LÁGRIMAS LAVADAS

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Lágrimas lavadas

En el transcurso de la evolución del alma no todas las existencias en la Tierra albergan un mismo propósito. Aunque el objetivo final de todas ellas es la transformación moral y el crecimiento espiritual, esto se puede alcanzar de distintas maneras.

Por ello, cuando antes de reencarnar planificamos lo que será nuestra vida en la Tierra, tenemos ayuda de compañeros y espíritus que nos aman quienes, con mayor elevación que la nuestra, suelen aconsejarnos lo mejor para el éxito de nuestro trabajo y misión en la tierra durante la encarnación. Todos tenemos una misión, hacer aquello que es mejor para nuestro progreso espiritual. A veces son cometidos y objetivos ambiciosos en cuanto a su proyección y visibilidad pública; en otras ocasiones, no menos importantes, el objetivo es una misión más  relevante pero totalmente anónima, en la que el sacrificio y la abnegación por los demás pasan desapercibidos para el mundo, pero quedan en los corazones y la memoria de aquellos que han sido beneficiados con ellos.

Las leyes son iguales para todos; tanto es así que la Ley de Causa y Efecto, que es la encargada de que la Justicia de Dios se aplique de forma perfecta a todos, mediante la educación y la reparación de las faltas cometidas, tiene la suficiente flexibilidad para aceptar compromisos y reparaciones, que a veces son aplazados como consecuencia de un bien superior o un momento determinado en la evolución de cada espíritu que precisa de esa circunstancia.

Esto mismo es lo que acontece en el momento en que nos encontramos actualmente. Estamos en un periodo de Transición planetaria que durará años y, por ello, desde hace algunas décadas vienen reencarnando en la Tierra trabajadores abnegados bajo la planificación espiritual de lo Alto, y comandados por el maestro Jesús.

 Estos trabajadores tienen como compromiso o misión esclarecer y ayudar, consolar y dar ejemplo acerca del momento en que nos encontramos en la Tierra y de la oportunidad que esto supone para dar un salto importante en la evolución espiritual, lo que nos ahorrará sufrimientos futuros y nos preparará para acceder a ese nuevo mundo de regeneración que se aproxima.

Ellos no son más que nadie, y salvo honrosas excepciones de grandes misioneros que también han reencarnado y están reencarnando y que se destacan evidentemente por sus obras en pro del bien y de la verdad, como digo, salvo estas honrosas excepciones, la gran mayoría de las personas que militan en el bien  y el amor al prójimo en todo el planeta forman parte de este grupo de personas que han abrazado esta oportunidad como algo único para beneficio de su espíritu.

Todos, entre los que nos encontramos, somos deudores con la ley de causa y efecto, pero comprometidos con el bien. En muchos casos, las lágrimas del arrepentimiento brotaron hace siglos en nuestros espíritus endeudados, y las hemos ido lavando con existencias, penosas en ocasiones y menos venturosas en otras.

No obstante, debido al crítico  momento que vive el planeta en este periodo de transición, la Ley concede un respiro a nuestra alma comprometida, ofreciéndonos la oportunidad de resarcir errores del pasado mediante nuestro esfuerzo en el bien y nuestro testimonio de una vida dedicada a servir y ayudar a nuestro prójimo.

Uno de los principios que rigen la ley de evolución es la solidaridad de las distintas existencias, y en el caso de las deudas contraídas también ocurre así. El hecho de aplazar deudas de una a otra existencia, próxima o futura, aunque medien varias reencarnaciones sin saldar los débitos pendientes, depende del nivel moral del espíritu y de las necesidades evolutivas que pueden ser más o menos favorables. Todo está grabado en nuestra conciencia, nada se pierde.

¿Quiere esto decir que la deuda quedó saldada? No. Indudablemente, si hacemos las cosas correctamente y cumplimos con el compromiso aceptado, nuestra deuda queda minimizada. Sin embargo, hemos de saber que en esta oportunidad que se nos concede toda deuda queda aparcada.

El aplazamiento de nuestros débitos no supone más que un respiro que se nos ofrece desde la misericordia divina para que podamos colaborar en estos momentos con la obra de transición que se desarrolla en todo el planeta bajo la dirección del Maestro Jesús. Él nos ha convocado para dar testimonio de su verdad y al mismo tiempo mostrar el camino que lleva al hombre a su auténtica felicidad y dicha, la paz interior que procede de una conducta recta y una conciencia limpia.

Todos aquellos que humildemente deseamos colaborar en esta obra sólo tenemos la voluntad de hacer lo correcto, pues nuestros escasos méritos del pasado nos han traído hasta aquí para poder tener esta maravillosa oportunidad. Es preciso, pues, que no olvidemos de dónde venimos pues la vanidad y el orgullo son enemigos poderosos capaces de desviar a cualquier trabajador de la obra del Cristo en este cambio de ciclo y transición planetaria.

Si somos capaces de entender que no tenemos privilegio alguno y que con sencillez y humildad nuestro trabajo, sea anónimo o visible, es importantísimo para la limpieza de nuestra propia alma, estaremos en el camino correcto en el que la planificación espiritual que diseñamos se irá cumpliendo con enorme satisfacción para nosotros  mismos y aquellos que nos aman desde el otro lado, y que nos ayudaron a planificar esta crucial existencia en la Tierra.

Deudas aparcadas como las nuestras nos permiten unas vidas relativamente cómodas en lo material, pero de enorme responsabilidad en cuanto a nuestros deberes espirituales. Si no somos capaces de responder adecuadamente al compromiso espiritual aceptado, lamentaremos la oportunidad perdida. Esto dejará nuestros débitos del pasado al descubierto para tener que responder de ellos y sufrir las consecuencias de aquello que hicimos mal, con el consecuente sufrimiento y nuevas vidas de aflicción.

Servir a nuestro prójimo y trabajar en el bien esclareciendo la verdad, es el único compromiso que se nos demanda. Y esto, con el paso del tiempo, limpia nuestro espíritu de impurezas, drenando, mediante la abnegación y el sacrificio por nuestros compañeros de jornada en la Tierra, aquellas actitudes ególatras que, enraizadas todavía en los tejidos sutiles de nuestro periespíritu, van desapareciendo al adquirir el hábito de “dar sin pedir nada a cambio”, justo lo contrario que supone el egoísmo.

No podemos abandonar sin aprovechar una oportunidad como esta que se nos ha concedido. No nos debemos permitir ni un paso atrás, hemos de perseverar en el bien para que brille en nosotros la luz y el testimonio que desde lo alto llega a todos aquellos que sintonizan con la planificación efectuada por el Maestro Jesús.

Si así lo hacemos, es muy probable que las lágrimas derramadas en otras vidas y en otros momentos sean lavadas por nuestro esfuerzo y sacrificio, saldando la deuda aplazada con la Ley de Causa y Efecto y recogiendo en el retorno al mundo espiritual la dicha y la felicidad a la que todos estamos destinados.

Redacción 

2019, Amor, Paz y Caridad

“Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados”, Jesús indica al mismo tiempo la compensación que espera a los que sufren, y la resignación que hace bendecir el sufrimiento como preludio de la curación.
Allán Kardec – El Evangelio según El Espiritismo – Cap. V
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