Amalia Domingo Soler

LA CARIDAD

Cuando se sintió próximo a morir mandó que se retirasen los poetas y los filósofos y sólo hizo quedar a su cabecera a una hermosa niña de dieciséis años, a la cual recomendó que no le dijese nada y no hiciese más que mirarle con sus dulces ojos del color del zafiro.

Al morir, los pobres, los antiguos pobres de Bagdad, siguieron su entierro y muchos de ellos lloraban.

Más allá de los tiempos, más allá del espacio, más allá de las formas…

¿En dónde, pues?
No lo sé, ni yo, ni nadie.
El alma de Turiri compareció ante Ormuz para ser juzgado.

Ormuz le preguntó:
¿Qué has hecho en la Tierra? ¿Cuáles son tus obras?
Turiri, muy tranquilo respecto a la próxima sentencia, contestó con modestia y sinceridad: ciertamente, no siendo más que un hombre, he sido débil. Me he deleitado con las hermosas líneas, con los colores espléndidos, con los sonidos, con los perfumes, con los contactos suaves y con los fútiles juegos de la palabra. Pero he fundado con mis riquezas cuatro hospitales, he dado a los pobres nueve décimas partes de mis bienes, no conservando para mí más que el diezmo.

Es verdad, dijo Ormuz, que no has sido un hombre malo, y que en tus acciones te ha guiado muchas veces un Espíritu de dulzura. Sin embargo, por esta vez, no entrarás en mi paraíso. Pero tu alma volverá a encarnar en otro cuerpo, y vivirás una nueva vida terrestre a fin de expiar y de aprender.

Turiri, muy sorprendido, preguntó.
¿Y qué es lo que tengo que expiar, Señor?
Reflexiona sobre ti mismo y conócete mejor. ¿Cuál era tu pensamiento cuando dabas a los pobres tus bienes? Y el día que encontraste al viejo mendigo, a la mujer pálida con su hijo, y al hombre sin brazos ni piernas, ¿Qué fue lo que sentiste en tu corazón?

Una inmensa piedad por el dolor humano, respondió Turiri. Mientes, dijo Ormuz. La primera impresión que te produjo su vista fue una sorpresa desagradable. Te recordaba demasiado brutalmente la realidad del dolor y de la miseria. Te sentías irritado contra ellos porque ofendían tu vista con su desaseo y fealdad. Te indignaba también su envilecimiento, la bajeza con que te imploraban y la porfía de sus cansadas súplicas. Les arrojabas la limosna con repugnancia, y tanto era el desprecio que te inspiraban los desgraciados que un día no pudiste soportar sus acciones de gracias pues la grosería de las efusiones populares te molestaba, y la delicadeza de tus nervios negó a aquellos infelices el derecho de probarte con su gratitud, que no eran indignos de tus beneficios. Te esforzaste en suprimir la miseria creyendo que es un baldón para el mundo y que deshonra la vida. Pero yo te lo digo, yo que penetro en las conciencias, había odio y repugnancia en tu caridad.

Pero, repuso Turiri: lo que yo aborrecía no eran los miserables, era el padecimiento, era el mal, Ahriman, nuestro eterno enemigo.

Yo soy Ahriman, respondió Ormuz.
¿Vos, Señor?
Soy Ahriman y soy Ormuz.
El bien no puede salir más que del mal, la virtud no puede salir más que del dolor.

¿Y esto es, Señor, lo mejor que habéis podido hacer?

No blasfemes. El mal pasará. No existe más que para engendrar la felicidad y la virtud. Cuando la Tierra donde se sufre la prueba, haya desaparecido, cuando todas las almas de los justos estén conmigo, entonces será como si el mal no hubiese existido jamás.

Esto es precioso dijo Turiri, pero ¿Qué se debe inferir de ello respecto a mi caso? ¿Qué sentimiento podían inspirarme criaturas envilecidas y asquerosas? ¿Y qué otra cosa les debía más que aliviar su miseria?

Para que lo aprendas es que te vuelvo a enviar a la Tierra.
Pero, Señor…..
Turiri no pudo decir más… Desapareció Ormuz… desapareció Turiri… sólo el abismo…

Nada más sencillo ni más triste que la vida de Tirirú. Nació en Escub, hijo de artesanos muy pobres, sufrió hambre y malos tratos durante su infancia. Aprendió un oficio del cual vivió penosamente. Tenía virtudes de pobre hombre; era bastante honrado, bastante bueno y muy bien resignado, pero carecía de la dignidad y de la delicadeza que son el lujo del alma. Se casó para no estar solo. El trabajo faltaba a menudo. Su mujer y sus dos hijos murieron de miseria. Un día cayó de un andamio, y no habiendo tenido los cuidados necesarios, quedó enteramente inútil de ambas piernas, con un brazo paralizado y una llaga incurable en el otro.

Tuvo que mendigar. Al principio lo hizo mal, sintiéndose avergonzado no se atrevía a insistir, y no le daban casi nada.

Poco a poco adquirió la costumbre de la mano tenazmente tendida como un instrumento de pesca, de los ademanes humildes, del ruego que persigne al transeúnte y que espera cansarle. Desde entonces recibió poco más o menos lo suficiente para no morirse de hambre.

Y no teniendo ninguna alegría en el mundo, cuando le quedaban algunas monedas se embriagaba con el licor fermentado del maíz.

Una joven muy pobre que habitaba un cuarto contiguo a un chiribitil, habiéndole encontrado varias veces tuvo lástima de él. Todas las mañanas entraba a curar la llaga de Tirirú, le hacía la cama, le preparaba su pobre comida y le remendaba la ropa sin pedirle nada a cambio. Se llamaba Krika, y no era hermosa, pero había tanta bondad en sus ojos que daba gusto encontrar su mirada. Y sin saber porqué, Tirirú acechaba todas las mañanas desde su miserable lecho el momento en que Krika, al levantarse se asomaba a la ventana.

Un día que Tirirú mendigaba como de costumbre, un hombre rico le arrojó con repugnancia una moneda de oro. En aquel mismo momento, Ormuz permitió que el alma de Tirirú se acordase de haber sido la de Turiri.

Y Tirirú al ver una expresión de odio en la mirada de aquel hombre rico que le daba limosna, comprendió porqué Turiri había sido condenado por Ormuz. Comprendió que también él en su vida anterior al mismo tiempo que socorría a los miserables, les había odiado por su envilecimiento y fealdad, esto es por cosas de que ellos no eran responsables.

Al día siguiente cuando entró Krika a curarle la llaga la miró. Vio que desempeñaba su tarea sin repugnancia y que sus ojos continuaban dulces y serenos. Y entonces comprendió que aquella joven que le cuidaba y no se apartaba de él, aunque era horrible entre todos los miserables, era verdaderamente buena y verdaderamente santa.

Cuando hubo acabado de curar le besó la mano silenciosamente y lloró. Y Ormuz le hizo la gracia de concederle aquella misma noche una muerte dulce.

¿Qué has comprendido? Preguntó Ormuz al alma de Turiri Tirirú.

Esto, Señor: se debe servir a los pobres pobremente, se debe penetrar en su alma de pobres y no despreciarles por su envilecimiento y disminución de alma ya que también nosotros hubiéramos podido vernos reducidos si nos hubieran agobiado las mismas necesidades; amarles cuando menos por su resignación, a ellos que son la multitud y cuyas iras unidas barrerían a los ricos como briznas de paja; y por último, buscar si no subsiste aún en ellos algún vestigio de nobleza y dignidad. Y es menester servirles humildemente, es menester así como nos resignamos a nuestros propios padecimientos, resignarnos a la miseria de los demás aun cuando ofenda nuestras delicadezas; se debe al mismo tiempo que se les socorre, no indignarse contra esa miseria y aceptarla como se aceptan los misteriosos designios, de aquel que es el único que conoce la razón de las cosas. Porque el objeto del Universo no es la producción de la belleza plástica, sino la de la bondad.

Eso viene a ser, dijo Ormuz. Buen servidor, entra en mi reino

 

La caridad por: Amalia Domingo Soler

Extraído del libro: “La Luz de la Verdad”, recopilación de escritos de Amalia Domingo Soler realizada por el grupo espírita La luz del Camino de Orihuela.

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