«Hijos de Dios»
¿Quien es mi madre y quienes mis hermanos? Todo aquel que hace la voluntad de Dios es mi hermano, hermana y mi madre.
Jesús de Nazareth
Con esta frase dirigida a aquellos que le escuchaban en Nazaret, el Maestro incomparable equiparaba a todos los seres humanos por igual en cuanto a su condición de hijos de Dios y su relación con el Padre de todos. Hablaba Jesús de “la familia universal” y no de la “familia de la carne”, enfatizando la primera como el vínculo supremo que mediante los afectos, la fraternidad y el bien común distingue a los verdaderos hijos de Dios.
Tomando la explicación como referencia, transponemos esta condición al significado y propósito de la obra divina para con el hombre. Sabemos que todo en el universo manifiesta un orden y un propósito altamente perfeccionado encaminado a dotar de belleza, equilibrio y armonía el camino del espíritu humano en el retorno a su creador.
Por ello, el Padre de todos colocó en la senda del progreso y el destino de la felicidad el único fatalismo al que no podemos renunciar. El libre albedrío es una condición del alma encarnada o desencarnada, pero tiene sus limitaciones, y estas vienen dadas por el nivel de adelanto, de progreso del espíritu y por el “plan divino” que a todos nos afecta, queramos o no, y que todavía no conocemos más que pálidamente debido a nuestro escaso adelanto evolutivo.
Con la purificación y la perfección del espíritu, el ser humano no solo se acerca más a su creador sino que su visión y comprensión de la realidad se vuelven más nítidas, más esclarecidas. Cuando se está dentro de ese camino de progreso en el bien, el alma tiene acceso a etapas, experiencias y planos superiores que amplían su grado de conciencia y la elevan por encima de las cuestiones materiales.
Es entonces cuando comenzamos a vislumbrar una pequeña parte del plan divino para con el ser humano, entendiendo que somos la creación más perfecta de Dios y que el universo está pensado, creado y conformado para facilitar toda su belleza, poder y perfección al servicio del hombre cuando alcanza estados sublimes de elevación que le van acercando a la “convivencia con la conciencia cósmica” cada vez en mayor grado.
Hoy la ciencia confirma la improbabilidad de la vida en el Universo, salvo que esta obedezca a un plan diseñado por Dios, donde el hombre se coloca en el epicentro de esa planificación y todas las leyes físicas se ajustan milimétricamente para permitir la vida humana y el avance y desarrollo del espíritu humano hasta alcanzar niveles de perfección y desarrollo que actualmente somos incapaces de imaginar. Todo parece pensado para favorecer al hombre como el heredero del cosmos y del universo físico y espiritual.
Esta convivencia con el amor divino y el pensamiento universal no solo nos conecta con la divinidad de manera excepcional y dichosa, sino que amplía nuestras capacidades como espíritus inmortales de manera exponencial. Vamos aceptando y comprendiendo que los recursos que se desarrollan en nuestro interior, al desenvolver las cualidades superiores que Dios colocó en nuestra conciencia, no son excepcionales ni únicos, no son particulares o arbitrarios. Son iguales para todos, y el momento de su despertar significa para el hombre darse cuenta, concienciarse de que somos los herederos de la obra divina. Y mucho más.
Comprendemos entonces que Dios crea por Amor el Universo físico y espiritual, y debido a ello, la aparición del hombre como “única especie que puede llegar a conocerle” no es una casualidad sino uno de los propósitos más evidentes del Amor divino, al perpetuar en nosotros y en nuestra inmortalidad sus propias características y capacidades que, de forma latente, vienen incorporadas en nuestra conciencia desde que Dios nos creó.
Lejísimos todavía de entender parte del propósito divino, sin embargo, con estas reflexiones entendemos mejor al Maestro de Galilea cuando afirmaba “todo lo que yo hago vosotros lo podéis hacer, pues vosotros sois dioses”. Hablaba con conocimiento de causa del poder del espíritu puro que, como él mismo, tenía la capacidad de controlar las energías físicas y espirituales.
Pero sobre todo dejaba entrever que todos somos iguales ante Dios, pues él se compara con nosotros, y esto significa que no existe arbitrariedad ni privilegio divino para nada ni nadie. Todos hijos de Dios, herederos de su obra y con las mismas capacidades conquistadas mediante el esfuerzo, el tiempo y las experiencias de adelanto moral que elevan nuestra alma del estado primitivo al angélico.
Es el mensaje del futuro, la promesa de la felicidad a la que todos aspiramos, la revelación de la verdad que buscamos: Nada hay más grande en la Vida y el Universo que sentirse “hijos de Dios y herederos de su obra”.
Esto nos permite la confianza irrestricta en la Divinidad, la fe y la seguridad de su amparo permanente, en la Tierra o en el espacio, y sobre todo, es la garantía del Amor Universal que Dios nos ha concedido a todos los seres humanos desde que nos crea hasta que llegamos a ÉL convertidos ya en espíritus purificados, individualmente diferentes, compartiendo e interpretando su pensamiento universal y convirtiéndonos en ejecutores de su obra en todo el cosmos.
No existe ningún bien mayor que experimentar y gozar permanentemente de la vibración del Amor Divino, y esto solamente está al alcance del final del camino que todos los seres humanos, espíritus encarnados o desencarnados, llegaremos a conquistar antes o después, dependiendo de nuestra voluntad y libre albedrío.
Herederos de su obra por: Benet de Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó
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