ODIO Y PERDÓN

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Odio y perdón

Odio y perdón

Diversos son los grados de manifestación del odio, esa pasión dañina en alto grado, que sólo anida en las almas pobres y ruines, al dar cabida en sí a esa pasión destructiva, por ignorancia de las consecuencias malsanas que habrá de ocasionarle. Porque el odio comienza por trastornar la tranquilidad de quien lo siente, por su acción perturbadora sobre las facultades del alma, cuyas vibraciones desequilibrantes afectan a la mente y perjudican la salud, por la incidencia de esa vibración enconosa en los sistemas nerviosos y glandulares. Y, a más de dañar la salud de quien da cabida en sí al odio, le convierte en una persona amargada que, en sus relaciones de trabajo, negocios, etc., desbarata oportunidades de progreso por la actitud negativa del afectado y los errores que induce a cometer.

Conocemos ya la ley de las vibraciones, por consiguiente, somos conscientes ya de que los pensamientos y sentimientos son vibraciones que contienen en sí una fuerza benéfica o maléfica, constructiva o destructiva, según su naturaleza. Y siendo el odio un sentimiento cargado de deseos de mal, es destructivo por su propia naturaleza enconosa. Por ello, cada sentimiento de odio es una vibración-fuerza, dañina en alto grado hacia quien se dirija, pero que actúa también contra el mismo que la emite. Y cuanto más odie una persona, más y más se envuelve en esas vibraciones intensamente negativas, desequilibrantes, que le atormentarán. Si pudiésemos apreciar el aura de una persona vibrando en odio, nos asombraría al verla envuelta en un halo negro, en forma de torbellino.

Y quien odia, no tiene paz en su mente ni en su alma, ya que ese sentimiento ponzoñoso produce una desarmonía psíquica mortificante, convirtiendo la vida del afectado en un tormento. Todas esas extrañas misantropías y neurastenias que a veces apreciamos en nuestras relaciones humanas, tienen por causa alguno o varios de esos estados pasionales de odios, rencores, malquerencias, etc., cuyo origen puede ser el egoísmo, envidia, celos, etc. que son sentimientos frecuentes en las almas mezquinas y ruines.

Y cuanto más una persona odie a otra, más se une a ella psíquicamente. Y, ¡paradoja! cuanto más lejos la desee, cuanto más en ella piense, más la acerca (vibratoriamente); porque, la persona que odia atrae mentalmente hacia sí a la persona odiada, con la fuerza de su pensamiento, y su imagen no le deja vivir en paz, le sigue y le persigue como una sombra, porque ella misma la mantiene en su mente. Y aquí está el tormento.

¿Hasta cuándo? Hasta que deje de odiarla.

Puede que alguno, juzgando a la ligera ese fenómeno de la fuerza de atracción, por afinidad, del pensamiento os diga: vaya una ley rara. Pero, si se considera que esa ley de vibración y atracción no ha sido creada para ser vehículo de odio, sino de amor, para unir las almas que se aman y contribuir a su felicidad; comprenderá mejor.

Cuando el sublime Maestro Jesús dijo: «Amad a vuestros enemigos», no estaba enseñando tan solo moral, sino también una psicoterapia para librarnos de los efectos destructores del odio. Porque, vivir odiando,  no es vida; es un tormento.

Cuando una persona exclama: «Yo no le perdonare lo que me hizo”; esa persona está cometiendo un gravísimo error, error que puede significarle muchos y muchos años de dolor. Porque, cada vez que se acuerda de ese acontecimiento, perjuicio u ofensa, está impregnando su alma con el magnetismo mórbido contenido en sus propias vibraciones de odio, que irán densificando y oscureciendo esa alma; y a más de que está fortaleciendo esa unión vibratoria con la persona odiada, quien al recibir el impacto de esas vibraciones de odio, percibe también (mentalmente) la figura de quien las envía, reaccionando también del mismo modo, con una andanada de odio, rencor o desprecio, según sea el caso. Y con esa actitud descabellada, ambas partes están destruyéndose mutuamente. ¿No os parece absurda esa actitud? Sin embargo, así acontece con harta frecuencia.

Alguien dijo: “Si mis enemigos supiesen el daño que se hacen odiándome, no me odiarían”. Esta frase contiene una gran verdad que todos debiéramos conocer; y que contribuiría grandemente a liberar al mundo del odio, causa de ¡tantas desdichas!

Porque, aquel que odia está dando poder a su enemigo sobre su tranquilidad, sobre sus nervios, sobre su sueño, su presión sanguínea, su salud toda, y su propia personalidad. ¡Meditemos sobre esto!

Por ello, insensato es responder al odio con el odio, rencor o malquerencia hacia aquellos que por lo que fuere, llegasen a odiarnos; y si con amor, deseos de bien, ya que de este modo, esas vibraciones cargadas de energía psíquica negativa, no penetrarán en nosotros y rebotarán porque el amor genera energía positiva, conforme un campo magnético de protección.

A más de esos efectos perturbadores, con la actitud de odio y malquerencias resultantes, esas personas están conquistando un puesto en las zonas oscuras del astral inferior, al desencarnar. ¡Cuán frecuentemente es ver personas que, por ignorancia, son esclavas de esa y otras pasiones absurdas! ¡He aquí, la necesidad de la divulgación de este conocimiento y otros conceptos de verdad! He aquí una oportunidad de progreso espiritual para todos nosotros, divulgando estos y otros conceptos de verdad.

Pongamos en práctica esa maravillosa enseñanza del sublime Maestro: «Amad a vuestros enemigos”. Y con ello quebraremos el poder que pudieran ejercer a través del odio o rencor.

Puede que alguno diga: ¿Cómo puedo yo sentir amor por quien me ha hecho daño? Y yo me pregunto, hermanos muy queridos, ¿no hemos hecho sufrir alguna vez a alguien o causado daño en algún modo? ¿Y no querríamos que ese error nos fuese perdonado y olvidado? De cierto que sí. Entonces…

Y ¿sabemos que sólo el amor es productor de perdón? Porque, quien ama, perdona; quien mantiene odio, no perdona. Quien ama y perdona, se engrandece; quien odia, se empequeñece. Quien ama es comprensivo y perdona las ofensas, no dando cabida en su alma a sentimiento alguno de odio que pueda desarrollar un deseo de malquerencia, venganza o represalia, aun cuando en el momento del daño u ofensa perciba ese impacto. ¡Sólo las almas débiles y ruines albergan odio!

Pidamos al sublime Maestro Jesús, con fervor, con verdadero deseo de perdonar y anhelo de superación, que nos enseñe a perdonar, que nos enseñe a amar a quien daño o agravio nos haya hecho. Hagamos esto una y otra vez, muchas veces.

Si así lo hacemos, con fe y humildad sentida; pronto comenzaremos a percibir que una sensación de paz y sosiego inunda todo nuestro ser. Esa es la señal de haber alcanzado la vibración de Amor del Cristo. Y un nuevo deseo de bien comenzaremos a sentir hacia la persona o personas que por error o falta de control de su emotividad, y aún por ruindad nos haya causado ese agravio o daño.

Odio y perdón por: Sebastian de Arauco

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