La Rueda de la Vida

OBJETIVOS DE LA REENCARNACIÓN

Resulta obvio que el objetivo, a simple vista, de la reencarnación es la evolución del ser. Sin embargo nos pueden surgir muchas preguntas al respecto. ¿Evolución hacia dónde, de qué forma? ¿Cómo puede existir evolución sin saber lo que somos y hacia dónde vamos?

En el Libro de los Espíritus, en la pregunta número 132 las entidades espirituales aclaran: “Dios impone la encarnación con el propósito de alcanzar la perfección. Para unos constituye una expiación; para otros, una misión. Pero, para llegar a esa perfección deben sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal; en ello reside la expiación. La encarnación tiene asimismo otra finalidad, consistente en poner al Espíritu en condiciones de afrontar la parte que le cabe en la obra de la Creación…”

Si partimos de la base de que somos creados “sencillos e ignorantes”; está claro de que no podemos ser conscientes de nuestra realidad espiritual desde el primer momento.

Sólo a través de múltiples existencias e infinidad de experiencias podemos llegar, a partir de un determinado momento, a entender poco a poco nuestra realidad espiritual. Es, por utilizar un ejemplo, como el ciego que después de muchísimos años de obscuridad recobra la vista, no obstante, necesita un periodo de adaptación a la luz y a la claridad, puesto que si viera de golpe le cegaría y le causaría un perjuicio grave. O también como la semilla que despierta en su nuevo hábitat, y en donde la madre naturaleza le proporciona todos los elementos necesarios para desarrollarse lentamente, crecer y madurar.

Es del mismo modo cómo se comporta la evolución y el progreso con nosotros. Por tanto, es imperativo reencarnar desde el momento en que somos creados, vivir múltiples experiencias programadas por lo Alto para el desarrollo de nuestras potencialidades latentes; es decir, la inteligencia, la bondad, la tolerancia, la paciencia, el amor, etc.

Al mismo tiempo, y como apuntábamos en el extracto del Libro de los Espíritus anterior: “Colaborar en la obra de la Creación”. ¿De qué modo?, realizando una tarea, una misión asignada por Dios, proporcional a sus capacidades y aptitudes. “De modo que, cooperando a la obra general, progresa él mismo”.

Como es lógico, no se le puede asignar una misión de gran relevancia a quien no tiene un desarrollo espiritual, moral y de experiencia suficiente para acometerla. Dios nunca se pilla los dedos, como vulgarmente se suele decir. Las misiones importantes se calibran en función al grado de dificultad a superar y al beneficio que puede reportar a la humanidad, y  se asignan a aquellos que han demostrado valía, además de espíritu de renuncia y sacrificio en anteriores existencias.

Podemos afirmar que todas las existencias, por muy sencillas o miserables que sean cumplen con una finalidad superior. Desde el momento en que venimos al mundo y nos relacionamos con otras personas, ya cumplimos con una tarea concreta. La vida social y la convivencia en nuestras sociedades humanas tienen el objetivo de crecimiento y desarrollo espiritual.

Hemos evolucionado en inteligencia. El desarrollo tecnológico y los avances científicos han aumentado la calidad de vida y las posibilidades de crecimiento intelectual y cultural, pero por desgracia el avance moral no le ha seguido los pasos. Permanecemos una mayoría, con un atraso ético-moral, ante la falta de claridad espiritual que nos marque un rumbo. El predominio del materialismo, las pasiones, nos crean un escenario complejo, lleno de dificultades que complican extraordinariamente la consecución de unos objetivos superiores. No obstante, la programación divina prevé este tipo de situaciones y actúa sabiamente para reconducirnos hacia el camino correcto.

Las leyes divinas actúan en todo momento para corregir y equilibrar, como es el caso de la ley de causa y efecto, que consiste básicamente en recoger lo que hemos sembrado; o dicho de otro modo, lo que le hacemos a los demás nos vuelve para que tomemos conciencia exacta, tanto de lo bueno como de lo malo. Esta circunstancia nos sensibiliza y nos promueve a la empatía, hacia una percepción de la vida desde la unión, la solidaridad de todos los seres, en comunión con Dios Padre. También el dolor nos reorienta, nos frena de la posible espiral de despropósitos, nos rescata del pozo sin fondo de los errores que retardan gravemente el progreso.

La mecánica sería más o menos la siguiente. El espíritu errante fuera de los lazos de la materia percibe, cuando ya está medianamente evolucionado, lo que le falta para progresar y subir de nivel espiritual. Estudia sus existencias anteriores, comprende sus pasiones, sus defectos, sus carencias. Los espíritus guías, que le acompañan en todo momento, le orientan, le animan, le indican siempre con el consentimiento de la Sabiduría Superior la línea de trabajo que más se ajusta a sus necesidades y características. A partir de ese momento se planifican las diferentes existencias para el desarrollo de un plan de trabajo. Conscientes de su inferioridad y de los fracasos del pasado y con la intención de no complicar el progreso y al mismo tiempo rescatar deudas pretéritas, se programan ciclos de siete existencias para el desarrollo del trabajo planificado, distribuido en esos siete periodos que le deben de llevar a la conquista de, por ejemplo, la paciencia, o la inteligencia, o la solidaridad para combatir el egoísmo, etc., dependiendo de cada caso y necesidad.

Como podemos ver, desde el punto de vista espiritual esta todo meridianamente claro, no obstante, debido al atraso evolutivo de nuestro planeta y sus pobladores, al encarnar muy pronto nos dejamos seducir por la materia, las ilusiones de la vida material nos atraen rápidamente y nos hacen olvidar las propuestas y finalidad de la vida. La voz de la conciencia y nuestros guías redoblan los esfuerzos en contacto con ambientes, a veces, muy groseros para recordarnos un camino, un trabajo, una preparación lista para ejecutar con trabajo y esfuerzo pero que, para ello es necesario un mínimo de claridad y sobre todo de voluntad, buena voluntad.

Por desgracia, las religiones actuales tampoco ayudan demasiado. Muy útiles en el pasado, para la mentalidad quizás de otra época, se sienten incapaces, anquilosadas en un pasado que nada tiene que ver con la realidad actual, para ayudar a descubrir la realidad del ser. Siguen instaladas en sus construcciones utópicas, poco creíbles y razonables que lo único que consiguen es aumentar la nómina de escépticos y de materialistas.

La falta de conocimiento respecto a la reencarnación, sobre todo en Occidente,  también supone un enorme perjuicio puesto que nos dificulta la comprensión de la realidad de la vida. Consecuencia de ello son los dichos populares: “Sólo se vive una vez”, “el sufrimiento es para los amargados”, “la vida son cuatro días, disfrútala”, “Dios lo perdona todo y no nos condena”, etc., nos ofrecen una visión materialista e inmediatista de la existencia, al carecer de una perspectiva que nos haga comprender el sentido justo y proporcional de las vicisitudes actuales.

Por lo tanto, y en conclusión, el objetivo principal de la reencarnación es el progreso. Venimos al mundo para progresar, no sólo intelectualmente sino también en el aspecto moral, de ese modo conseguimos disminuir los sufrimientos al cometer menos errores. Por el contrario, el bien que hacemos nos reporta satisfacción, eleva la autoestima y nos hace más felices, impermeabilizándonos de las amarguras, vacíos interiores y estados emocionales negativos.

El Maestro Jesús, que habló claramente de la reencarnación aunque fueron excluidas sus palabras o tergiversadas interesadamente de los escritos oficiales, marcó un rumbo preclaro, el camino del amor como guía indispensable para salir del atolladero de la ignorancia y de la inferioridad, elevando al espíritu hacia cotas inimaginables, despojándose del hombre viejo para revestirse del hombre lúcido, consciente de hacia dónde va, ante la seguridad de la meta final.

 

José M. Meseguer

©2015,Amor, paz y caridad

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