UN TRABAJO PERSONAL

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Un trabajo personal

Un trabajo personal

Funesta inclinación la del hombre al huir de sí mismo cuando se contempla, porque le horroriza lo que ve; siendo así al contrario: no debe apartar nunca la vista para evitar los extravíos y los ímpetus de su corazón, viviendo esa vida íntima que no consiente las manifestaciones sino después de consultar la razón y dirigida la voluntad hacia el bien. Procurar estudiarse con interés, con ahínco, con entusiasmo, sin acobardarse ni desistir, y en medio de ese rudo trabajo distraerse con los goces del arte; la inteligencia con la cultura intelectual. (De la obra: Higiene del Espíritu. Año 1904).

Eso es lo que deberíamos perseguir. Sin embargo, tratamos de evitar reconocer cómo somos en realidad; deberíamos ser capaces de estudiarnos con objetividad; observarnos con interés y valentía; no apartar la vista, ni huir de nosotros mismos; evitar los ímpetus del corazón; aprender a consultar con la razón antes de pensar o actuar, y de esa forma dirigir la voluntad hacia el bien; sacar fuera de nosotros todo lo bueno y lo malo que nos caracteriza, analizándolo en profundidad con el fin de ir desechando toda negatividad mediante una limpieza que vaya potenciando nuestros valores morales, que, tal como nos señala el mensaje, nos proporcionará esa vida íntima que no consiente los extravíos; un trabajo personal, en solitario, fortalecido con la oración.

Y en medio de ese rudo trabajo, distraerse con los goces del arte, que es así mismo sustento para el espíritu y para la materia. El arte como la música, la poesía, la pintura o la buena literatura, son las facultades que Dios concede a sus hijos para el desarrollo de la inteligencia; cultura intelectual, que a veces menospreciamos porque la consideramos innecesaria, siendo así muy al contrario; una humanidad con un buen acervo cultural haría posible, entre otras, la coexistencia, porque aprendería la diversidad de las sociedades.

Una inteligencia bien desarrollada conduciría, sin lugar a dudas, a la comprensión, la tolerancia y el respeto a quienes poseen otras costumbres, otra forma de pensar, de ver las cosas. Y en ese punto, nunca intentaría imponer su propia forma, sino que procuraría conciliarse con los demás mediante un ejercicio de buena voluntad.

Pero esto solo será posible si estamos dispuestos a reconocernos tal como somos y si estamos decididos a trabajar con ahínco en nuestra renovación espiritual. Solo así, potenciando nuestra voluntad día a día, lograremos un drástico cambio personal, haciendo posible el cambio de toda sociedad.

Cuando vamos pronunciando esas bellas palabras que Jesús nos enseñó (venga a nosotros tu reino) no comprendemos bien el alcance de ellas; el Reino de Dios es un reino de Amor; pero el amor no se adquiere en ningún comercio, no se compra; nosotros somos quienes lo gestamos mediante el rudo trabajo de la renovación interior; no son las palabras, son los hechos los que cuentan. Porque el Reino de Dios está en nosotros, pero no lo vemos ni lo disfrutamos, porque para que así sea necesitamos una buena higiene del espíritu.

                                                  Un trabajo personal por: Mª Luisa Escrich

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