Trayectoria íntima del alma

MÉDICO DEL ALMA

Cuando el alma humana cuenta con un ejemplo tan poderoso como el que detallamos en el capítulo anterior, sólo le quedan dos caminos: rectificar aquello que no está haciendo bien comparándose con el modelo ofrecido por el Maestro y su elevado código moral o, por el contrario, persistir en el error hasta que las expiaciones, las pruebas y el sufrimiento le hagan comprender la necesidad de equilibrarse con las leyes que rigen el proceso evolutivo del espíritu.

El efecto del modelo ejemplificado por Jesús llegaba más lejos incluso que un código moral para el alma: era toda una forma de vida para conducirse en la rectitud de las leyes superiores, que rigen incluso en la esfera física en la que el alma se desenvuelve a través del cuerpo cuando se encuentra reencarnada.

Tanto es así que hoy, el avance de las ciencias médicas y psicológicas ha puesto de relieve la magnitud de la enseñanza del Maestro Galileo, confirmándolo como el mayor psicoterapeuta de la humanidad. Sus enseñanzas y sus códigos no son sólo un camino de vida, redención y rehabilitación para el alma endeudada, son también la llave del bienestar interior y psicológico, de la salud integral del cuerpo y la mente humana.

Son evidencias científicas contrastadas que somos lo que pensamos; que las emociones y pensamientos tóxicos perjudican el equilibrio celular del propio cuerpo físico, generando enfermedades de todo tipo, mentales, psíquicas, fisiológicas, etc. Pensamientos sanos, nobles, altruistas, de amor y de perdón, generan substancias beneficiosas que desde nuestras neuronas activan las sustancias bioquímicas necesarias que mejoran la salud de las células nerviosas y de todo tipo, proporcionando equilibrio saludable a todos los sistemas que rigen el funcionamiento del cuerpo físico (sistema nervioso, glandular, circulatorio, etc…)

Mientras tanto, pensamientos de odio, envidia, emociones tóxicas como la ira, las actitudes de violencia o los sentimientos de venganza son auténticas bombas de relojería que, con el tiempo, debilitan los equilibrios celulares al producir una serie de descargas bioquímicas perturbadoras y deletéreas que afectan a los delicados y precisos funcionamientos de las células orgánicas, propiciando con ello la aparición de las enfermedades, muchas de ellas crónicas. 

De hecho, la enfermedad más diagnosticada en las últimas décadas en todo el mundo es la depresión, y ella se produce por un desequilibrio mental que degenera en patologías graves que a veces conducen al suicidio y a otras enfermedades graves de la mente. 

¿Es el alma la que enferma? ¿O es el cuerpo físico el que reacciona a las funciones equivocadas del alma? Sin duda, la mente, gran generador de los procesos biológicos, fisiológicos y psicológicos que se tratan como patológicos, no es más que un instrumento del alma, al igual que la conciencia, teniendo al cerebro como el último eslabón que interpreta (como un receptor de TV) las señales, ondas y vibraciones que la mente produce.

Por ello, al recomendar el Maestro de Nazaret caminar por la vida con una conciencia recta, pensamientos nobles y conducta moral intachable, lo que nos estaba enseñando es el camino de la salud física, el bienestar psicológico y la actitud mental adecuada para atravesar la vida con paz interior y serenidad para el alma. Es por ello que muchos le denominaron el Médico del Alma; expresión sublime que nosotros aceptamos en toda su extensión.

Como hemos mencionado al principio de este capítulo, a pesar de las recomendaciones y el ejemplo de la filosofía de vida superior llevada a cabo por el Maestro, muchas de nuestras almas no quisieron seguir ni su ejemplo ni su palabra. Tanto es así que hoy, dos mil años después de su venida a la Tierra, una gran mayoría de la humanidad prefiere persistir en el error. 

El sufrimiento y las leyes de causa y efecto son las encargadas de despertar el alma a los conceptos superiores del amor y de la regeneración; y si el ejemplo de esa Luz Sublime representada por Jesús y su venida a la Tierra no es suficiente, las leyes se encargan de volvernos a la realidad, devolviendo a nuestra alma todo aquello que hacemos a los demás en idénticas proporciones, en esta vida o en la próxima; de aquí que nuevamente el psicoterapeuta superior indicara con rotundidad: “No hagáis a los demás lo que no queréis que se os haga”.

El alma del hombre ha tenido, después de la venida de Jesús, un ejemplo en el que fijarse, un código moral que poder seguir, una filosofía de vida que le ayude a reparar los errores cometidos en vidas anteriores, encontrando así el equilibrio, la paz interior y la serenidad precisa para cumplir las etapas que le son necesarias, vida tras vida, para seguir progresando y evolucionando.

Somos los creadores de nuestro propio destino, feliz o desdichado en función de nuestras actuaciones aquí y ahora. Estas se graban indeleblemente en nuestro inconsciente, forjando los automatismos necesarios que condicionarán nuestro futuro. De forma que el hábito de hacer el bien (*), de amar y perdonar, se automatiza en nuestra alma como un diamante que cada vez brilla más y más, hasta conseguir desterrar la oscuridad del error, de los instintos primitivos que todavía nos dominan.

Este es el trabajo, interiorizar lo bueno, lo positivo, trabajar en la superación de nuestras actitudes negativas y defectos morales; desterrar el egoísmo y el orgullo, contrarios a la fraternidad y la humildad. Eso es lo que verdaderamente necesita nuestra alma y nuestro cuerpo, para de esta forma ir ascendiendo en grados de progreso y evolución que aparten el sufrimiento de nuestras vidas, llenándolas de luz y de ejemplo saludable para todos los que nos rodean.

Médico del alma por: Antonio Lledó Flor

©2018, Amor Paz y Caridad

 

(*)“Nos volvemos valientes al hacer actos valientes, justos practicando actos de justicia, buenos realizando actos de bondad” 

Aristóteles – Filósofo s. IV a.C.

 

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