LA GRATITUD FUENTE DE ALEGRÍA

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La gratitud fuente de alegría

En el Libro de los Espíritus podemos leer:

937– Los desengaños que nos hacen experimentar la ingratitud y la fragilidad de los lazos de la amistad, ¿no son también para el hombre de corazón origen de amargura?

Sí; pero nosotros os enseñamos que sintáis lástima por los ingratos y a los amigos infieles, porque serán más desgraciados que vosotros. La ingratitud es hija del egoísmo, y el egoísta  ha de encontrar más tarde corazones insensibles, como él mismo lo fue. Pensad en todos aquellos que realizaron más suma de bien que vosotros, que más que vosotros valieron y a quienes se pagó con el desagradecimiento. Pensad que Jesús mismo en la tierra fue escarnecido y despreciado, tratado de embaucador e impostor, y no os  asombréis que os suceda lo propio. Que el bien que habéis hecho sea vuestra recompensa en el mundo, y no toméis en consideración lo que digan de él, quienes lo recibieron. La ingratitud representa una prueba para vuestra persistencia en realizar el bien. Se os tendrá en cuenta y los que os han negado serán castigados, tanto más, cuanto mayor haya sido su desagradecimiento. El Libro de los Espíritus

La ingratitud, hija del egoísmo, junto al orgullo y la envidia, forman una nube que impide ver todo lo que el Padre, en su infinito amor, pone a nuestra disposición. Además, olvida o ignora con facilidad las acciones de buena voluntad y de ayuda que se le ofrecen, mostrando no solo indiferencia sino una actitud de autosuficiencia que puede herir la sensibilidad de los demás. Tampoco es capaz de ponerse en el lugar del otro, pues carece de la necesaria empatía. Las expresiones “por favor”, “gracias” o “perdón”, no viven dentro de su vocabulario.

Esta conducta nociva desprecia todo el mérito de las acciones ajenas, ya que demuestra que solo se piensa en las necesidades personales y en uno mismo, sin prestar atención a lo que se recibe, incapaces de ser agradecidos ante un acto solidario, un buen consejo o una corrección fraterna que puedan recibir. Es más, no solo no aprecian lo que se hace por ellos, sino todo lo contrario, pueden llegar a creer que es su derecho.

Esa ingratitud hace incluso olvidar el origen de los parabienes recibidos, sean en forma de sugerencias, colaboraciones o soluciones a conflictos, adueñándose de todo el mérito. El ingrato piensa que merece toda la ayuda recibida.

Además, como somos seres imperfectos, cualquier ofensa o menoscabo que nos pudieran hacer es más fácil que se nos queden grabados a fuego, y que este recuerdo nos influya en el comportamiento hacia aquellos que nos lo infringieron; por el contrario, cualquier acto de ayuda o apoyo que nos puedan brindar nos resulta muy fácil apartarlo de nuestro pensamiento. Por eso Lope de Vega decía: “El bien que se escribe en agua y el mal que se talla en piedra”.

También en la educación queda plasmado en ocasiones el exceso de amor propio que muchos padres llevan en su interior. Educan a sus hijos con un exceso de premios, de alabanzas, sin poner en valor aquello que reciben los pequeños o jóvenes, a veces ganado con mucho esfuerzo. Les inculcan erróneamente que todo lo que se les brinda es un derecho natural, y que les corresponde por ser quienes son, eliminando toda posibilidad de valorización y agradecimiento.

Estas actitudes de desapego, queja, indiferencia, altanería… muestran un espíritu con poco amor que dar. Consiguen que cada vez su corazón se vaya helando, creando una barrera infranqueable hacia los demás. Pero el transcurrir del tiempo y la experiencia le irán mostrando que ese no es el camino, y esa barrera que levantó tendrá que ir derrumbándola poco a poco.

Así irá apareciendo la gratitud, que es un sentimiento que no nace de repente, requiere un trabajo interior diario; será la consecuencia del desarrollo de un conjunto de valores éticos que rigen nuestros comportamientos, que nos enseñan a discernir el bien del mal.

La gratitud carga de sentido a los verbos dar y recibir.

El diccionario define agradecer como el sentimiento de estima y reconocimiento que una persona tiene hacia quien le ha hecho un favor o prestado un servicio, por el cual desea corresponderle. Y esa gratitud la podemos manifestar tanto a las personas como a la Divinidad.

Mientras más desarrollemos esta virtud, más nos acercaremos a cualidades como la alegría, esperanza, bondad, generosidad, indulgencia… por lo tanto, el egoísmo, así como el orgullo, teniendo mucho o poco, irán debilitándose hasta desaparecer.

“La gratitud no solo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás”.  Cicerón

Los seres humanos nos necesitamos los unos de los otros para poder realizarnos como personas. Nos enfrentamos a multitud de pruebas y obstáculos, y en esas vicisitudes generalmente necesitamos apoyarnos en alguien, una mano amiga que nos asista, y en esos actos sientes el valor incalculable de la ayuda prestada de forma desinteresada.

No somos autosuficientes, en absoluto. Precisamos de las relaciones de colaboración mutua, y en ese marco de solidaridad va surgiendo la gratitud, alejando, por el contrario, actitudes de enfrentamiento que tanto daño pueden hacer. Este sentimiento permite también captar lo mejor de la otra persona, valorarla y apoyarla.

El alma agradecida te hace ver las cosas con optimismo, actitud que nos ayuda a mantener y fortalecer las relaciones establecidas y nos estimula para crear otras nuevas que nos enriquecerán igualmente. También impulsa la fuerza del pensamiento positivo, que permite desarrollar la ilusión y la confianza en nosotros y en el porvenir.

También nos desarrolla la capacidad del trabajo, volviéndonos más perceptivos a las necesidades de nuestro prójimo, como por ejemplo, hacernos entender de qué forma podemos honrar a nuestros padres. Esa cualidad hace que, cuando ellos se hagan mayores, no los sintamos como una carga sino como un deber llevado con alegría.

Nos permite entender que las personas que nos aman se han preocupado por nosotros, han hecho sacrificios y esfuerzos para darnos en cada momento lo que necesitábamos, sin pedir nada a cambio, tan solo por la alegría de vernos bien.

Si aprendemos de los que nos aman y llevamos esa enseñanza a la acción, nos volvemos útiles a la sociedad, y si lo hacemos un hábito en nuestro día a día, conseguiremos ser más optimistas, lo que nos llevará a alejar de nosotros el estrés, la ansiedad, la depresión… y conseguiremos el equilibrio necesario para conseguir la alegría y la felicidad.

Todas las pruebas de la vida tienen un porqué y un para qué, en nuestro adelantamiento moral, la mayoría de las cuales fueron programadas antes de nacer y las aceptamos  libremente. Debemos agradecer todo el bien y el mal que nos ocurre. Cuando nos enfrentamos a las dificultades y entendemos que detrás del sufrimiento, del dolor, hay una enseñanza, nos sensibilizamos y nos hacen ser mejores personas, volviéndonos más comprensivos con el sufrimiento ajeno y consiguiendo encontrar, en toda situación mala, lo bueno que tiene.

Es bajo la amarra de la adversidad como surge la causa más profunda que nos enseña a agradecer lo bueno y lo malo que vivimos; es cuando verdaderamente nos acordamos de Aquél que realmente nos puede ayudar, poniéndonos en sus manos y orando para que nos llegue su ayuda.

Porque el verdadero daño que nos podemos hacer es despreciar las oportunidades de crecimiento y no querer ser conscientes de por qué nos ocurre. Seamos dóciles ante las adversidades y no dejemos que la incomprensión o la rebeldía nos vuelva ingratos, pues estas taras no nos dejan ver la realidad y nos vuelven egoístas.

El conocimiento espiritual y la exploración de nuestro interior nos puede ayudar a situarnos mejor en el concierto social que nos ha tocado vivir. Nos necesitamos los unos a los otros, y hemos de saber descubrir nuestras potencialidades, pero desde el reconocimiento de la grandeza que también existe en los demás.

Por eso, si el agradecimiento es propio del conocimiento de quien ha vivido mucho, ¡qué bueno es acabar el día agradeciendo todo lo que recibimos!

“La gratitud se da cuando la memoria se almacena en el corazón y no en la mente”. Lionel Hampton

La gratitud fuente de alegría por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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