DOCTRINA CONSOLADORA

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Doctrina consoladora
Maria Luisa Escrich

Doctrina consoladora

Queridos amigos lectores de la revista Amor, Paz y Caridad, del Grupo Villena: Soy María Luisa; muchos ya me conocéis. Desde hace algún tiempo he venido compartiendo con vosotros algunas de mis experiencias. Sabéis también que soy «espírita vieja», que nací en una familia espiritista. Para aquellos que no me conocen debo hablarles de mi padre, él es el causante de este artículo. Mi padre fue una de aquellas personas que se interesaron por aquellos fenómenos que estaban revolucionando la sociedad desde las últimas décadas del siglo XIX, y decidió estudiarlos. Pronto se dio cuenta de que todos aquellos fenómenos; enseñaban algo mucho más trascendente, y a medida que lo analizaba fue comprendiendo que había algo más allá del mundo que pisábamos, y que en ese más allá habitaban otros seres… y el descubrimiento de que esos seres no eran sino las almas de aquellos que habían muerto (se desconocía el término ‘desencarnación’) le dio la respuesta a alguna de las ideas que en algún momento se había forjado en su mente.

Cuando papá y mamá se casaron, él no dudó ni por un momento en introducir a mamá en el conocimiento de aquella doctrina que le había cautivado, que abrazó sin restricciones y que procuró actuar de acuerdo con lo que ella demandaba. Fue un referente y un ejemplo en nuestras vidas.

Mi llegada a este mundo tras dos años largos de espera fue un gran acontecimiento para toda la familia; habían transcurrido veinte y dieciocho años desde el nacimiento de mis dos primos mayores. Por supuesto, mi educación y formación moral estaría apoyada en los valores del espiritismo, de modo que fui creciendo, oyendo hablar del mundo espiritual, de la muerte del cuerpo, de los espíritus, de la reencarnación (que yo no sabía lo que era…), con la misma naturalidad que si me hablaran del Ratoncito Pérez… ¡Así fueron mis primeros seis años de vida! Después… la guerra civil. Papá tuvo que ir al frente, como tantos otros, aunque más obligado por su uniforme militar (olvidé mencionar que en aquella época tenía la graduación de capitán del arma de Infantería, era militar profesional). Nosotros (mi madre, mi abuela, mis tres hermanos y yo) fuimos de aquí para allá huyendo de los bombardeos; toda nuestra vida se había trastocado, pero mamá jamás perdió la fe; todo lo contrario, a cada golpe, la misma exclamación: «¡Dios jamás nos dejará abandonados!».

¡Y fueron golpes muy duros! Estuvimos más de dos meses sin noticias del frente; no sabíamos del paradero de papá, y al final le dieron por desaparecido… Pero Dios sí sabía dónde estaba y le condujo hasta nosotros. La natural alegría que habría de sentirse ante su regreso se empañó por la tristeza al tener que darle la noticia de que, cuando se fue, dejó cuatro hijos, y al retornar encontraría solo tres, porque mi pequeña hermanita María Teresa, de apenas ocho meses, había partido al mundo de los espíritus víctima de una infección provocada por el cambio de la leche, o por el mal estado de la misma. ¡Terrible prueba la pérdida de un hijo…! Pero papá y mamá sabían muy bien las causas que motivan cada desencarnación, y entendían que mi hermanita había venido a cumplir un propósito en tiempo determinado; y una vez cumplido, regresó al lugar que le correspondiera.

Cuando finalizó la guerra, negros nubarrones oscurecieron de nuevo el cielo de nuestras vidas: Perdimos a papá. Fue una de las primeras víctimas de la terrible represión que se desató contra toda ideología o creencia contraria a lo establecido por el nuevo régimen. Con papá también lo perdimos todo… una nueva y tremenda prueba para mamá, y un gran reto, sacar adelante a tres hijos de nueve, ocho y cinco años, y el cuidado de su propia madre, ya muy anciana… Pero jamás perdió la fe ni la esperanza.

De los años posteriores no voy a hacer mención, son tantos y tan dolorosos que no sabría por dónde empezar; pero sí quiero señalar que, en efecto, Dios jamás nos dejó de su mano: Mamá, gracias a su habilidad y buen gusto para la costura, encontró trabajo en un prestigioso taller, no tardando mucho en crear el suyo propio. No solo no nos faltó lo necesario, sino que tuvimos la fortuna de poder estudiar y crearnos un medio de vida.

El gran sacrificio de mamá para esos logros y los duros «golpes» recibidos minaron su salud, y una grave enfermedad se cebó en ella; pero por poco tiempo: Dios misericordioso la premió llevándosela con Él el mismo día que cumplía 63 años.

He titulado este artículo Doctrina consoladora no sin razón. Si habéis leído con atención lo que a grandes rasgos he narrado de una pequeña parte de los avatares que sacudieron mi infancia y juventud, podréis entender que a cada golpe solo pudiéramos encontrar consuelo en ella, porque solo ella fue capaz de infundir en nosotros esa fe inquebrantable en la bondad y misericordia de Dios, que jamás nos decepciona… Y como dijo Santa Teresa: «Bendita sea tanta misericordia, y con razón serán necios los que no quisieron aprovecharse de ella y perdieron a este Señor».

Yo me aproveché de ella, y me mantiene la esperanza de no haberle perdido…

Doctrina consoladora por: Mª Luisa Escrich

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