¿POR QUÉ EL HOMBRE ES UN SER MORAL?

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¿Por qué el hombre es un ser moral?

Como hemos ido analizando a lo largo de estas sección en los últimos diez meses, comprobamos que además de la existencia de una Ley Moral, concordante con la Ley Natural que abarca todos los aspectos de los valores superiores de la vida, existe también la huella de esa Ley en la conciencia del ser humano.

Pero, además de eso, el hecho de que nuestro inconsciente esté formado por nuestras experiencias, percepciones, sensaciones, sentimientos, pensamientos y acciones de esta vida y de todas las anteriores, condiciona sin duda nuestro comportamiento moral hasta el punto de que marca el fiel de la balanza de nuestro estado evolutivo, o si queremos definirlo de otra forma, de nuestro nivel de conciencia. Hoy nos demuestra la psicología que nuestro comportamiento cotidiano, en cada instante de la vida que llevamos, viene condicionado al 90% por nuestro inconsciente, mientras que nuestra mente consciente apenas tiene control sobre un 10% o incluso menos de todo aquellos que sentimos, hacemos o ejecutamos.

Si hablamos de la moral en el sentido espiritual de la misma y no de la moral social o cultural propia de cada pueblo, debemos converger en el hecho primordial de  que nuestra capacidad de “distinguir entre el bien y el mal con arreglo a los valores superiores de la vida” constituye el punto de equilibrio que determina por qué el hombre es un ser moral antes que otra cosa.

Si la Vida del espíritu es eterna y está regida por las Leyes Superiores de la Vida como la Evolución, la Reencarnación, La Ley de Causa y Efecto, la Ley de Afinidad, La Ley de Justicia Divina, etc., el principal objetivo de avance del alma se produce en relación a su transformación moral y no a su conocimiento o instrucción. Quizás por ello, el creador de nuestra alma inmortal puso en ella la conciencia, a fin de recordarnos constante y permanentemente nuestro origen, al propio tiempo que indicaba el camino necesario por el que debemos continuar.

Y para recordarnos que somos libres de escoger nuestro destino próximo pero no el final, nos dotó de libre albedrío, a fin de decidir por nosotros mismos aceptar y seguir las directrices del bien o del mal, y al mismo tiempo colocó el sufrimiento para recordarnos que debemos rectificar cuando nos salimos del camino que lleva a la paz, la felicidad y la plenitud que es nuestro destino final, el único fatalismo en el ser humano.

La naturaleza de Dios no podemos conocerla, pero la del hombre, sin duda, queda a nuestro alcance en el punto en que nos encontramos mirando hacia atrás. Y cuando volvemos la vista comprobamos como el error se supera, el sufrimiento se sublima, el dolor pasa, la aflicciones duran el tiempo que permanecemos obstinados en el mal contraviniendo las leyes del Amor y del bien que Dios colocó en la conciencia del hombre para seguirlas rectamente.

Nuestro libre albedrío puede llegar a engañarnos con frecuencia al creernos superiores a Dios; no obstante, mientras nos mantenemos en las experiencias de las distintas vidas cumpliendo nuestros compromisos, rescatando deudas y expiaciones y superando pruebas, vamos progresando y ampliando nuestra conciencia con esos valores superiores de la vida como el perdón, el amor, la gratitud, el bien, etc. 

Y qué son esos valores sino la Moral Máxima que rige la conciencia del hombre y le impele a progresar y a liberarse del dolor y la ignorancia, conociéndose, aceptándose y superándose. No hay nada que no pueda alcanzarse en el progreso infinito del alma humana. Todo el futuro está a nuestro alcance mientras desarrollemos esa parte que nos eleva, que nos concede paz, que nos da serenidad, y todo ello llega como consecuencia de nuestra transformación moral.

Los hay que pretenden escapar a sus errores sin afrontar sus consecuencias. Pues bien, otra prueba de que el hombre es un ser moral es el hecho de que la Ley de Causa y Efecto siempre actúa y devuelve aquello que hacemos, de bueno o malo, antes o después, en una vida o en la próxima, pero con una justicia y ecuanimidad perfecta, en la misma proporción al agravio efectuado. Nadie escapa a su conciencia, en esta vida o en las siguientes. Es tan importante la elevación moral del hombre que es incluso capaz de modificar las repercusiones que las consecuencias de nuestros actos delictuosos producen. Tanto es así que las consecuencias aflictivas y dolorosas generadas por nosotros y que debemos saldar con idénticos sufrimientos pueden modificarse, dulcificarse y minimizarse en base a nuestra acción moral en el amor y en el bien.

El Amor diluye las repercusiones de los actos delictivos del pasado, permitiéndonos saldar la deuda contraída de forma más fácil y sin las graves repercusiones que nosotros infligimos a otros. Pero hablamos aquí del amor con mayúsculas, el que brota altruistamente de la transformación moral del hombre que ha comprendido la necesidad de cambiar y modificar su conducta teniendo como faro la moral superior de las leyes divinas que todo lo alcanzan y a todos nos afectan.

Todo en el universo cambia y se trasforma constantemente, y el alma del hombre no está exenta de esta transformación; su grandeza se mide por sus actos de moral superior o por el esfuerzo que realiza en corregirse y modificar aquellas actitudes, imperfecciones o hábitos perniciosos que su inconsciente le hace aflorar debido a sus actos del pasado. Vemos pues la importancia de la moral del hombre como la clave de su felicidad presente y futura.

Es el hombre un ser inmortal desde que Dios lo crea y comienza a evolucionar, pero ese progreso no llega sino mediante el abandono de la ignorancia de las leyes que rigen la vida, y el trabajo y el esfuerzo superior por acomodar su conducta a los valores superiores que rigen las leyes universales que Dios ha colocado en todo el universo y que son válidas para todas las humanidades y mundos habitados. La ley suprema es el amor, y ella misma constituye una de las fuerzas poderosas del Universo físico y espiritual. 

A este respecto, el nuevo paradigma que se está vislumbrando en este siglo XXI se decanta por tender puentes entre la Ciencia y el Espíritu, pues grandes científicos e investigadores ya han descubierto la importancia de la mente, su inmaterialidad, su capacidad de modificar el entorno. Y no solamente la mente humana sino una mente superior de la que todo procede y que da sentido y equilibra las fuerzas que dirigen el universo.

La física y la biología cuántica han sido pioneras en colocar la conciencia del hombre como elemento aglutinador de diferentes fenómenos que afectan a la materia y la energía, concluyendo la posibilidad de la inmortalidad de la mente humana, pues ¿acaso la mente y su producto, los pensamientos y emociones, no son energía inmaterial que no se crea ni se destruye?

El hombre es un ser moral, y esta última no es una abstracción, sino la clave de bóveda que reorganiza nuestra energía periespiritual y que, partiendo del equilibrio o desequilibrio vibratorio de los átomos de los que estamos formados, llegan a las moléculas fotones de luz que vitalizan las células físicas y neuronales equilibrando la mente y la salud, o por el contrario, los pensamientos y emociones tóxicas a nivel atómico generan electrones que perjudican el sistema periespíritu-cuerpo anticipando la enfermedad y el desequilibrio energético.

La biología molecular camina hacia el mismo punto, ya no es posible explicar mediante el determinismo genético las circunstancias de la vida y de la herencia, no somos esclavos de nuestros genes. Son el entorno, la energía, los pensamientos, emociones y señales que rodean el campo celular los que condicionan la exposición de los genes o no, y son estas señales que afectan a la membrana de las células, las que las enferman, regeneran o las restituyen, desencadenando los procesos orgánicos de la enfermedad o la salud.

La psicología fue pionera en adelantar con el estudio del inconsciente que una poderosa fuerza del mismo la constituyen los llamados estados de conciencia alterados, y que estos no son patologías sino niveles de conciencia diferentes a los que tienen acceso muchas personas, y que demuestra que nuestra alma no es un epifenómeno del cerebro sino que tiene autonomía, es inmaterial, y la naturaleza de pensamientos, sentimientos y acciones acordes con las leyes morales es el registro energético y vibratorio que condiciona el bienestar y equilibrio celular y psicológico.

Si somos lo que pensamos y nuestros pensamientos y emociones condicionan nuestra salud y nuestro paso por la vida, la naturaleza de unos pensamientos y emociones saludables, nobles, optimistas, ajustados a los valores morales superiores reequilibran nuestras energías, nos fortalecen, y ponen nuevamente de manifiesto que lo importante es la naturaleza de nuestra condición moral para pasar por la vida de una u otra forma.

Podríamos seguir dando ejemplos, no obstante creemos suficiente con lo expuesto. Para finalizar debemos concluir que la moral espiritual, aquella que se ajusta a los códigos divinos que son las leyes superiores, es la condición más importante de la vida del hombre.

De ahí que, por nuestro propio bien, nos interese comprender este concepto de la naturaleza moral del hombre, pues en él radica sin duda la importancia de nuestra salud, de la felicidad presente y futura, además de ser la guía que nos conduce al bien y al reencuentro con nuestro creador, Bien Supremo y Fuerza de Amor inconmensurable que todavía no alcanzamos a comprender.

¿Por qué el hombre es un ser moral? por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

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