Hemos llegado al final de este camino de reflexiones sobre las cegueras y luces del alma. Por supuesto, la materia de la que me sirvo para transmitir mis ideas desde donde me encuentro tiene sus lógicas reservas acerca de mi pensamiento y la concordancia con el suyo. Sin embargo, he de aclarar y explicar que apenas hay discrepancia en cuanto al fondo, aunque la forma dependa exclusivamente del grado de adelanto espiritual, la cultura, el nivel de conocimientos adquiridos y la educación, algo que es el patrimonio individual de cada cual.
La espiritualidad sólo tiene un camino: la elevación de la conciencia. Y ello se traduce en que la primera premisa para alcanzar esa aspiración del alma no es otra cosa que el “conocimiento de uno mismo”. Para ello es imprescindible “salir de la ignorancia” respecto a nuestro propósito aquí y ahora en la Tierra, estemos temporalmente en cuerpo físico o en el espacio vinculados a aquellos que todavía permanecen en el mundo para ayudar en lo que nos sea posible.
Alcanzar la iluminación es el objetivo, pero para ello necesitamos de la herramienta del conocimiento, que en este caso nos ofrece de forma genuina la esclarecedora doctrina de Allán Kardec: El Espiritismo. Esta filosofía especial, adelantada a su tiempo y constituida en una gran revelación espiritual de Dios hacia los hombres, como otras que existieron con anterioridad, nos ofrece el soporte necesario para salir de la ignorancia, combatir el materialismo, conocer mejor a Dios y acrecentar nuestra convicción y nuestra fe en la inmortalidad del espíritu inmortal.
Por todo ello, en mi última vida en la Tierra, al conocimiento de esta maravillosa doctrina mi Alma despertó de su letargo para comprender dónde se encontraba lo importante, dónde buscar la paz y la reconciliación, trabajando con mis cegueras espirituales y hábitos perniciosos y aprovechando para convertirlos en perspectivas de dicha y felicidad futura.
Invertir los términos y convertir las cegueras en luces es una tarea ardua que lleva varias vidas de trabajo, abnegación, conocimiento interior, lucha permanente, resiliencia ante las dificultades y actitud de cambio hacia el bien. El resultado es extraordinario, alcanzar la iluminación en un mundo tan imperfecto como este, donde anida y florece la maldad y la violencia por doquier, es sin duda el mayor don y beneficio que podemos conceder a nuestra alma inmortal.
Y ese trabajo, ese cambio, esa transformación que nos permite analizar nuestras debilidades e imperfecciones y desear transmutarlas y cambiarlas por los valores superiores del espíritu que todos llevamos latentes y que elevan nuestro nivel de conciencia a un grado superior, es el que ofrece sentido y propósito a toda vida humana que llega a la Tierra. El valor del significado de la vida está intrínsecamente unido al momento en que nuestra alma inmortal se encuentra y a las necesidades que esta tiene de progreso y regeneración.
Cuando estamos atrasados en el camino del bien y rebeldes ante las leyes de Dios, nuestras cegueras impiden ver la luz de nuestro destino, de las extraordinarias bendiciones y dichas que Dios pone al alcance del hombre para su felicidad. Pero esto que a nosotros puede suponernos mucho tiempo de incertidumbre, angustia e infelicidad, se corrige eliminando la ignorancia, aceptando la propuesta de las leyes morales que Dios nos propone a través de la doctrina espírita y que no son sino una ampliación de las máximas que el sublime peregrino de Galilea ofreció en su evangelio hace ahora 2000 años.
Ahí, en ese código moral supremo que el espiritismo amplía esclareciendo las partes alegóricas y poco comprendidas, tenemos el camino para convertir la ceguera y la oscuridad en luces permanentes para nuestra alma inmortal. El maestro incomprendido, Jesús es el guía superior al que deberemos acudir ante la duda, la incertidumbre y la angustia que domina la vida diaria en la Tierra.
Él, como médico del alma, psicoterapeuta superior enviado a la Tierra por Dios, ofrece la terapia y la mejor de las respuestas posibles ante las cegueras, las oscuridades, los conflictos, las violencias, las depresiones, las incomprensiones, las ingratitudes, las pasiones descontroladas, los vicios alienantes, etc. Y la respuesta es siempre la misma: El AMOR.
El AMOR al prójimo y a uno mismo, con todo lo que ello supone, y muy especialmente centrado en “el perdón y la caridad” tal y como Jesús los entendía, son el bálsamo, la terapia superior, la receta inigualable que consigue convertir el odio en afecto, la violencia en mansedumbre, la guerra en la paz, y así consecutivamente.
Muy probablemente las experiencias relatadas en estas líneas no hayan sido del todo comprendidas, pues la torpeza con la que todavía me dirijo a mi intermediario son consecuencia de mis muchas limitaciones; sin embargo, la guía que me ha orientado en este trabajo espero que haya sido esencialmente comprendida.
Y este camino podría resumirse en primer lugar en alcanzar el estudio y conocimiento del espiritismo para desterrar la ignorancia; a continuación, proceder al análisis y conocimiento de uno mismo para saber dónde debemos colocar nuestro esfuerzo y energías a la hora de transformarnos interiormente, cambiando la ceguera por la luz de la verdad que podemos alcanzar. Y por último, con el esfuerzo diario por mejorar nuestras malas inclinaciones, entregarnos en cuerpo y alma a cultivar el amor mediante la entrega al prójimo y el respeto hacia nosotros mismos.
En estas premisas encontramos una escalera de ascensión, ardua y compleja, que nunca termina, pero que conforme subimos sus peldaños el paisaje se hace más nítido, la visión más amplia y aguda y el porvenir se nos antoja esplendoroso y feliz, al amparo de nuestro propio esfuerzo y adelanto moral. La serenidad y la paz de conciencia se instalan para siempre en nuestro interior al iluminar los valores superiores de nuestra alma.
Termino pues, no sin antes dar las gracias a todos los que han tenido la voluntad y el tiempo de dedicar atención a estas experiencias que marcaron mi alma y la comprensión de mi sentido de vida en la Tierra, y ahora, desde hace algunos años aquí en el mundo espiritual. Ruego humildemente disculpas por no haber sabido escoger o precisar con mayor claridad mi pensamiento. Sea como fuere, ruego a Dios la oportunidad de volver más adelante con este trabajo que significa mucho para mi alma endeudada y me otorga la felicidad de servir a mis semejantes, algo que nunca agradeceré suficientemente a la providencia divina.
Que el Amor de Jesús nos guíe a todos y la verdad de Dios sea cada vez más accesible a nuestras conciencias, para que las cegueras que todavía persisten en nuestra alma se conviertan en luces esplendorosas que iluminen el camino a recorrer que todavía nos queda por delante hasta alcanzar la plenitud y la perfección relativa que nos espera a todos.
Hasta siempre por: Benet de Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó
2025, Amor, Paz y Caridad






