LA SENCILLEZ GANA CORAZONES

0
66
La sencillez gana corazones

La cultura de hoy nos quiere hacer creer que valemos en función de lo que tenemos, porque somos influencers, porque nuestra posición social nos capacita para sobresalir, o porque tenemos mucho dinero. Pero precisamente toda esa cultura o corriente es el síntoma del gran vacío interior que marca el desarrollo de nuestra sociedad. El tener es lo que hace que destaques en la sociedad, independientemente de cómo se es.

Las pruebas de la vida nos pueden colocar en una tesitura de llegar a creernos importantes por tener una determinada posición social, o por vivir en una situación económica muy desahogada, o quizás porque formamos parte de ese grupo de personas, cada vez más numerosas, cuya opinión o forma de vida, reflejada en las redes sociales, crean tendencias… Esta coyuntura, así como la necesidad de exhibirse, puede provocar la pérdida de espontaneidad y naturalidad, cayendo en la tentación de ofrecer una imagen que no se corresponde con la realidad, tomando protagonismo la soberbia, la vanidad, la fútil apariencia. Esta forma de ver las cosas y de comportarse artificialmente suele provocar rechazo más que atracción.

Epicteto, en su manual de vida, dice: “Los siguientes razonamientos no se condicen: «Soy más rico que tú, por lo tanto soy mejor»; «soy más elocuente que tú, por lo tanto soy mejor». Lo que se condice es más bien lo siguiente: «Soy más rico que tú, por lo tanto mis propiedades son mayores que las tuyas»; «soy más elocuente que tú, por lo tanto mi estilo es mejor que el tuyo». Sin embargo, después de todo, tú no eres ni una propiedad ni un estilo”.

Lo que significa que nos proyectamos en lo que tenemos; mientras más tenemos más nos creemos que somos, y de esta forma alimentamos los defectos del orgullo, vanidad, arrogancia… cuando sabemos que todo lo que nos rodea y de lo que disponemos nos lo facilita el plano superior, como una prueba y responsabilidad, para poder cumplir con los compromisos que firmamos antes de encarnar. Algo efímero y que podemos perder en cualquier momento.

El ser humano está provisto de inteligencia, valores y cualidades. Entonces ¿para qué estar viviendo siempre comparándonos, o lo que es peor, compitiendo con los demás? Situación ésta que lo único que nos produce es tensión, amargura, volviéndonos artificiales y desconfiados.

Donde tenemos que poner la atención y es lo verdaderamente importante es en nuestro progreso interno, en aquello que merece la pena y nos ayuda a crecer espiritualmente.  Si depositamos la confianza en el Creador, en sus leyes sabias y justas, aceptaremos de buen grado todas aquellas experiencias que hasta nosotros vengan. La naturalidad y la sencillez son dos maravillosas virtudes humanas que hacen al hombre capaz de llegar al corazón del que tiene al lado, ya que se muestra muy respetuoso consigo mismo y con los demás. Se acepta y, por lo tanto, acepta a los demás tal y como son.

La persona sencilla es espontánea, sin adornos ni artificios; no necesita exhibir su estatus social ni tampoco una apariencia de virtudes que no posee, porque su comportamiento hacia los demás surge de forma natural y de una manera clara.

Son personas fundamentalmente amables y asequibles, muy cercanas, que contagian su alegría con su actitud positiva ante la vida. También son personas poco susceptibles, que no le dan demasiada importancia a las posibles ofensas o injusticias cometidas por los demás. Igualmente, saben levantarse ante las caídas que sufren, bien sean provocadas por otros, sabiendo perdonar, o las propias, causadas por sus limitaciones, buscando la manera de resolverlas. En su pensamiento reflexivo procura buscar antes los ‘para qué’ que los ‘porqués’ de las situaciones. Por encima de todo, teniendo la confianza en el Creador y en sus leyes sabias y justas, comprende que los errores, así como las experiencias, preparan un futuro mejor lleno de sabiduría y de paz.

La sencillez de corazón, en definitiva, nos muestra el camino, quiénes somos y lo que podemos llegar a alcanzar.

Una mente sencilla sabe expresarse con naturalidad, no necesita poner ningún adorno a sus conocimientos pues no necesita demostrar nada; tiene confianza en sí mismo y en sus capacidades, y por tanto se expresa de forma clara y elocuente, sin aderezos innecesarios, sin pretender mostrar una cultura que quizás no tenga ni exhibir la clase social a la que pertenece; con moderación y mesura en el uso de la palabra para evitar molestar con quien conversa, siendo su lenguaje adecuado al interlocutor que tiene delante. La sencillez hace que manifestemos lo que pensamos de forma espontánea y directa. El pensamiento al que antes nos referimos, el que no se adereza ni se enmaraña, sino que consigue ver la realidad con una mirada objetiva y clara, es el pensamiento al que generalmente llamamos “sentido común”.

Así mismo, la sencillez mental facilita la comprensión cuando hay que mirar bajo otro prisma nuestra manera de ver las cosas. Esta cualidad hace más tolerantes a las personas, al comprobar que nadie tiene la verdad absoluta; este es un axioma que abre las puertas a los demás, aceptando y comprendiendo mejor la diversidad, evitando discusiones estériles, o tratando de imponer un criterio sobre otras formas de entender los desafíos o los problemas de la vida.

“En carácter, en comportamiento, en estilo, en todas las cosas, la suprema excelencia es la sencillez”. (Henry W. Longfellow)

Sencillez es limpieza interior, espontaneidad; evita la especulación o el ser calculadores en nuestros actos. Da lugar a la naturalidad, a tener una conducta sincera que da confianza cuando se relaciona con los demás. Otra de las características que marcan su forma de ser es la igualdad que da tanto a las personas poderosas como a las personas más humildes. No cambia su forma de actuar ni de tratar a los demás, en función de quien tenga delante. Se alegra por los triunfos de los otros, de sus logros, y se compadece de corazón por las tristezas que puedan sentir. La solidaridad, el altruismo, el desinterés… son intrínsecos en ellos.

La pureza de corazón es inseparable de la sencillez y de la humildad, excluye todo pensamiento de egoísmo y orgullo; por esto Jesús toma la infancia como emblema de esa pureza, como la tomó también por el de la humildad. (Cap. 8, Ítem 3, El Evangelio según el Espiritismo)

Es la virtud característica de los niños, que se presentan sin especulaciones y tal como son, espontáneos. No tienen filtros para decir lo que piensan y sienten, se manifiestan con la naturalidad propia de la inocencia, de la buena fe y de la ingenuidad, de quien no ha sido manipulado todavía.

La persona sencilla no se realza ni menosprecia a nadie; aprecia a las personas por lo que son, lo cual permite que surja la amistad sincera y generosa desarrollando conversaciones amables y constructivas. Todo lo que tiene lo pone a disposición de los demás.

La sencillez es hermana de la humildad, por cuanto el orgulloso tiene dificultades para ser sencillo, porque es una cualidad que ahoga en cierto modo a su ego y la necesidad de darse importancia; no le deja exhibirse ni hacerse tanto de notar; puede simularla, pero al final siempre se descubre su petulancia.

Conseguir la virtud de la sencillez nos ayuda a superar el deseo excesivo de sentirnos admirados por lo que representamos exteriormente. Nos impulsa a florecer todos los valores que llevamos en nuestro interior, conseguidos a lo largo de cientos de años durante nuestras diversas encarnaciones anteriores. Lo que verdaderamente cuenta es conseguir ser esa persona sencilla que va ganando los corazones de sus semejantes.

La sencillez gana corazones por:Gloria Quel

   © Amor, Paz y Caridad, 2019