LEY DEL AMOR

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Ley del amor

Comenzamos con la primera y principal de esas leyes universales: Ley del Amor. Mas, para comprenderla, habremos de reducirla a nuestro lenguaje humano.

El Amor es, en sí, una vibración poderosa que emana de Dios como energía vivificante que alimenta toda la creación. Y en el aspecto humano, el amor es un sentimiento que emana del Alma (superior) cuando ésta ha alcanzado ya cierto grado de evolución, manifestándose en la personalidad humana como afecto, cariño, compasión, ansia de ayudar, deseo de auxiliar al que sufre, añílelo y goce en hacer felices a los demás y otras manifestaciones en las relaciones humanas; así como ese sentimiento de atracción hacia las bellezas de la Naturaleza en sus diversos aspectos, que va percibiendo a medida que el alma va sensibilizándose.

La ley del amor en las fases primeras de la etapa humana, el Alma espiritual (superior) poco desarrollada aún, es ahogada por el alma humana (inferior) que transmuta esa vibración divina hacia sí, en la personalidad humana, resultando eso que denominamos egoísmo; egoísmo característico de las primeras fases de la etapa humana.

Y a medida que va evolucionando, a medida que ese alma humana va pasando por el dolor en las múltiples vidas humanas, comienza a sensibilizarse, con lo que el egoísmo va cediendo en intensidad, para dar cabida a la vibración de amor puro, poco a poco, comienza a manifestarse como sentimientos de bien hacia los demás seres sin distinción. Entonces es cuando se establece contacto con la vibración de Amor que emana de Dios, y empieza a recibirse esa vibración sutil que va ayudando a sutilizar el alma humana y capacitándola para recibir las vibraciones del Alma (superior) y percibir las bellezas de la vida, dulcificándola, a la vez que armonizando la mente humana.

Pero, veamos: ¿qué es el amor para el común de las gentes? Tan solo un sentimiento más o menos intenso de atracción y acercamiento entre algunas personas amigas y familiares, así como entre personas de sexo opuesto. Estos son aspectos humanos del Amor, como el amor de los padres, de los hijos, hermanos y esposos. Y a medida que ese amor va evolucionando, comienzan a percibirse también esos sentimientos hacia los demás seres, sin distinción. Porque el verdadero amor es impersonal, manifestándose como sentimiento espontáneo de ayuda hacia otras personas para asistirlas y auxiliarlas en los diversos aspectos que la vida ofrece, y tan sólo con ese sano deseo de servir, de contribuir a su felicidad; deseo o sentimiento que brota del Alma de las personas bondadosas que han superado ya o están superando el egoísmo. Y ese sentimiento, que es vibración sutil, dulcifica la vida de la persona que lo siente. Porque el Amor es energía vivificante y generador de armonía y felicidad.

Todos los aspectos de la Naturaleza son armónicos en sí y entre sí, porque están impregnados de esa maravillosa vibración cósmica: LA LEY DEL AMOR. Y como parte de la Naturaleza, el ser humano está inmerso en esa vibración divina. Pero, por desventura, con nuestra actitud egoísta, los humanos polarizamos esa vibración armónica productora de dicha, transmutándola en desarmónica, con lo que creamos esos estados de ánimo, de desdichas y amarguras, que en diversas manifestaciones podemos apreciar en el mundo de hoy, retardando su evolución.

Es precisamente nuestro egoísmo que no nos permite ver la realidad de la vida y nos mantiene en constante desarmonía mental-emocional, que amarga la vida humana y retarda el progreso del Espíritu. De aquí la imperiosa y apremiante necesidad de superar lo que de egoísmo quede todavía en nosotros y sintonizarnos con la vibración de Amor, que es fuerza armonizadora por excelencia.

Cuando vibramos en amor, sentimos una paz inefable, una alegría interna indescriptible, no conocida por las personas egoístas. Y esa sensación de dicha nos indica que nuestra Alma está percibiendo la vibración de Amor que emana de la Divinidad, y que se encuentra en la esencia espiritual de todo ser.

Pero, el ser humano en su lucha por la vida, ha desarrollado el egoísmo (amor a sí mismo), con lo cual polariza esa vibración maravillosa, que se encuentra debilitada (como ahogada) en el alma humana, por la presión del egoísmo. Porque los humanos nos hemos apartado del verdadero objeto de la vida, olvidándonos de los verdaderos valores espirituales, para ir tras el espejismo del dinero y los placeres; por desconocimiento de las ventajas que el amor ofrece. Y por ignorancia de que, amar es una necesidad imperiosa para una vida humana más armónica y feliz, y a la vez poder lograr el progreso espiritual, que es el objeto verdadero de la vida humana.

El amor es la llave que abre todos los corazones. ¿Quién no ha visto como el mágico poder del amor ha transformado en amigos a enemigos y transformado en cariñosos maridos a hombres desafectos, amargados por los embates de la vida? Mujeres hay que, con su bondad y dedicación endulzan la vida del hogar, al punto de modificar los hábitos viciosos y callejeros de los maridos en amantes del hogar, que con dulzura, fruto de ese amor que es dar de sí sin pensar en sí, consiguen. Mientras hay esposas que, con su egoísmo se tornan exigentes o se enojan por minucias sin importancia, perturbando así la paz y la armonía del hogar. Entonces, sufren las desavenencias, que son fruto del egoísmo. Y lo que es peor, esa fea y perjudicial costumbre de recriminaciones uno del otro, echando en cara los defectos, señalando debilidades, llegando en algunos casos hasta a proferir frases que pueden lastimar, y generalmente lastiman, la susceptibilidad de la otra parte, creando con ello estados de desencanto y hasta malquerencias.

Qué cuadro lastimoso presentan esas parejas desparejadas ante sus hijos o familiares, por falta de delicadeza y por dejarse dominar por el egoísmo y el amor propio, pretendiendo hacer prevalecer sus aparentes razones (muchas veces caprichos y terquedades) que convierten el hogar en un infierno, con un gran daño para los hijos, de cuya educación son responsables ante la Ley. Y, ¿qué consiguen con todo eso? Matar ese cariño y respeto mutuo que debe haber siempre entre los esposos y todos los miembros de una familia; y con todo lo cual, la vida humana pierde su encanto y se convierte en amargura.

Y, ¿qué podemos hacer para evitar todo eso? En primer lugar, comprender lo ridículo y perjudicial que esa actitud y actuaciones significan. Y luego, proponemos firmemente evitar todo motivo de discordia, comenzando con tomar una actitud de comprensión hacia la otra parte, tratando de ver sus cualidades buenas. Sólo cuando cada uno de los cónyuges traten y se esfuercen en hacer feliz al otro, en todo sentido, el hogar vibrará, y una paz venturosa reinará en ese hogar.

Ley del Amor por: Sebastián de Arauco

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