“Toda acción buena o mala que realiza el ser humano queda unida a él y la Ley le devuelve tarde o temprano el sufrimiento que haya ocasionado, para que aprenda a vivir en la Ley del Amor”
Una de las leyes espirituales y morales más importantes es la llamada Ley de Causa y Efecto, también conocida como Ley del Karma o Ley de Consecuencias. Es la expresión de la perfecta justicia de Dios que se manifiesta como la herramienta capaz de devolver al hombre el equilibrio distorsionado contra las leyes de Dios cuando se atenta contra las mismas o se las viola impunemente debido al egoísmo, el orgullo, la soberbia, los vicios o las pasiones descontroladas.
En definitiva, son nuestras deficiencias morales o imperfecciones las que propician la retribución proporcional y justa a los desvaríos de nuestro atraso evolutivo, así como también retribuyen de forma justa y equilibrada todo el bien que hacemos a los demás y a nosotros mismos.
En la concepción oriental se la denomina como ley del Karma porque es la famosa ley de retribución. El vocablo “Karma” significa exactamente “acción”, y consiste precisamente en las acciones, pensamientos, emociones o comportamientos que realizamos en cada instante y que tienen su propia repercusión sobre nosotros mismos.
Ahora bien, existen diferencias notables en cuanto a la concepción y aplicación de esta ley según la interpretemos bajo el concepto oriental u otras filosofías espirituales occidentales. Por ejemplo, para la filosofía espiritualista de Allán Kardec, se la denomina como Ley de Causa y Efecto, y aunque posee la misma característica de retornar a todo ser las consecuencias de sus actos, sin embargo la diferencia estriba en algunos aspectos que son importantes y que debemos señalar.
Estas diferenciaciones con la Ley del Karma nos hacen entender mejor la obra divina y el plan de Dios para con el hombre. Por ejemplo, así como el concepto de Karma oriental supone la retribución idéntica y proporcional en cuanto a gravedad y contenido para aquel que la ejecuta, para la filosofía espírita las consecuencias de los actos realizados pueden verse suavizadas o modificadas parcialmente en función del cambio de carácter y de acción del individuo antes de que reciba la cosecha de la siembra realizada.
También es importante destacar que no siempre se reciben de inmediato las consecuencias de nuestras acciones, por lo que el tiempo que transcurre entre lo realizado y lo que nos corresponde recibir por ello es el que nos concede la Ley de Causa y Efecto para rectificar nuestra conducta en el caso de que hubiéramos actuado contra le ley de Dios; si somos capaces de hacerlo en ese intervalo de tiempo, que siempre es variable y depende de nuestro grado de adelanto espiritual, entonces la consecuencia de nuestros actos puede verse suavizada, con lo que esto supone de alivio para el alma endeudada que cambia de conducta y se encamina hacia el bien, rectificando de esta forma sus tendencias y hábitos primitivos o criminales.
Esto último tiene que ver con el carácter que la Ley de Causa y Efecto tiene y que no contempla la Ley del Karma. Y no es otra cosa que las leyes divinas están creadas para el beneficio del alma y no para su castigo o punición. De ahí se deduce el axioma de que “Dios no quiere el castigo para el que yerra, sino la rectificación del error”, porque antes que otra cosa, Dios es amor.
“La idea de castigo divino es incongruente con el concepto de un Dios infinitamente bueno. Así pues, los dolores y sufrimientos humanos son consecuencia de los errores humanos”
Sebastián de Arauco – Temario Leyes Espirituales – Lección 14
Este matiz es muy importante, pues permite comprender que cuando Dios crea el universo y el espíritu humano, coloca en su conciencia de forma latente, las leyes que deberán regir su ascensión espiritual hasta reencontrase de nuevo con Él en Plenitud y Perfección relativa, llegando a la felicidad y la dicha suprema, y todo ello para que vaya desarrollando las cualidades de la propia divinidad regidas mediante estas leyes que se esculpen en la conciencia del alma humana y de las que nadie puede escapar.
La comprensión de la Ley de Causa y Efecto en profundidad nos permite vislumbrar la grandiosidad y perfección de la obra divina, de la inmutabilidad de las leyes morales que colocó en su creación para el camino evolutivo del hombre y de su infinita misericordia y compasión al ofrecernos el libre albedrío para dirigir por nosotros mismos nuestros pasos. Pero al mismo tiempo, esta ley de Causa y Efecto nos reintegra al camino recto para que no olvidemos la ruta de la ascensión a la felicidad.
La Ley de Causa y Efecto es pues una “ley educativa y no punitiva” diseñada por el Creador para ayudarnos a recorrer el camino hacia Él con total justicia, con la retribución justa, con el reconocimiento del esfuerzo y el cambio moral, suavizando las consecuencias de los actos delictivos cometidos, y sobre todo expresando a través de ella una de las cualidades más importantes de Dios: “Su Amor infinito”.
“La Ley del Amor es tan poderosa que puede modificar el efecto, la consecuencia de la transgresión, sin desvirtuar la Ley”
Sebastián de Arauco – Temario Leyes Espirituales – Lección 14
En el conocimiento de las leyes espirituales hay un axioma verdaderamente importante: “la imperfección es inversamente proporcional a la felicidad del alma”. Lo que supone admitir que nuestras imperfecciones y falencias ético-morales nos alejan de la felicidad y nos acercan al sufrimiento, que es la justa retribución de la ley de causa y efecto cuando nos refocilamos en el mal o el egoísmo y nos rebelamos ante las leyes de Dios sin querer cambiar.
Es por ello que cuando se comprende la Ley de Causa y efecto y se tiene la certeza de que vamos a recibir, en esta o en próximas vidas, todo el mal que realicemos, la lógica nos invita a esforzarnos por inclinarnos al bien, a fin de apartar de nosotros las consecuencias dolorosas de nuestras acciones contrarias a las leyes de Dios. Es una Ley que nos invita al cambio de conducta, al control de nuestros pensamientos y emociones siempre dirigidos hacia el bien y al respeto a nuestros semejantes procurando hacer a los demás aquello que nos gustaría que nos hicieran.
Y comprendiendo el mecanismo de esta ley, cuando así actuamos, nos aseguramos que recibiremos “ciento por uno” de todo el bien que hagamos. Es la ley de justicia universal que regula nuestro camino evolutivo y espiritual para conseguir los objetivos que nos propusimos antes de venir a la Tierra; y es precisamente la expresión más grande del amor divino, pues a nadie desampara por muy atrasado moralmente que se encuentre y por graves que hayan sido sus crímenes y realizaciones.
Ahora bien, esto no quiere decir que el dolor y el sufrimiento no sean consecuencia de esta Ley, pues cuando el espíritu rebelde se niega a rechazar su conducta malvada, la aflicción y el dolor durante el tiempo necesario hace que todos los espíritus endurecidos en la perversión y la maldad, tarde o temprano, se cansen de sufrir y soliciten el auxilio divino.
Este es el momento en que la misericordia divina, expresada a través de esta ley, se pone en funcionamiento para comenzar a trazar las rutas del rescate espiritual para estos seres atrasados y vinculados al mal, a fin de sensibilizar su alma e incentivarles al cambio necesario hacia el bien que regenere definitivamente su camino hacia el bien sin desviación alguna. Este despertador del dolor es también una bendición para el alma endeudada que le permitirá, con el tiempo, con resignación y gracias a esta ley, conseguir la regeneración que ansía y que le apartará del sufrimiento definitivamente.
¿Es lo mismo karma que ley de causa y efecto? por: Redacción
2024, Amor, Paz y Caridad
“La obediencia es el consentimiento de la razón; la resignación es el consentimiento del corazón”
Allán Kardec- Evangelio Según el espiritismo






