Leyendo «El Diluvio», me fijé en el suelto siguiente:
«Coruña. —En el hospital de San Fernando de la vecina ciudad de Santiago ingresó una joven casada, de 22 años, que había regresado de Cuba con su marido, que padecía de una fístula vaginal. Pasó inmediatamente a tratamiento del médico D. Francisco Piñeiro, quien ordenó se la diera un purgante. La monja que la cuidaba diole una dosis de cocaína disuelta en agua. Al momento de habérsela suministrado, dijo la monja: «¡Ay, Dios mío, creo que me he equivocado!». A los pocos instantes falleció la joven entre horribles dolores. El Juzgado ha comenzado a instruir diligencias, dictando auto de detención de la monja».
No sé por qué, me impresionó profundamente la muerte de la pobre joven que desde tan lejos vino a buscar el término de sus padecimientos en brazos de una hermana de la caridad. ¿Había algo pendiente entre esos dos espíritus? No me podía explicar mi preocupación, pero es lo cierto que seguí pensando en lo ocurrido y no descansé hasta que pude hablar con un espíritu y decirle: ¿Puedes decirme algo sobre este asunto? No es curiosidad, no es vano pasatiempo; pero se me figura que la muerte de la infeliz enferma y la equivocación de su enfermera no es un hecho casual.
«Todo tiene su historia —me dice un espíritu—. ¿Quién lo duda? No hay un hecho que no tenga sus precedentes y lo acontecido en ese hospital también los tiene.
»La muerta y la enfermera estaban unidas en su anterior existencia por íntima amistad. Las dos pertenecían al sexo fuerte y seguían la carrera eclesiástica. La monja de hoy era un buen sacerdote, estudioso, prudente, sabiendo aprovechar al mismo tiempo las ventajas de su clara inteligencia, que le abría las puertas de todos los palacios, siendo el Padre Jacinto muy atendido y muy obsequiado; su compañero de estudios, el Padre Elías, distaba mucho de ser tan entendido como el Padre Jacinto y siempre este le ganaba la delantera, no por sus malas artes sino por su buen sentido, por su clara inteligencia; porque tenía, como decís en la Tierra, don de gentes.
»Así las cosas, los dos hicieron oposición a un curato que valía más que un obispado, tantos eran los rendimientos que daban los muchísimos feligreses ricos de dicha parroquia.
»Elías tuvo una inspiración maldita: Pensó en deshacerse de su compañero de un modo que nadie sospechara su infamia. Le convidó a comer y en el vino le puso un veneno que no producía la muerte inmediatamente, pero que sí agotaba las fuerzas del hombre más robusto, y el Padre Jacinto se sintió decaer de un modo extraño; se fue al campo para recuperar sus gastadas energías, y Elías, entre tanto, empleando influencias y dinero, obtuvo el curato que era un manantial de oro, en tanto que el Padre Jacinto se fue debilitando hasta que exhaló su último suspiro, sin sospechar la infamia que con él se había cometido.
»Elías no disfrutó mucho tiempo de sus riquezas. La sombra de su amigo le perseguía tenazmente y se alegró de morir, creyendo que así acabaría su martirio; mas se encontró muy sorprendido cuando salió a su encuentro el espíritu de Jacinto que le había perdonado su inicuo proceder, porque era su alma noble y generosa, que sabía compadecer a los criminales, a los cuales consideraba como si fueran enfermos de suma gravedad.
»Elías se arrepintió sinceramente de su crimen y quiso pagar su deuda muriendo envenenado, pidiendo a Jacinto que a ser posible fuera él su matador sin que quisiera serlo, pero que recibiera de él la muerte, en justo castigo de su iniquidad.
»Los dos espíritus volvieron a la Tierra. Jacinto, apegado a la iglesia, aunque vistió el sayal de la mujer, se dedicó al servicio de Dios; y Elías, perteneciente también al bello sexo, buscó en el matrimonio el complemento de la vida; pero como su espíritu no tenía otro objetivo que pagar la deuda que más le pesaba, se puede decir que no atendió a sus dolencias físicas más que cuando el dolor material la venció; y, en cumplimiento de su ardiente deseo, la monja de hoy que fue su víctima ayer, sin saber en su aturdimiento lo que se hacía, envenenó a su matador de ayer, cumpliéndose así la ley de la eterna justicia, que cuanto acontece que lleva el sello de lo extraordinario, no te quede la menor duda que todo tiene su historia. ¡Adiós!».
¡Ah, sí; y si no la tuviera!, ¡cuántas injusticias se cometerían en la Tierra! Porque hay tantos crímenes ocultos, hay tantos hombres que parecen impecables, pero en el fondo de su alma hay tantas miserias que parece imposible que puedan disfrazarse de ángeles los que son verdaderos réprobos, los que gozan con el martirio de sus semejantes.
Para las almas pensadoras, si la historia del pasado no fuera una realidad, habría que inventarla para poder resignarse con las amarguras terrenales.
Según cuentan, decía Voltaire que si no existiera Dios habría que inventarlo para que sirviera de apoyo a la palanca de Arquímedes; y esto decimos nosotros del Espiritismo. Si los espíritus no se comunicaran ni nos dieran cuenta del pasado, habría que crear unas máquinas parlantes que nos hablaran de lo que ha sido en la noche del tiempo.
Lo presente no satisface; ya lo hemos dicho muchas veces. La vida sin ayer y sin mañana es un libro desencuadernado, cuyas hojas esparcidas cuentan relatos sin comienzo ni fin.
¿Y qué interés puede despertar una historia que carece de prólogo y epílogo?, ninguno; pero admitiendo que todo cuanto acontece, por inusitado y extraordinario, todo tiene su razón de ser, todo tiene su historia, entonces la vida tiene un interés palpitante, entonces se estudia y se aprende en todos los hechos que se realizan a nuestro alrededor, se ensancha el horizonte que contemplamos y apreciamos la vida en su inmenso valor.
Todo tiene su historia. Nuestras penalidades, nuestras inquietudes, nuestras zozobras no son hijas del acaso, son el fruto amargo del árbol que sembramos ayer.
Amalia Domingo Soler
Nota: Todo tiene su historia. Reproducción del artículo publicado en el
número 18 de “LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 15 de
septiembre de 1907.






