EL DAÑO DE LA INGRATITUD

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El daño de la ingratitud

El daño de la ingratitud

En algún artículo anterior he tocado la conducta de la ingratitud; en este he procurado profundizar un poco más en ese vicio, pues representa la falta de amor en el corazón.

Ingratitud: Falta de agradecimiento o reconocimiento hacia las demás personas.

El ingrato es aquel que devuelve mal por el bien recibido, la tacañería por la generosidad, la antipatía por el cariño… es siempre un angustiado que disemina insatisfacción, atormentando a cuantos lo acogen y prestan ayuda. Tiene sus inicios en el egoísmo, y se presenta de forma incontrolada bajo cualquier pretexto, produciendo malestar allá donde se presenta.

Hoy en día gran parte de la sociedad, por desgracia, ha llegado a un nivel de falta de respeto e indiferencia hacia el bien realmente grande, causados por el materialismo y el utilitarismo, donde las personas se complacen en permanecer distantes de la solidaridad, de la compasión y del espíritu fraternal. Circunstancia por la cual los favores se pagan, y  cuando alguien hace un favor se queda pendiente de cobro, pues se entiende que los favores no son gratuitos, hay que devolverlos, es decir, son moneda de cambio.

Hay otros, sin embargo, que cuando reciben la asistencia sienten amargura, se sienten humillados, afectados, aun sin tener la obligación de devolver nada. El sentimiento que les envuelve es de malestar por el bien recibido; son personas orgullosas que no saben agradecer, que se olvidan de los favores recibidos. Es más, consideran que el bien recibido es algo que se merecen, porque piensan que no son atenciones generosas, sino que son obligaciones o tareas que se les deben realizar hacia su persona.

Por ejemplo: El sultán Bayaceto II dio la muerte a su visir Acomath, que le había asegurado en el trono y aumentado considerablemente su imperio, porque se hallaba imposibilitado de recompensar dignamente los servicios que Acomath le había hecho. Por igual razón Calígula dio muerte a Macrón, a quien le debía el imperio. (1)

Según palabras de Ramón y Cajal: “Hay tres clases de ingratos: los que se callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan. Y, por el contrario, el que sabe corresponder a un favor recibido, es un amigo que no tiene precio”.

Hay que tener presente que este sentimiento negativo de la ingratitud no es específico de un marco determinado de las relaciones entre los seres humanos, sino que se da en todas las áreas y actividades donde se encuentren.

El evangelio también nos muestra la ingratitud en los humanos, donde encontramos un hecho (Lucas 17:11-19) que narra cuando Jesús sanó a diez leprosos, y relata que, de los diez, solamente uno regresó a darle las gracias. Jesús lo puso por ejemplo y se entristeció por los otros nueve.

Pero de todas las ingratitudes, la peor y más dañina, tanto a nivel material como sobre todo a nivel espiritual, es la ingratitud de los hijos con los padres.

La familia es la escuela donde se recibe la educación moral y espiritual, donde se mejoran los caracteres, donde se combinan los sentimientos de todos, superando con esfuerzo los momentos de asperezas que la convivencia provoca, donde se ayudan los unos a los otros para fortalecer los lazos que les unen y cumplir con los compromisos adquiridos.

Es a los padres a quienes corresponden siempre los deberes ineludibles de amar y atender hasta el sacrificio a los hijos, que son recibidos por las vías de la reencarnación; educándoles y formándoles para el futuro, dándoles principios morales superiores para encaminar su vida hacia el bien. Les corresponderá a ellos, como consecuencia del nivel moral de cada uno, la elección del camino a seguir, tanto si es el de la felicidad como el del sufrimiento.

En ocasiones podemos ver hijos ingratos con su padre o con su madre, pues les llenan la vida de sufrimientos; algunos se vuelven déspotas con ellos o, por el contrario, se olvidan de sus obligaciones filiales, y una vez que se va de casa, ya no quieren saber nada de quienes le dieron la vida.

Podemos pensar que quien es un ingrato con él que le dio la oportunidad de tener un cuerpo físico, no puede ser agradecido con los extraños. Sin embargo, sí son agradecidos con los desconocidos, y reconocen que el sentimiento que les suscita su madre o su padre es un sentimiento negativo. Esta situación la puede explicar perfectamente la perspectiva reencarnacionista, que nos aclara que en, ocasiones, los hijos y los padres son espíritus adversarios del pasado. Espíritus que tuvieron experiencias no muy felices en otras existencias y que, por eso, cuando llegan al mismo hogar, bajo del mismo techo, tienen esos choques de carácter y animosidad.

El mundo superior es conocedor de tales discrepancias y quiere que estén juntos en la misma familia para poder superar aquellos procesos de antipatía, de irritación recíproca, que forman una niebla negativa alrededor de la familia, y de ese modo poder ir superando esos abismos que les separan. Es una de las razones poderosas por las que existe el olvido del pasado en la nueva vida: para tener la posibilidad de limar asperezas.

Por otro lado, es la mujer, poseedora de sentimientos elevados, y más sensible al sacrificio, quien asume las responsabilidades del hogar, aun cuando desde el primer momento  esté  desestructurado. Pero existen situaciones en la vida en las que la mujer no puede hacerse cargo del niño que va a nacer y lo abandona. Es aquella madre que, aunque  le invada un gran sufrimiento al desprenderse de un hijo, se sacrifica para darle la posibilidad de tener la seguridad y bienestar económico, dándolo a otra familia a través de la adopción.

Hay diversas causas que pueden obligar a una madre a desprenderse de sus retoños; se puede dar el caso de una mujer en cuyos planes no entra el ser madre, y lo rechaza. Los más, suelen darse porque los padres son adolescentes, por inmadurez emocional de la futura madre; también puede ser por consumición drogas, por conducta delictiva, porque se quedan embarazadas a causa de una agresión sexual, etc.

Podemos incluir dentro del abandono de los hijos el aspecto emocional, que hace tanto o más daño al niño, porque teniendo a su padre o madre al lado, no le hacen caso porque son adictos al trabajo o tienen conflictos en la pareja. También puede estar provocado por el fallecimiento de uno de los dos padres… al no poder proporcionar el contacto físico que necesita su hijo para que pueda crecer psicológicamente y emocionalmente sano.

Con todo, debería quedar en un segundo plano la naturaleza moral y psicológica de los progenitores, bien sean complacientes, egoístas, déspotas, indiferentes, cariñosos, protectores… o incluso si solo los traen por función biológica (abandonándolos después). En todos los casos siempre hay que estar agradecido, aunque sea mínimamente, por el hecho de la oportunidad que se le ha brindado de poder tener envoltura carnal y seguir avanzando espiritualmente.

Los hijos tienen el cometido de amar a sus padres, aunque estos sean negligentes o irresponsables, es el código de la Ley de la vida que es la Ley de Dios.

 La gratitud ni humilla ni somete, simplemente es la memoria del alma. Es grandeza de espíritu, es generosidad. Entre la persona que da y la que recibe se establece una corriente de afecto que vincula y enriquece a las personas. Recordando la sentencia: “Si das, olvídalo; si recibes, recuérdalo”.

Luis XI decía que los grandes beneficios hacían grandes ingratos.

El daño de la ingratitud por: Gloria Quel

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