LA HUELLA DIVINA

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La huella Divina

La huella divina

La idea de Dios se halla impresa en el hombre como la marca del obrero en su obra” 

René Descartes– Filósofo y Matemático – Siglo XVI

La frase que encabeza este artículo, citada por Descartes en su libro Meditaciones Metafísicas, no solo obedece a un principio o argumento filosófico del gran pensador del racionalismo. El tiempo, la filosofía espírita y la ciencia han demostrado que esa marca o huella de Dios en el hombre es una realidad incuestionable.

Comencemos por constatar que desde siempre se ha sabido que la Inteligencia Suprema o Mente Universal que origina, ordena y crea el Universo físico y espiritual mediante leyes físicas y espirituales, impregna de su esencia todo aquello que existe, pues como dijo el poeta, “la creación es un pensamiento de Dios”.

La ciencia, en su permanente intento de descubrir la realidad de la naturaleza y del origen de la misma, siempre ha estudiado los efectos para remontarse desde ahí a las causas. La filosofía hace todo lo contrario, analiza las causas para llegar a los efectos que se derivan de ellas. Pues hay una ley en el Universo que nadie cuestiona, y es el hecho de que “todo efecto proviene de una causa”. El hecho de que algunas veces no se encuentre el origen de algunas cosas (por ejemplo, el origen de la Conciencia o de la Vida) no quiere decir que no exista, tan solo pone en evidencia que todavía nuestro desarrollo está comenzando y que la ciencia tiene mucho todavía por avanzar para demostrar las evidencias mediante el método que utiliza.

Sin embargo, en el tema que nos ocupa se han realizado evidencias significativas a la hora de descubrir alguna huella de Dios en el hombre. Veamos algunas de ellas. El Genetista y doctor en Biología Dean Hammer escribió hace una década el libro El Gen de Dios. En esta obra se pone de manifiesto la existencia de un gen  en el ser humano denominado Vmat2 que se encuentra en la naturaleza de todo hombre y que se expresa en mayor o menor medida en función de la creencia en Dios o no. Además de creyentes de distintas religiones, los Ateos y Agnósticos a los que Hammer examinó y sometió a pruebas albergaban igualmente este gen en su naturaleza biológica.

La función del mencionado gen es una predisposición a la creencia en Dios, en una mente superior de la cual procedemos, y es independiente que creamos que es así o no; el gen existe igualmente en nuestra constitución celular. Esta es una primera huella biológica de Dios en el hombre que es independiente de nuestra voluntad y que siempre nos acompaña.

Una segunda investigación mucho más importante es la realizada por el Doctor y Neuroteólogo Andrew Newberg en la Universidad de Filadelfia (USA). Newberg ha demostrado mediante pruebas neurológicas del cerebro que, cuando se ora, se medita espiritualmente o se piensa en Dios, el lóbulo frontal de nuestro cerebro se activa de forma exponencial. Este investigador afirma que es posible detectar pruebas físicas de la huella de Dios en el hombre, o lo que es lo mismo, podemos corroborar la existencia de Dios en el cerebro.

Entre los muchos ejemplos que menciona en su libro Cómo Dios puede cambiar su mente, hace referencia a uno efectuado con Ateos a los que se pidió que pensaran en Dios antes de someterse al scanner cerebral y la tomografía computarizada de sus neuronas. Newberg comprobó que el lóbulo frontal se activó muy poco a pesar de la concentración de los sujetos en la idea de Dios, certificando así la importancia de las creencias. Pero a pesar de ello, el mero hecho de la activación del lóbulo frontal demostró igualmente que todo el cerebro participa, no solo una parte. Ello llevó a la conclusión de que creer en Dios cambia nuestra forma de ver el mundo y nos cambia por dentro igualmente, a unos más y a otros menos.

Sabemos por la evolución de la historia del pensamiento que muchos filósofos han hablado y expresado sus argumentos válidos respecto a la presencia de la huella de Dios en el ser humano. La filosofía espírita de Allán Kardec lo resumió en una sola pregunta, la correspondiente al ítem 621 del Libro de los Espíritus, y dice así:

Pregunta: ¿Dónde está escrita la Ley de Dios?. Respuesta: En la conciencia

Mayor precisión y claridad es imposible. La conciencia, como fuerza e instrumento principal del alma humana, contiene la marca de la que hablaba Descartes, la huella de la que nos habla la ciencia hoy. Supone además la constatación de que nuestro interior, aquello que somos realmente y que sobrevive a la muerte, posee la esencia de nuestro creador, siendo la imagen y semejanza de Dios en cuanto a su naturaleza inmortal y sus cualidades (estas todavía latentes y pendientes de desarrollar por el hombre mediante su propio esfuerzo y evolución milenaria).

Nuestra limitada inteligencia y nuestros débiles recursos pendientes de desarrollar son apenas un pálido reflejo de lo que Él puso en nosotros. Un reflejo oscurecido muchas veces por el ejercicio erróneo de nuestro libre albedrío, empeñado en actuar contrariamente a las leyes que equilibran la vida y que abrillantan nuestro interior en vez de oscurecerlo.

En este mismo sentido debemos mencionar que, puesto que el Amor Divino es infinito, así como su Justicia, no podemos vislumbrar apenas el perfecto equilibrio que existe entre ambos conceptos que a veces parecen entrar en contradicción desde nuestro punto de vista humano y material, algo que nunca ocurre en los parámetros de la Ley Divina. Bajo esta última, la premisa principal es siempre priorizar en perfecto equilibrio entre lo que el hombre necesita para su progreso y el mérito contraído por cada uno.

Cuando nos preguntamos cuál es el plan que Dios tiene para con nosotros, debemos tener en cuenta lo anterior, pero también el hecho de que, si ni siquiera tenemos el recurso para vislumbrar más allá de los inciertos años de vida física, ¿cómo pretendemos poder vislumbrar a la larga el plan de Dios? No solo es imposible sino infructuoso.

Ahora bien, esto no nos priva de la capacidad de razonar y descubrir que por los efectos podemos remontarnos a las causas, y que lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es el hecho de que, a medida que nuestro espíritu se transforma moralmente, las sombras que oscurecen ese rayo de luz (que es la huella de Dios en nuestra conciencia) se van disipando. Es entonces cuando nuestra percepción se amplía, comienza a brillar esa luz interior que no es otra cosa que nuestro Dios interno.

“Vosotros sois Dioses. Todo lo que yo hago podéis hacerlo también”

Jesús de Nazareth

El amor, el perdón, la fuerza creadora, la verdad, el camino recto, la abnegación, el sentido del sacrificio, la lucidez y la inspiración; todo se presenta a nuestra vista y comprensión con mayor claridad, vislumbrando y esclareciendo nuestra mente acerca del plan divino que nos ha traído hasta aquí. Él siempre nos coloca en el camino recto, dándonos la oportunidad de la vida y dejando a nuestro libre albedrío las decisiones a tomar, pues al ser parte de su naturaleza estamos condicionados a las leyes justas y perfectas que Él mismo ha creado y que son inmutables.

Esta es su huella más importante: “Somos espíritus eternos, de la misma esencia divina y participando de su creación; hasta que con el desarrollo y progreso espiritual hacia la perfección alcancemos la oportunidad de colaborar con Él como co-creadores de este Universo infinito”.

La huella divina por: Redacción

2020, Amor, Paz y Caridad

“Estás sumergido en el océano del amor de Dios. Jamás te encuentras solo. Dios está en ti y en torno a ti; descúbrelo y déjate conducir por Él con sabiduría. Eres su heredero, permite que su amor te recorra totalmente comandando tu voluntad. En Dios todo lo encuentras, volviéndote pleno completamente.”

Divado P. Franco – “Vida Feliz” Item 71

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