado esa prueba acordando soportar la ceguera hasta que se encontrara con aquel que le devolvería la vista, para mayor gloria del poder de Dios.

En los evangelios canónicos, y en mayor medida en los apócrifos, existen pasajes notables en los que se pone de manifiesto la enseñanza de Jesús sobre la reencarnación, así como la naturalidad con la que se expresaba al respecto, ya que tanto en la cábala judía (parte esotérica de la religión hebrea) como en algunas sectas religiosas judías (especialmente los fariseos) y en parte del pueblo, la idea de los renacimientos sucesivos no era ignorada en absoluto.

Sin embargo, para comprender el contexto de la idea de la Resurrección en la Palestina del siglo I hay que recurrir a las fuentes históricas. Flavio Josefo, historiador de la época, explica al respecto de la Resurrección cuáles eran las creencias de las tres sectas religiosas predominantes en Israel. Los “saduceos” eran parte de la élite sacerdotal, y como tales, gozaban de privilegios económico-sociales de casta y no creían en la Resurrección, sino que “mantenían la vieja creencia de que después de la muerte el alma perece con el cuerpo”. Para ellos, la mejor recompensa era una vida larga en la Tierra; pues para el judaísmo primitivo no existía una creencia en la Resurrección.

La segunda secta religiosa que menciona Josefo son “los esenios”, que eran fundamentalmente una comunidad religiosa ascética, con rigurosas reglas de comportamiento que sí creían en la inmortalidad del alma y en un Juicio Final. Y por último, Josefo nos habla de “los fariseos” y textualmente señala: “piensan que el alma es imperecedera, que las almas de los buenos pasan de un cuerpo a otro, y las de los malos sufren castigo eterno” (F. Josefo – Historia de los Judíos S. I). Es decir, creen en la transmigración, o Reencarnación, antes que en la Resurrección. 

Confirmaciones a esto existen varias, una de las más evidentes aparece en los evangelios cuando el propio Jesús pregunta a sus discípulos: “¿quién dice la gente que soy yo?”, y los discípulos le responden: “algunos creen que eres Juan el Bautista o Elías reencarnado” (Juan ya había sido decapitado por Herodes). En más de tres ocasiones, en tres escenarios y conversaciones diferentes de varios evangelios, Jesús pone de manifiesto que Juan el Bautista es la reencarnación del profeta Elías.

De este análisis histórico se desprende que, salvo los saduceos, el resto de grupos creían en la inmortalidad del alma, en una vida de ultratumba, pero de ningún modo en la Resurrección de la carne. Al contrario, son mucho mas numerosos los testimonios sobre la creencia en la inmortalidad y la corruptibilidad del cuerpo, más concretamente por parte de Pablo de Tarso, respecto a la resurrección del propio Jesús.

Un ejemplo claro de esto lo tenemos en la primera carta de Pablo de Tarso a los Corintios, que es el testimonio escrito más antiguo (50 d.C.) que existe sobre la Resurrección de Jesús. En esa época, los manuscritos de los evangelios que nos han llegado todavía no existían, el primero de ellos, de Marcos, se hizo alrededor del año 80 d.C. En esa carta, Pablo escribe sobre la Resurrección de Jesús haciendo referencia a las apariciones del Maestro después de su muerte; explica la corruptibilidad del cuerpo físico y el nuevo cuerpo espiritual (1) que todos tenemos después de la muerte. El verbo griego que utiliza en las descripciones significa “ser visto, aparecer”, y confirma la exclusión de cualquier interacción de tipo físico, es decir, de cualquier resurrección de la carne. 

Para Pablo la Resurrección de Jesús no ha sido corporal sino espiritual, reduciendo la Resurrección a las apariciones del cuerpo espiritual de Jesús (una materialización de su periespíritu).  Y a nivel general, Pablo confirma que mientras el cuerpo físico es débil, feo y corruptible, el cuerpo espiritual será fuerte y hermoso. La frase en Corintios 15, 35-12:

(1) “Alguno dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo? Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres. Se resucita en incorrupción, se resucita en gloria, en poder. Se resucita en un cuerpo espiritual”.

Este cuerpo espiritual recibe diferentes nombres: cuerpo astral, cuerpo aúrico, periespíritu, etc., y no es otra cosa que el lazo intermedio entre el cuerpo físico y el alma. Es un cuerpo de carácter electromagnético que está comandado por la voluntad, los pensamientos y los sentimientos del alma, y que cuando la persona muere se marcha con ella al otro lado de la vida, dando lugar al espíritu. El periespíritu adopta la misma forma que tenía en la Tierra, pues el alma no tiene forma; este molde es un doble energético del cuerpo material, de ahí que las apariciones después de muerto presenten la misma forma e imagen que tenía el cuerpo físico en vida.

Así pues, de todo esto se infiere que la sociedad judía de la época en la que nace Jesús tiene variadas opiniones al respecto de la vida después de la muerte, siendo  mayoritaria la opinión de los fariseos, que el pueblo compartía, y mediante la cual la creencia en la vida de ultratumba y en una recompensa o castigo mediante la vuelta a la vida en un cuerpo físico prueba que la idea de la Reencarnación era de dominio popular. Esta creencia de los fariseos se asemeja enormemente a la idea de la Reencarnación que defendían algunas escuelas griegas, como los órficos,  los pitagóricos y los discípulos de Sócrates y Platón.

Otra prueba del arraigo de la idea de la Reencarnación entre el pueblo llano es la  sorpresa que el propio Jesús siente cuando Nicodemo (doctor de la Ley) va a verle de noche para preguntarle (Juan III-7). El diálogo es así: “Señor, ¿qué he de hacer para entrar en el reino de los cielos?”. Y Jesús le responde: “En verdad te digo que para entrar en el reino de los cielos te es preciso nacer de nuevo”. Contesta Nicodemo: “Pero ¿cómo puede un hombre viejo entrar de nuevo en el vientre de su madre?”. Responde Jesús: ¿Eres doctor en la Ley de Moises y no sabes esto?…. (*) continúa al final del artículo.

La extrañeza de Jesús ante la ignorancia de Nicodemo sobre la Reencarnación es otra prueba más de que la idea de las vidas sucesivas formaba parte de los principios y creencias de buena parte de la gente sencilla de Israel en el siglo I. 

De hecho, durante los tres primeros siglos del Cristianismo primitivo, la teología cristiana basaba la justicia divina, la caridad y la necesidad de perdonar los agravios en la idea de la inmortalidad del alma por medio de la Reencarnación. Prueba de ello fueron las creencias de los gnósticos o de los primeros padres de la iglesia (Clemente, Orígenes de Alejandría, Agustín, etc.) que aceptaban la reencarnación porque el propio Maestro Jesús la había enseñado a sus discípulos y divulgado notoriamente numerosas veces, como consta igualmente en el nuevo testamento.

A partir del siglo IV, la ortodoxia, unida al poder político del emperador Constantino que hace del Cristianismo la religión del imperio, comienza a deteriorar y tergiversar el mensaje puro y primitivo del Maestro cuando no conviene al poder político, que usaba la nueva religión como instrumento de poder y control de la población. En ello colaboraron algunos obispos cristianos, y ya en los concilios del siglo IV se declaran las primeras herejías (Arrio, Eusebio, Pablo de Samosata, etc.), se persigue a quienes mantienen la pureza del cristianismo (el propio Orígenes sufrirá persecución) y se subordina la religión cristiana a los intereses políticos del momento. E incluso, con mayor saña, fueron perseguidos aquellos cristianos que no compartían la visión política u ortodoxa que la nueva iglesia iba construyendo a costa de demoler el mensaje puro, sencillo y elevado del Maestro Galileo.

Entre los conceptos que sufren una verdadera tergiversación, la pre-existencia del alma antes de entrar en la vida física es anulada (de este tema hablaremos más adelante), sustituyéndola por la falacia e incongruencia de que el alma es creada por Dios junto al cuerpo en el momento del nacimiento. Lo mismo ocurre con la ley de la Reencarnación, que es cuestionada, pues menoscababa con ello la autoridad de la Iglesia, al no depender de esta última para la salvación y no ser ya imprescindible para el hombre. Las propias palabras de Jesús: “el espíritu es como el viento, no sabéis de dónde viene (pre-existencia) ni a dónde va” (reencarnación) dejaban en evidencia el supuesto poder de la Iglesia sobre los asuntos espirituales del alma más allá de la tumba.

A todo esto se une el interés del poder político y el personal de Teodora, esposa del emperador Justiniano, que para esconder sus numerosos crímenes, que debería saldar en próximas vidas, influye para eliminar definitivamente la creencia cristiana de la Reencarnación, creyendo que así quedaría exenta de sus responsabilidades con la ley de causa y efecto. Y por ello en el siglo VI, concretamente en el Concilio de Constantinopla (553 d.C.) es cuando el emperador Justiniano promulga el siguiente edicto:

“Todo aquel que sostenga la mística idea de la pre-existencia del alma y la maravillosa opinión de su regreso, será anatematizado”

Qué mayor prueba histórica de la creencia en la Reencarnación por parte de los  primeros cristianos hasta el siglo VI, que declarar oficialmente la persecución y castigo para quienes la mantuviesen como principio de su propia religión. Era sin duda una creencia extendida y aceptada por la mayoría, de lo contrario no se hubiesen molestado en aniquilarla.

Las conclusiones mas inmediatas que podemos extraer de todo lo explicado son que, en tiempos de Jesús, el concepto de la Reencarnación era conocido, motivo por el cual el pueblo comprendía sus enseñanzas en este sentido. También confirmamos con todo esto que la palabra Resurrección hacía referencia a seguir vivo después de la muerte en estado espiritual, en el “cuerpo espiritual” que es la representación del alma y el periespíritu. En ningún caso se tiene en cuenta la Resurrección de la carne, salvo en la teología cristiana posterior, que fue modificada con arreglo a los nuevos postulados que negaban la preexistencia del alma y la vuelta a la vida de ésta en sucesivos renacimientos en la carne.

Es, pues, concluyente el hecho de que cuando los autores de la época se refieren a Resurrección hacen referencia a la “vuelta a la vida” en el plano espiritual con un “cuerpo glorioso”, lleno de luz, como el que presentaba el Maestro cuando se apareció a María Magdalena, a Pedro, a los Doce o a los Quinientos seguidores, que a plena luz del día pudieron verlo y escucharlo en estado espiritual en el Valle de Galilea. Todo esto lo encontramos en las Cartas de Pablo.

A la hora de retomar la realidad de los hechos y de la tradición filosófica e histórica, mencionaremos que, sin duda, la Reencarnación era una idea conocida por todos los pueblos de la antigüedad. También el pueblo Judío, que recibía constantes influencias de otras civilizaciones que lo habían conquistado (Asirios, Babilonios, Griegos, Seleúcidas, Romanos, etc.), no podía estar exento de esas influencias culturales y religiosas.

Además de la creencia en la Reencarnación, la postura de la ciencia sobre la Resurrección de la carne descarta definitivamente este concepto. Siendo así que, en algunos momentos o algunos autores, dieron a la palabra Resurrección el sentido que tiene efectivamente la Reencarnación; no como Resurrección de la carne sino como Resurrección del alma inmortal que nunca muere y viaja a través del tiempo y de las eras, para experimentar nuevas oportunidades en las Vidas Sucesivas.

¿Reencarnación o resurrección? por: Antonio Lledó Flor

2020, Amor, Paz y Caridad

(*)…“Por tanto, no te extrañes que te haya dicho: os es preciso nacer de nuevo en agua (nacimiento biológico) y en espíritu ”

Jesús de Nazaret (San Juan III – 7)

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