Apartado espírita

LA LEY DE SOCIEDAD

La ley de sociedad, como ley moral, nos impele a comprender que el hombre ha sido creado para relacionarse con el resto de seres humanos. Además, si observamos la naturaleza, esta es extraordinariamente armónica en la medida en que descubrimos cómo interactúan y se complementan los distintos reinos entre sí, mineral, vegetal, animal y hominal, formando un todo equilibrado, aunque todavía estemos lejos de comprender con toda su profundidad el progreso que de ello se deriva.

Al mismo tiempo, el hombre, que también forma parte de la naturaleza, posee inteligencia, discernimiento, libertad para decidir; sin embargo, no posee todas las facultades para llegar a ser autosuficiente; necesita aprender y complementarse de aquellas cualidades, de aquellos valores que poseen los demás. De lo que se concluye que una vida completamente solitaria sería contraria al progreso, antinatural y extremadamente difícil.

Lynne McTaggart, periodista y divulgadora americana, afirma: “Los últimos descubrimientos que se han hecho en toda una diversidad de disciplinas –desde la neurociencia y la biología hasta la física cuántica- ponen de manifiesto que el impulso más básico de la naturaleza no es la competencia, como sostenía la teoría evolutiva clásica, sino la integración de la totalidad”. Es decir: “Los seres vivos, incluidos los seres humanos, tenemos la necesidad instintiva de conectarnos, prácticamente por encima de cualquier otro impulso, e incluso arriesgando la vida por ello”.

Lo que se traduce en una necesidad perenne del prójimo y del entorno. La solidaridad y la cooperación mutua forma parte de nuestro ADN, desde que fuimos creados en dirección a la eternidad. Dios, en su sabiduría, nos crea sencillos e ignorantes, todo un proyecto por construir en el transcurso de los tiempos. Somos como diamantes en bruto para pulir día a día, pero nunca hasta el punto de alcanzar un estado que nos haga prescindir de los demás.

Por tanto, hemos sido creados para crecer colaborando los unos con los otros. Las relaciones humanas son inherentes y necesarias para el hombre desde que nace con cuerpo físico hasta que muere. Comenzando por el entorno familiar, que nos acoge desde un primer momento, con una dependencia que es total en las primeras etapas, para dar paso posteriormente a un más amplio abanico de relaciones sociales, sea en el colegio, en el trabajo, amigos, etc., así hasta el final de nuestros días.

“Los vínculos sociales son necesarios al progreso y los lazos de familia estrechan esos vínculos sociales. He aquí por qué los lazos familiares constituyen una ley de la Naturaleza. Dios ha querido que los hombres aprendieran así a amarse como hermanos”. (Pregunta 774; Libro de los Espíritus).

Sin embargo, en las primeras etapas de la evolución humana, somos llevados de la mano, por decirlo de algún modo, por aquellas herramientas que sustituyen provisionalmente aquellas otras que se encuentran en estado latente, y que deberemos desarrollar en el transcurso de las distintas vidas, en un camino muy largo de experiencias evolutivas. Empezando por el instinto, que nos marca un camino, el límite de nuestras necesidades y la búsqueda de lo imprescindible para vivir; nos empuja también a la vida de relación para poder sobrevivir ante las dificultades. Las pasiones también cumplen una función muy importante en las primeras etapas; “son palancas que multiplican las fuerzas del hombre y lo ayudan en la realización de los objetivos de la providencia” (Allan Kardec). En la medida en que se desarrolla la inteligencia en las distintas existencias y el espíritu va adquiriendo experiencia, el instinto se aminora, las pasiones se van controlando y son sustituidas por otras expresiones del alma más depuradas, pero siempre en permanente conexión con los demás seres.

Una vez dejamos el cuerpo físico, las relaciones continúan y se estrechan aún más, puesto que ya no existe una materia que limite y condicione. El espíritu, a partir de ese momento, amplía su campo de percepción y, de ese modo, adquiere mayor facilidad para comunicarse e interactuar con su entorno natural; aunque esto depende, claro está, de su grado de evolución espiritual y de la elevación moral adquirida.

Sin duda, hemos sido creados para el progreso en común, para la convivencia como medio para perfeccionarnos a cada instante; cruzándonos en el camino con otros que siempre nos pueden aportar algo, y que a su vez han vivido sus propias experiencias, muchas de ellas distintas a las nuestras; poniendo de manifiesto sus capacidades, aquellas que han podido desarrollar en el devenir del tiempo y de las múltiples vidas.

Debido a nuestra escasa evolución espiritual, existen vínculos del pasado que nos obligan a reparar errores cometidos en anteriores existencias. Son compromisos muy específicos con otras personas, sean del entorno familiar o social. Son relaciones que se establecen previamente, antes de encarnar, y en las que nos comprometimos a solucionar dichos errores, en una nueva oportunidad con cuerpo físico; poniendo en práctica y desarrollando la ley de amor con todas sus vertientes: de tolerancia, de caridad, de comprensión, de perdón…

Por otra parte, junto a la necesidad de relacionarnos para no vivir como los egoístas, existen otras leyes espirituales que complementan la convivencia, la vida en sociedad; y una de ellas es la ley de afinidad. Según es nuestra forma de pensar y sentir, así atraemos y nos relacionamos con otras personas que son afines a nuestros gustos y tendencias. Además, proveniente de la parte invisible, nos rodeamos de espíritus que nos inspiran, tanto para lo positivo (espíritus buenos) como para lo negativo (espíritus inferiores); en una lucha que depende de la propia voluntad para decidir cuál es el camino que queremos recorrer. Por lo tanto, nunca estamos completamente solos.

De ese modo, la afinidad de tendencias y pensamientos hace que las personas se reúnan y organicen con un objetivo común, sea de carácter intelectual, científico, espiritual o de signo benéfico y solidario; dependiendo de las inquietudes y las necesidades del entorno en el que se desenvuelven. Esto redunda en un progreso general, en el crecimiento y bienestar de las personas que habitamos este globo.

Como vamos viendo, Dios nos provee de todo aquello que necesitamos para progresar, nos concede la libertad para buscar y decidir; nos aconseja a través de sus mensajeros; empero, nos deja todo el mérito del resultado, fruto del trabajo, del esfuerzo personal y colectivo.

En otro orden de cosas, las vidas de aislamiento que algunas religiones propugnan como meritorias son completamente contraproducentes, y hasta pueden, incluso, llegar a provocar una cierta desconexión con la realidad exterior, aquella que nos envuelve. Ante esta postura, y aunque la intención pueda ser buena, subyace un cierto egoísmo inconsciente al evitarse los inconvenientes y las vicisitudes propias de la vida de relación, y esto, lógicamente, no puede ser agradable a Dios.

Efectivamente, si hablamos de la práctica del bien, no cabe duda de que también se puede realizar con el pensamiento; no obstante, el bien más agradable a Dios, el que más nos enriquece y nos ayuda a crecer espiritualmente, es aquel que realizamos directamente con acciones sobre el prójimo.

Del mismo modo, el mejor estímulo para crecer y la mejor forma de averiguar aquellas cosas de carácter moral que todavía debemos de mejorar, las vamos a encontrar en las relaciones sociales. Son las reacciones que nos provocan los demás con su comportamiento lo que nos debe llevar a plantearnos en qué punto estamos y aquello que nos falta para vivir en plenitud y armonía moral y espiritual. Siendo todos nosotros diferentes y en distintos grados de evolución, se nos suscitan enormes posibilidades, multitud de situaciones que provocan en nosotros reacciones para analizar y valorar.

Por lo tanto, la ley de sociedad es una ley moral básica, imprescindible para la evolución del ser. Como nos dice el propio Allan Kardec en la respuesta a la pregunta 768: “Ningún ser humano tiene facultades completas. Mediante la unión social los hombres se complementan recíprocamente a fin de asegurar su bienestar y progresar”.

 

Ley de sociedad por:  José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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