Enfocando la actualidad

BUSCANDO LA INMORTALIDAD (1)

“Lo que hay después de la muerte, vida es, no muerte”

Séneca – Filósofo

A lo largo de la historia el ser humano no ha dejado de buscar la fuente de la inmortalidad. Creyendo que podría vencer a la muerte, tenemos referencias históricas, legendarias y de todo tipo que nos detallan esta búsqueda incesante.

La primera de la que tenemos noticia se remonta hace unos 5000 años en el texto sumerio del rey Gilghamesh; que gobernando la ciudad de Uruk, y a raíz de la muerte de su mejor amigo Enkidu, y profundamente abatido, emprendió un viaje épico en busca de la inmortalidad. Un sabio le indicó que, a pesar de que la inmortalidad era un atributo únicamente divino, podía buscar la planta que otorga la eterna juventud en el mar; Gilgamesh la encontró, pero de regreso, tomó un baño y la planta le fue arrebatada por una serpiente ((basándose en que las serpientes cambian de piel, y que por ello vuelven a la juventud). El héroe llega a la ciudad de Uruk, donde finalmente muere.

En la Biblia, Dios expulsa del paraíso a Adan y Eva por desobedecerle y para evitar que encuentren el secreto de la inmortalidad comiendo la manzana que les convierta en dioses. Encontramos también referencias de esta búsqueda de la eterna juventud en la mitología griega, cuando una ninfa promete a Odiseo vivir eternamente si no se marcha de Calipso, la isla donde vivía; pero el protagonista del poema que escribió Homero 800 a.C. se marchó, y con ello perdió la posibilidad de la inmortalidad.

Posteriormente en la edad media, y según los alquimistas, la búsqueda de la piedra filosofal, era no sólo capaz de convertir cualquier metal en oro, sino otorgar también la inmortalidad. Como vemos, las leyendas, las alegorías, las tradiciones y la historia, ponen de manifiesto que la búsqueda del hombre por alcanzar la eterna juventud o librarse de la muerte es un anhelo permanente desde el principio de los tiempos.

Hoy podemos afirmar, al amparo de nuevas corrientes psicológicas como la logoterapia (búsqueda del sentido de la vida humana), y de los pensamientos filosóficos de mayor sabiduría del pasado, que este deseo, no es baladí; no es un capricho del ser humano, sino que se haya intrínsecamente unido a la esencia más profunda del ser; está impregnado fuertemente en la conciencia del hombre.

Los filósofos nos confirman que el deseo de ser, de existir, de vivir después de la muerte, no es una ilusión, sino un anhelo real que permite al hombre tomar conciencia de sí mismo, de su responsabilidad ante la vida y de su forma de actuar. Las ciencias del espíritu nos confirman que el impulso interior del hombre por saberse inmortal y aspirar a ello, proviene directamente de su parte espiritual más profunda; la propia alma encarnada que le ofrece la certeza de que esa inmortalidad no solo es posible sino que es real; tan real como el mundo físico que podemos captar y percibir mediante nuestros sentidos.

Y la ciencia actual viene a confirmarnos también el sentido de la inmortalidad escrito en nuestra intimidad más profunda: nuestro propio código genético. Así pues, el Dr. Dean Hamer (Biólogo Molecular) nos explica en su libro: “El GEN DE DIOS” (Auto-trascendencia) que todo ser humano, lo quiera o no, porta desde que nace en su acervo celular la aspiración y el impulso inconsciente de la inmortalidad. Denominado como el gen VMac2, es un gen que todos tenemos en el ADN y cuya actividad, a través de los neurotransmisores llamados mono-aminas, determinan que en las personas espirituales sus conexiones son mayores, segregando en el hombre mayor sentido de su conciencia y de su trascendencia personal.

Naturalmente, las religiones han intentado aprovechar la ineludible e inevitable consecuencia de la muerte, como la clave para ofrecer la inmortalidad como un remedio, no del cuerpo, pero sí del alma, a todos aquellos que siguieran sus ritos, dogmas o postulados, prometiendo a cambio el paraíso, la felicidad y la salvación “eterna”.

Sin duda, y a pesar del escepticismo y la descreencia religiosa, el hombre sigue buscando la eterna juventud y sigue intentando vencer a la muerte; y hoy, en el inicio de siglo XXI, con los avances de la medicina, la biología evolutiva y la genética, cada vez estamos más cerca de ampliar la esperanza de vida, retrasando el envejecimiento varias décadas. Existen científicos que afirman que, para el 2050 los seres humanos podrán alcanzar la edad de 130-150 años en perfectas condiciones físicas y mentales, gracias a los avances de la medicina regenerativa.

En este orden, la terapia de las células madre, la terapia génica y la tienda de regeneración de órganos que ya comienza a despuntar, son las claves del PROYECTO GILGAMESH, que para aquel que no haya oído hablar de él; se trata de un ambicioso proyecto científico que toma el nombre del antiguo rey sumerio para reinvindicar dentro de la ciencia la búsqueda de la eterna juventud y el retraso del envejecimiento y la muerte.

Todo ello nos indica que, por encima de las creencias, la búsqueda de la inmortalidad es realmente un impulso imparable en el ser humano; es evidentemente una lucha denodada por resistirse a la vejez y la muerte. La ciencia actual no busca exactamente la inmortalidad, sino alargar la vida para que esta sea mejor y más saludable. Y no sólo intervienen disciplinas científicas como las mencionadas arriba, sino también otras que tienen mucho que ver con la inteligencia artificial y la posibilidad de crear mentes digitales para incorporarlas a los avances tecnológicos de la informática, robótica, nano-teconología, etc..

Sea como fuere, desde los hombres de las cavernas hasta la actualidad, el problema de la muerte y su supervivencia es la piedra angular del hombre; se quiera o no aceptar sus consecuencias. Tanto es así que aquellos que niegan un principio espiritual inmortal en el hombre, se afanan en querer negar lo evidente, pretendiendo con ello que la simple negación de este hecho sea la certeza de su existencia.

“La ausencia de la prueba no es la prueba de su ausencia”
Carl Sagan –  Astrofísico Norteamericano (1934-1996)

Para el hombre inmaduro espiritualmente es legítimo dudar de la existencia de un alma inmortal, pues reconocer esta circunstancia implica aceptar la existencia de un creador de la misma que por su propia naturaleza ha de ser igualmente eterno e inmortal. Y esto avasalla la mente del hombre orgulloso, incapaz de reconocer un poder superior a él; al mismo tiempo que le ofrece la comodidad de no sentirse responsable de aquello que hace y deshace, de bueno o malo, en relación a sí mismo y a los demás.

Pero si es legítimo dudar, no es menos cierto que, a medida que avanza la ciencia y el conocimiento humano, son menos coherentes los planteamientos nihilistas y materialistas que niegan la existencia de Dios y del Alma inmortal, pues nada de lo que existe en el universo obedece al azar o la casualidad, argumento que esgrimen estos defensores de “la nada”, y que ofrecen un horizonte triste, desesperado y sin sentido a la criatura humana.

Antonio Lledó Flor

©2015,Amor, paz y caridad

“No somos seres humanos con una experiencia espiritual, sino seres espirituales con una experiencia humana”
Theilard de Charden. Paleontólogo, filósofo y religioso 1885-1955

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