Mediumnidad

ORIENTACIÓN ESPÍRITA DE LA MEDIUMNIDAD II

 
 
 
  Tal y como expresamos el pasado mes, “El Libro de los Médiums” explica el porqué de la mediumnidad, pone a estos en antecedentes de los riesgos que pueden presentárseles, la responsabilidad que conlleva, el modo de estudiar las comunicaciones, los requisitos
personales que ha de cumplir el médium, todo esto y mucho más que expone el espiritismo es lo que ofrece al médium espírita la seguridad en si mismo, y la confianza de poder practicar la mediumnidad con la garantía de estar a salvo de incurrir en errores que derivan precisamente del desconocimiento que existe en torno al mundo espiritual. 
 
  Es preciso dejar bien claro que el estudio es sumamente necesario, unido lógicamente a la puesta en práctica del mismo. Es importante comprender que si bien del intercambio con el mundo espiritual se puede y se debe aprender, ello no está en ningún momento reñido con lo que nosotros podamos aprender gracias a nuestra propia iniciativa. Son muchos los conocimientos que grandes autores han vertido en sus obras, siendo precisamente muchas de estas obras de índole mediúmnica. 
 
  ¿Por qué insistimos en esto? Por la sencilla razón de que hay médiums que son aconsejados por sus pseudo-guias a no estudiar, ya que aquello que necesiten saber ellos mismos se lo comunicarán. Basta un análisis breve para comprender que esa postura nos priva de nuestro libre albedrío y del derecho a desarrollar nuestra personalidad, nos impide satisfacer nuestros deseos de saber y de progreso. 
 
   Es evidente, a todas luces, que esta es la forma más fácil de estar dominados por dichos pseudo-guias: nos mantienen en la mayor ignorancia, limitándonos a lo que ellos nos “enseñan”, y no nos permiten razonar ni discutir si están o no en lo cierto. 
 
   Por otro lado, es del todo ilógico pensar que los espíritus dicten por medio de la psicografía obras para el conocimiento de los médiums y de toda la sociedad en general, y al mismo tiempo otros espíritus no dejen a quienes acompañan estudiarlas. Basta que comprendamos que el plano espiritual superior es solidario y que no se puede contradecir, para entender qué clase de guías son los que no nos permiten estudiar. 
 
   Hay por tanto que distinguir entre el médium espirita del que no lo es, ya que para ser médium no es preciso ser espirita. El médium espirita estudia, se perfecciona día a día moralmente para así mejorar también su mediumnidad, y rechaza que le alaben porque comprende que es mucho lo que le falta por conseguir. 
 
    Mediumnidad es la facultad que nos permite entrar en contacto con el mundo espiritual. El espiri­tismo es la filosofia espiritualista que entre sus conceptos admite la posibilidad de dicho intercambio, pero que abarca otros muchos principios partiendo de la creencia en Dios. 
 
   Según el espiritismo, la mediumnidad es una fase que vive el espíritu encarnado para acelerar su proceso evolutivo, bien porque así lo ha pedido como fuente y recurso de múltiples experiencias, bien como prueba a superar, o, para redimirse de viejos errores acumulados que quiere subsanar rápidamente. 
 
  Esta última probabilidad es la que mayor número registra debido a que nuestro planeta es todavía un mundo de expiación y prueba y presenta una mayoría de espíritus endeudados con la Ley de Justicia. 
 
  Lo importante no es saber qué tipo de mediumnidad es la que poseamos cada uno de nosotros, si es natural, de prueba o impuesta. Lo positivo es que con ella podemos efectuar un trabajo muy bonito, que nos ennoblece, que podemos progresar mucho y adquirir nuevas cualidades al tiempo que saldamos viejos errores. 
 
   Esto no es poco, ya que pocas experiencias en la tierra nos van a dotar de tantas oportunidades para engrandecernos espiritualmente, sobre todo, porque la mediumnidad nos lo exige. 
 
   Mientras que de otro modo, la mediumnidad podría pasar por ser una situación incomprendida y que la rechazaríamos casi con toda seguridad, el espiritismo nos enseña a valorarla como una herramienta valio­sísima de trabajo, que no se nos concede por casua­lidad, ni por privilegio. Todo esto es preciso tenerlo bien claro para no incurrir en defectos como son el fanatismo y el endiosamiento. 
 
   No se nos concede por casualidad porque todo está gobernado por leyes justas, leyes creadas por Dios que no se equivocan, sino que dan a cada cual lo que se merece fruto de sus obras anteriores. 
 
   No se trata de ningún privilegio porque Dios es justo, y dentro de su bondad nos quiere a todos por igual, y no da a unos lo que negaría a otros. 
 
F.H. H.
 
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