OBSERVACIÓN Y REFLEXIÓN: CUALIDADES ESENCIALES

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Observación y reflexión: Cualidades esenciales

La vida tiene muchas facetas maravillosas, y una de ellas es aprender, conocer algo que desconocíamos, saber algo nuevo. La observación y reflexión facilitan ese aprendizaje, nos apartan de la rutina diaria y nos adentran en nuevas ilusiones.

En este capítulo vamos a dedicarnos a comprender estas dos valiosas capacidades de nuestra mente. De cada uno de nosotros depende desarrollarlas, más o menos, en función de nuestros deseos. Cuanta más atención les dediquemos más rápido será nuestro avance, porque estos procesos de aprendizaje facilitan la asimilación y la toma de conciencia de los diversos aspectos de la vida, y representan un apoyo muy importante en nuestra toma de decisiones. A diario, podemos aprender de lo que pensamos, vemos, oímos o experimentamos, utilizándolo para nuestra mejora personal.

La observación es la capacidad de mirar con toda nuestra atención cualquier hecho, circunstancia, acontecimiento, persona, etcétera, para adquirir y comprender conocimientos sobre su comportamiento, características, causas y consecuencias. El arte de aprender a vivir es el arte de aprender a observar, porque las oportunidades suelen aparecer cuando dejamos de ser náufragos en la vida y tomamos las riendas de forma consciente.

Cuando observamos algo sin distracciones no solamente estamos enfocando nuestra atención, también estamos dirigiendo hacia ello el pensamiento y sus capacidades. Concentrar la mente es fijar nuestra atención en una sola cosa, consiguiendo que ningún otro pensamiento o deseo sea capaz de distraernos de aquello en lo que queremos pensar, lo que facilita el discernimiento. Poniendo en funcionamiento todos estos recursos es más fácil aprender y comprender los diversos acontecimientos y circunstancias de la vida.

La realidad nos demuestra que solamente percibimos conscientemente aquello que se encuentra dentro de nuestro foco de atención. Si no la dirigimos hacia las causas reales de aquello que nos perjudica es imposible que pongamos la solución adecuada, porque seguiremos desconociéndolo. Y sin soluciones, no habrá modificación del resultado.

La cuestión está en respondernos por qué hay cosas que llaman nuestra atención y otras no. ¿Qué es capaz de atraerla? La repuesta, tristemente, es bastante sencilla: nuestro interés.

Este proceso aclara y explica por qué hay aspectos importantes en nuestra vida que nos pasan totalmente desapercibidos. No detectamos nuestros errores o problemas verdaderos, ni las carencias de nuestra personalidad, porque estamos más interesados en otras cosas, y nuestra atención no está ahí sino en otra parte. Y esa parte son los intereses que sirven y alimentan a nuestras tendencias y deseos más acentuados, independientemente de que estos sean acertados o equivocados. Por tanto, para poder fijar nuestra atención en nuestras necesidades reales es preciso apaciguar nuestros deseos más perjudiciales, siendo conscientes de ellos, para poder ir adquiriendo mayor interés en los aspectos más transcendentes.

Por ejemplo, si me gusta fumar, habitualmente no prestaré atención a mi salud pulmonar (como tampoco lo haré hacia la salud de quienes fuman pasivamente conmigo). En este caso, mi  atención está dominada y distraída por un deseo: fumar. El resto casi no me interesa. Para comprender que mi salud se está resintiendo necesito dirigir mi atención hacia ella, dominando o desprendiéndome, en primer lugar, del deseo de fumar. Solo entonces estaré libre para actuar con verdadera objetividad, porque todo deseo suele manipular nuestra atención distorsionando la realidad. Si no consigo eliminar el deseo será muy difícil que mi atención se centre en donde realmente está la causa de mi problema, pues se perderá desorientada por la fuerza que más le domina y atrae: fumar. Y esto ocurre porque el deseo tiene para mí más fuerza de atracción que la realidad, aunque esta esté indicando un deterioro de mi salud.

Si finalmente termino comprendiendo que me conviene dejar de fumar y deseo hacerlo, el siguiente paso es mantenerme firme, motivado y comprometido para dejar de hacerlo, como respuesta a la concienciación real de lo que quiero conseguir. Y esto mismo es válido para cualquier otro aspecto o circunstancia que pueda afectarnos.

Hay dos hábitos que conviene tener en cuenta para no enturbiar la observación:

No juzgar nunca: No tiene nada que ver la capacidad de observar con la costumbre de juzgar, especialmente los actos y las personas, porque en este último caso incluimos sentimientos y juicios personales. Cuando lo hacemos no somos nada objetivos, porque nos estamos basado en prejuicios. Siempre que involucramos lo personal distorsionamos la percepción. Mantenerse neutral ayuda a ver las cosas con más objetividad.

No vivir atropelladamente: El continuo ajetreo de vida que se lleva nos deja sin espacio para observar con el detenimiento suficiente que requiere percibir la realidad. Poner pausa a nuestra vida es una necesidad que, con toda seguridad, agradeceremos con el tiempo. Necesitamos esa calma para observar el mundo que nos rodea, comprender qué papel desempeñamos en él y dirigir nuestra vida más conscientemente.

La reflexión es un bien necesario para todo ser humano, una cualidad de la inteligencia que se emplea escasamente porque no la ejercitamos como debiéramos. Nos ayuda a comparar y evaluar consecuencias para tomar decisiones más acertadas. Se hace con detenimiento, objetividad y sin ningún tipo de influencia personal o ajena. Lo que debiera sorprendernos es por qué no la desarrollamos para utilizarla más a menudo y trabajamos para ampliarla y aplicarla. Si no reflexionamos con cierta frecuencia, ¿cómo vamos a darnos cuenta de los aciertos y errores que tenemos en cuestiones de importancia?

A nivel global, la historia nos demuestra las incontables veces que la defensa a ultranza de determinadas ideas se han defendido e impuesto con tal fuerza que se han plasmado en guerras fratricidas, crueles e injustas como todas, movidas por el fanatismo y la ignorancia. Lo más curioso de todo es que el tiempo ha terminado demostrando que eran erróneas. ¿Cuántos males se podrían haber evitado con la reflexión? ¿Cuánto sufrimiento podemos eludir con el sencillo acto de pensar y analizar las causas de muchos de nuestros males?

Ser reflexivo ayuda a tener una mente más activa y acostumbrada a la resolución de situaciones complicadas, conocer mejor nuestra realidad personal, tener más claros nuestros propósitos y un mayor control de las emociones.

No deja de sorprender el poco valor que damos a los gestos y decisiones que tanto impacto tienen en nuestra vida, por la transformación que tienen sobre ella para bien o para mal, según los casos. Valorar nuestros actos y sus consecuencias es una cualidad cada vez más demandada por nuestro propio interior.

Vamos a resaltar dos hábitos, cuya práctica sirve para desarrollar la reflexión:

Aprender a escuchar: Con cierta frecuencia tendemos a atropellar con nuestras palabras a las personas que nos están hablando, interrumpiéndola y sin dejarles que terminen de expresarse correcta y completamente. En estos casos, ni tan siquiera estamos manteniendo una comunicación real, porque esta requiere que sea en ambos sentidos, y nosotros estamos rompiendo esa premisa esencial. ¿No podríamos considerar esta actitud como una forma de imposición de nuestra forma de pensar y cierta falta de humildad?

Nuestra atención no está dirigida a escuchar sino a hablar; nuestro interés no está orientado a comprender a la otra persona sino a que sea ella quien comprenda nuestro criterio. Si nuestra opinión o postura está equivocada, seguirá estándola porque estamos impidiendo que la experiencia, conocimientos, etcétera, de la otra persona lleguen hasta nosotros, y por tanto hasta nuestro discernimiento. ¿Cómo vamos a aprender a reflexionar así?

Escuchar parece un acto sencillo, pero no lo es. Como todo, hay que practicarlo para convertirlo en un hábito saludable. No solo hay que estar pendientes de las palabras, hay que penetrar en ellas para comprender el sentimiento y la sabiduría que tienen, comprenderlas en su sentido más profundo y saber interpretarlas. La Naturaleza, que es más sabia que nosotros, nos ha dado dos oídos y una sola boca, dándonos a entender que conviene escuchar el doble de lo que se habla (1).

Pensar antes de hablar o actuar: Habitualmente tenemos más desarrollado el impulso que la reflexión, lo que hace que hablemos y actuemos sin pensar lo suficiente. Esa es una costumbre equivocada que nos lleva a cometer numerosos desatinos. Uno de los más habituales es el mal empleo de la palabra. ¿Cuántas veces hemos herido, incluso a personas muy queridas, diciendo algo incorrecto, inapropiado o fuera de lugar? Con nuestras acciones o nuestros comentarios podemos causar un daño irreparable en ocasiones. Si controláramos los impulsos, con una pausa antes de la acción para reflexionar a tiempo, las consecuencias de nuestra vida serían mucho más positivas.

Cuando utilizamos la observación y reflexión comprendemos que no solamente son importantes nuestras experiencias, lo son las de todas las personas, ya que podemos ver y entender los resultados que han obtenido. En este caso, la ayuda que podremos obtener de quienes ya experimentaron es muy interesante. Nos dan la opción de esquivar algunas vivencias, tan negativas como innecesarias, lo que puede evitarnos numerosos problemas. Si somos capaces de asimilar las situaciones que son perjudiciales, no tendremos la necesidad de pasar por ellas y sufrirlas, aprovechando ese tiempo para experimentar aspectos más positivos.

La vida es una continua cuenta atrás. Cada día que pasa ya no vuelve. Y como el tiempo no podemos guardarlo, lo único que nos queda es lo que hemos aprendido hasta ese momento. Esta realidad nos enseña que, aunque no lo parezca, nuestro tiempo es muy valioso. Aprender a aprovecharlo es importante. ¿Lo estamos haciendo?

(1) Madame de Sévigné.

Observación y reflexión: Cualidades esenciales por: Antonio Gómez Sánchez

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

 

Puede escuchar al autor en su podcast: Aprendiendo a vivir mejor

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