LOS GRANDES DE AYER

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Los grandes de ayer

Los grandes de ayer

Siempre que encuentro en mi camino alguno de esos desventurados que no tiene casa ni hogar, murmuro con profunda tristeza, con inmensa compasión: ¡He aquí un grande de ayer! Para carecer de todo, para no tener un rincón donde cobijarse, ¡Cuántos crímenes se deben haber cometido!…

Esto pensé cuando leí últimamente el siguiente suelto:

MUERTA POR EL ALCOHOL.-

Anoche fue encontrada muerta en uno de los calabozos del cuartelillo de la guardia municipal una mujer de unos sesenta años, sorda y muda, de la que se ignora su nombre, quien por la tarde había sido encerrada por habérsela encontrado tendida en el rellano de la escalera; presentaba síntomas de alcoholismo agudo.

Esta infeliz mujer vagaba siempre por la calle completamente alcoholizada, llamando la atención de las gentes y provocando continuos escándalos. El juez de guardia ordenó el levantamiento del cadáver y su conducción al cementerio. ¡Qué expiación tan horrible!… ¡Cuánto tiempo estuvo cruzando esa infeliz la calle de la amargura!

Cuando más ensimismada me encontraba con mis amargos pensamientos, recibí una carta de una íntima amiga mía. En ella me contaba la muerte de un pobre loco arrojado de su casa y de quien todos huían, incluso su familia; recorría las calles y, aunque se muriera de hambre y de frío, no exhalaba una queja. Un día le entregaron a mi amiga una carta, llena de garabatos ininteligibles; nadie la pudo leer, pero mi amiga la leyó con el corazón, contestando a aquel jeroglífico de la miseria y del dolor del modo siguiente:

Llamó a sus hijos y les dijo: ayudadme para hacerle un colchón al pobre Loco, que está durmiendo en el suelo. Los niños ayudaron a la buena obra, mi amiga hizo limpiar la casucha y arreglar una habitación para que en ella durmiera el pobre Loco, el cual, al ver su nueva cama lloró silenciosamente, y al preguntársele quién le había llevado el colchón, contestó: Mi ángel. Su ángel se impuso la santa obligación de llevarle la comida diariamente. El pobre Loco vivió así algún tiempo, y cuando veía a su ángel, su semblante se iluminaba con la más dulce sonrisa. Al fin enfermó y no murió como un perro; su ángel le rodeó de tiernos cuidados, y así tuvo quien cerrara sus ojos y enterrara sus restos decorosamente. Y al leer tan triste historia reflexioné y dije: he aquí dos seres que, aunque muy lejos el uno del otro, ¡qué iguales sus destinos!… Ella sordomuda, abandonada de todos, el Loco, arrojado de su hogar y despojado de sus bienes, negándole su ingrata familia el pan y la sal de la hospitalidad. ¿Qué habrán sido ayer estos dos desventurados? Contestándome un Espíritu lo siguiente:

“Dos grandes de la Tierra. Cuando veas a un ser sin casa ni hogar, perseguido por la turba callejera, sin que nadie se interese por él, ten el íntimo convencimiento de que aquel individuo, a semejanza de Atila, rey de los hunos, que la historia le puso por mote el azote de Dios, porque en el campo que cruzaba su caballo ya no crecía la hierba. Atila ha tenido, tiene y tendrá durante mucho tiempo, fieles imitadores; y esos dos infelices que te inspiran curiosidad y compasión han sido dos azotes de la humanidad, dos hombres dominados por los vicios. La que hoy ha muerto alcoholizada tuvo el vicio de la lujuria, y por satisfacer sus groseros e impuros apetitos, causó numerosas víctimas; entre ellas hizo enmudecer de espanto a una niña casta y pura, la primera que le impresionó, y en memoria de la cual volvió a la Tierra sordomuda, comenzando así a pagar sus innumerables deudas. Y el que hoy ha pasado por loco, que en realidad no lo era, tuvo el vicio de la más insaciable avaricia, confiscó los bienes de muchísimos inocentes acusados de herejes, y hoy le han usurpado los suyos, porque no merecía poseer ni un palmo de tierra, ya que él había arrojado de sus hogares a muchísimas familias. Ya al hablarte así leo en tu pensamiento una pregunta que no te atreves a formular, pero a la que yo te contestaré. Tú dices, para tu fuero interno, que si merecen ser tan desdichados, no son culpables los que los miran con desprecio y los que les niegan el agua y el pan”.

“Pues sí, lo son, porque el papel de verdugo no necesita desempeñarlo ningún hombre, porque cada ser es el verdugo de sí mismo”. ¿Existen o no existen seres en vuestro mundo que no tienen casa ni hogar, que carecen los unos de la vista, los otros del movimiento de sus miembros, aquellos del don de la palabra, y como consecuencia inmediata, del oído? ¿Se puede negar la existencia de estos desgraciados? No; pues si existen, ¿por qué son más desventurados que el resto de la humanidad, si nacieron como los demás hombres? ¿Por qué tan enorme diferencia se opera, ya que unos viven entre flores y otros entre zarzas espinosas? Si todo en la Creación es efecto de una causa, ¿no va a tenerla el inmenso dolor, el abandono, la humillación en que viven muchos desgraciados careciendo de todos los goces, mientras otros se hastían por el exceso del placer? La expiación es una ley justa, como son justas todas las leyes emanadas de Dios, y el deber de los terrenales es compadecer a todos los esclavos de sus propias miserias; nadie tiene derecho a hacer justicia por su mano, razón por la cual no se necesitan verdugos, cada ser cumple la sentencia que él mismo se impuso cuando encarnó en la Tierra.

El deber de la humanidad es el de compadecer a los vencidos, no el de remachar los tornillos de sus cadenas. Compadece a los que han saciado su sed con sus lágrimas, porque hay dolores irresistibles que merecen inmensa compasión”.

Dice muy bien el Espíritu, debemos compadecer a los que carecen de todo lo indispensable para vivir, porque los que tanto sufren son los pecadores reincidentes que han ensangrentado la Tierra con sus crímenes.

Los grandes de ayer son los parias de hoy.

Amalia Domingo Soler

Los grandes de ayer por: Redacción

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