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NADIE EN SOLEDAD

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Nadie en soledad

SOLIDARIDAD Y AMPARO

Los sociólogos actuales, así como los psicólogos dedicados al estudio de las patologías derivadas de las relaciones sociales, han establecido ya desde hace décadas una gran pandemia social generadora de tristeza y melancolía, patologías mentales y graves comportamientos en los individuos: “la soledad”.

Aunque pueda parecer un tema menor, en todas las sociedades del planeta la soledad es una fuente indescriptible de sufrimiento para millones de personas, siendo particularmente grave en los países de mayor nivel socio-económico al existir una mayor parte de individuos que no necesitan refugiarse en la red social de una familia o amigos para lograr salir adelante.

La soledad se ocasiona algunas veces por el abandono sufrido por parte de los seres queridos que no tienen con quien compensar, y otras por las actitudes egoístas que muchas personas mantienen durante su vida y que se convierten en un grave problema al llegar a la edad adulta en la que ya no pueden valerse por sí mismas y son incapaces de recurrir a la ayuda porque su propio orgullo se lo impide.

También influye notablemente las relaciones sociales y los cambios profundos que ha experimentado la sociedad en cuanto a los modelos de familia que ahora se imponen como “óptimos”. Si a esto unimos el aumento exacerbado del “individualismo” y la falta de “madurez psicológica”, muchas veces derivada de comportamientos egoístas sin sentido alguno del deber o de la gratitud, encontramos una tendencia cada vez mayor al aislamiento y la vivencia en soledad.

Recordemos que el egoísmo manifiesto genera en el comportamiento del individuo un aislamiento paulatino, aunque la persona no lo pretenda. Nadie desea convivir con aquel que sólo mira constantemente para si mismo y por sí mismo, sin tener la mínima empatía con los demás ni ofrecer nada positivo a cualquier relación personal. “El egoísmo es una de las fuentes principales de la soledad”. Y cuando hablamos de soledad nos referimos al acompañamiento de personas que nos aprecian y nos quieren, que tienen afecto por nosotros y se ocupan de nuestro bienestar, no sólo físico, sino principalmente afectivo.

Personas con recursos pueden tener a cientos de criados para servirlas, y aún así vivir en una profunda soledad íntima, sin afectos que los compensen, sin momentos de felicidad interior, angustiados por su materialismo o apego exagerado a los bienes terrenales que  disfrutan y que terminan convirtiéndose en un tormento o esclavitud por el miedo a perder su estatus, al considerar que en ese usufructo del placer material se encuentra la verdadera felicidad. Pronto se percatan de que todo aquello dependiente de la materia es efímero y los goces que de ella se derivan no son más que breves y transitorios, sin afectar lo más mínimo al estado interior de su alma que se siente sola, incomprendida y angustiada.

Desde la perspectiva espiritual se conocen ampliamente las distintas actuaciones de las leyes divinas para con el hombre y las solidaridades y amparos que procuran todos los hombres de bien hacia sus semejantes. Es justo lo contrario al egoísmo. Todo hombre de bien mira por sus semejantes, se interesa por ellos y nunca queda indiferente ante la necesidad, la pobreza, el acompañamiento, el consuelo que otros necesitan, la caridad que se puede y se debe ejercer para con todos.

Es la ley de la solidaridad, un reflejo de la ley del Amor, auténtica fuente de vida y de equilibrio en todo el universo. El ser solidario y procurar amparar al que sufre, consolar al que padece graves aflicciones, ayudar a quien lo necesita, no es más que el auténtico sentimiento de fraternidad que nos debería unir a todos los seres humanos. Y aquí es donde no sólo los espíritus avanzados que encarnan en la Tierra dan ejemplo, sino también todos aquellos millones de espíritus de bien que, desde el otro lado de la vida, amparan y consuelan a los desvalidos, les orientan, les guían, les procuran nuevas oportunidades de progreso y se vuelcan con sus necesidades espirituales.

No hacen otra cosa que seguir el impulso de la Vida en el Universo, donde todo se entrelaza, donde la Mente Suprema estableció la necesidad del progreso para el alma mediante la relación entre todas ellas, no aislándose o viviendo a la manera de un ermitaño que desprecia la relación con los demás.

La misantropía de algunas personas no es más que el fruto de experiencias egoístas continuadas; a veces justificando su aislamiento en el dolor o el daño recibido por otros, creyendo que encerrándose en su castillo evitará nuevas aflicciones. Craso error. Somos animales gregarios con un alma inmortal, y nos necesitamos los unos a los otros para aprender el valor de las cualidades superiores del alma: perdón, empatía, solidaridad, caridad, entrega al prójimo, altruismo, bondad, etc..

Es en la relación de los unos con los otros donde aprendemos el camino recto de la regeneración espiritual, y en los comienzos, a veces es el dolor por el fracaso, por el desprecio, por las calumnias o agresiones egoístas donde se pone a prueba nuestra capacidad de resistencia, de perdón y de progreso moral.

El aislamiento no es la solución; la entrega desinteresada a causas nobles es el antídoto contra el egoísmo y la soledad, pues cuando nos volvemos útiles en nuestro círculo social para los demás, dando ejemplo de conducta fraterna y solidaria, amparando al que lo necesita, consolando al afligido, aunque sea con una sonrisa, una palmada en la espalda o una oración que le sirva de ayuda, estamos abandonando la soledad para convertirnos en una pieza más de ese universo solidario que recibe constantemente la ayuda espiritual desde el otro lado de la vida para continuar haciendo el bien.

No olvidemos, por último, que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo veamos ni lo sintamos. Aunque nos encontremos en el abismo más profundo, siempre allí encontraremos la luz de Dios si así nos lo proponemos. Es EL quien nos dio la vida, y nuestra esencia espiritual es parte de su naturaleza. Confiemos de forma irrestricta en EL, mediante la oración, cuando no tengamos a nadie a nuestro lado, y comprobaremos con qué facilidad las fuerzas espirituales acudirán a nuestro encuentro a auxiliarnos y ayudarnos para ir construyendo dentro de nosotros la auténtica fraternidad que ampara contra la soledad a toda criatura en todo el universo.

Nadie en soledad por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

2024, Amor, Paz y Caridad

“Contra la soledad, solidaridad y fraternidad”.

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