Editorial

LODO DILUIDO

Como aparece en el templo de Apolo en Delfos, el “Conócete a ti mismo”, ha sido desde hace 3000 años el reto impostergable que todo aquel que desea mejorarse ha de tener presente. Grandes filósofos y pensadores han considerado que la tarea de conocernos a nosotros mismos es la más difícil que puede enfrentar un ser humano.

No hay nada más complejo ni difícil que intentar ser objetivo con uno mismo, encarando con total honestidad, sin engañarnos a nosotros mismos, lo que somos y cómo somos, y aceptando con ello nuestras flaquezas. En esta difícil tarea es preciso adoptar precauciones, pues nuestras tendencias y debilidades nos juegan malas pasadas.

Tengamos en cuenta que el hombre no aparece sólo una vez sobre la tierra; sino que es el resultado de multitud de experiencias en la carne a través de los renacimientos. Esto aumenta la complejidad, porque somos el resultado de nuestro pasado, de aquellas cosas positivas y negativas que hicimos, de los méritos y deméritos contraídos con las leyes divinas, de las capacidades y minusvalías de carácter que todavía nos condicionan.

Así pues, un análisis riguroso e imparcial es difícil pero no imposible. Un reconocimiento diario de nuestras actitudes, de nuestros pensamientos y sentimientos, nos da la idea de cómo somos en realidad. Se nos ofrece la posibilidad mediante la meditación, la auto-reflexión o el análisis de nosotros mismos, para intentar descubrir cuáles son nuestras principales debilidades a fin de intentar superarlas y corregirlas. Pero el éxito de esta práctica se basa en la constancia. Si perseveramos cada noche, durante unos minutos antes de acostarnos, en la realización de este análisis personal, íntimo y coherente, que nos ayude a examinar de la forma más imparcial posible nuestro comportamiento diario, descubriremos con sorpresa que cada vez nos comprendemos y conocemos mejor interiormente.

Esto nos concederá una enorme ventaja a la hora de definir objetivos de mejora, interiores y exteriores; estos últimos respecto a la relación con nuestros semejantes. Pues, como nos afirma la psicología, con frecuencia no somos capaces de ver nuestras falencias ni debilidades, pues de inmediato nuestro ego responde realizando o bien mecanismos de transferencia o de justificación. Los primeros son aquellos en los que transferimos a nuestros semejantes los defectos que nos son propios, mientras que los segundos inciden en justificar nuestras faltas en la contemplación de las faltas de los demás.

Ni una cosa ni otra nos ayuda a conocernos y superarnos a nosotros mismos, adquiriendo la victoria sobre nuestro ego o personalidad, y dejando fluir e intervenir a nuestro yo superior; aquel que siempre está deseando participar en el control y la dirección de nuestra vida. Y que no es más que la propia voz del espíritu, que conoce a qué ha venido a la tierra y cómo debe conseguir sus objetivos. Sólo un esfuerzo personal por conocernos y vencernos a nosotros mismos, puede colocarnos en la posición acertada de actuar conscientemente en la vida, según los propósitos espirituales a los que nos comprometimos antes de encarnar.

Es en este momento; al iniciar el camino de nuestro conocimiento interior, cuando se abre ante nosotros la capacidad de comprender el sentido de nuestra vida en la tierra.

Un sentido único, intransferible, diferente para cada persona, y la manera de hacerlo es realizando el esfuerzo por mejorar diariamente en el bien; adoptando posturas que además de nuestro conocimiento interior nos acerquen a nuestros semejantes, plenos de humanidad, deseosos de ayudar, de sentir, de amar, de ofrecer, de dar lo mejor de nosotros mismos. Dando lo mejor, recogemos lo bueno de los demás. Las leyes divinas, devuelven ciento por uno al que realiza el esfuerzo por sus semejantes con el deseo de colaborar en el mejoramiento de la sociedad o del núcleo en el que se desenvuelve.

Imaginemos un lago de aguas transparentes, limpias, claras, y en el fondo del mismo encontramos una acumulación de lodo, sucio, enturbiado. Por un momento cogemos un palo y removemos ese fondo. Ese lodo va subiendo a la superficie y en la misma medida que asciende va enturbiando las aguas limpias del lago. Una vez llega a la superficie pueden ocurrir dos cosas; si el agua está tranquila el lodo se asentará y contaminará una mayor parte de superficie; si por el contrario hay una corriente que impulsa el movimiento de las aguas en la superficie, este lodo será transportado hacia los límites del lago, donde será diluido primero con el transcurso de la corriente y desaguado después, desapareciendo para siempre y retornando la limpieza, la claridad, a la superficie del lago.

Así es nuestro espíritu; somos de esencia limpia, sencilla, transparente, a imagen del creador en cuanto a su naturaleza espiritual. Pero en el transcurso de las experiencias evolutivas acumulamos errores y crímenes (el lodo sedimentado) en el fondo de nuestra conciencia. Estos sedimentos están depositados en nuestro interior hasta que decidamos removerlos y limpiarlos. Primero hay que conocer la debilidad, la sombra, la imperfección, el lodo, para poder removerlo y aflorarlo a la superficie de nuestro consciente (superficie del lago) y posteriormente removerlo con la corriente (acción positiva) para que vaya diluyéndose y desapareciendo de nuestro interior.

Estas tareas no son de un día para otro; representan un esfuerzo personal e íntimo para conocernos y mejorarnos. El bien en acción (amor al prójimo) supone renuncia y sacrificio para con uno mismo; es la corriente más fuerte que podemos encontrar para limpiar con garantías la superficie de nuestro lago interior. Cuando perdonamos, cuando amamos, cuando somos abnegados y humildes, se establece una corriente poderosa en nuestro interior que limpia de raíz el egoísmo, el orgullo, la codicia, la envidia; y fundamentalmente la ignorancia, abriendo ante nosotros nuevas posibilidades de vida, de salud, de felicidad interior y de plenitud espiritual.

Diluyamos el lodo de nuestras imperfecciones morales y encontraremos aquello que vamos buscando y que se encuentra dentro de nosotros mismos; a veces enturbiado, porque hemos dejado aflorar el lodo a la superficie y estamos estancados sin querer trabajar en nuestro mejoramiento interior y en el bien en acción. Este último es la poderosa corriente que devolverá a nuestro espíritu la limpieza, la claridad y La Luz interior.

LODO DILUIDO por: Redacción

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