DOS FUERZAS ANTAGÓNICAS: EL BIEN Y EL MAL

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Dos fuerzas antagónicas: El bien y el mal

Dos fuerzas antagónicas: El bien y el mal

En nuestro interior pujan constantemente dos fuerzas antagónicas intentando manifestarse: el bien y el mal. Son dos conceptos muy difíciles de definir, pues están muy influenciados por los valores morales establecidos por la familia, la educación y las creencias sociales. Esa lucha interior terminará definiendo el estado de nuestra afectividad, decantándose por aquella que más alimentemos en nuestro diario vivir con nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos. Las acciones de bien generan más bien y las del mal mayor mal, porque se buscan por simple afinidad y se incentivan entre sí. Pero es precisamente la naturaleza que más domine en mí la que va a dar el resultado bueno o malo de mi vida.

La cualidad interna que mejor define qué es el bien y qué es el mal es nuestra conciencia. Su intervención es fundamental para alcanzar la felicidad, ya que esta solo se manifiesta dentro del bien. Si no confundimos la felicidad con la satisfacción efímera que da la consecución de nuestros deseos egoístas, esta también puede ser una buena guía de orientación que podemos tener en cuenta.

En el fondo todos sabemos lo que está mal, ya que la conciencia actúa independientemente de nuestros intereses, por lo que muchas veces nos negamos a escucharla sometiéndola a un estado de letargo con la finalidad de no tener determinados remordimientos por nuestras actitudes y comportamientos equivocados. Resulta más fácil acallar nuestra conciencia que cambiar nuestras actitudes y comportamientos.

No obstante, como hay que aprovechar su manifestación por la transcendencia de su orientación, necesitamos de esos minutos diarios de meditación que hemos comentado con anterioridad porque en ese verdadero reencuentro con nuestro interior, si es sincero y vivido con nobleza, iremos identificando los errores más importantes de nuestra vida, teniendo en cuenta que estos son los verdaderos generadores de todas nuestras desdichas e insatisfacciones. Pero aprender a escuchar esa voz no es suficiente, porque la parte más importantes es actuar en consecuencia con ella.

Muy resumidamente podemos decir que el mal tiene como eje central el egoísmo, porque continuamente está alimentando la maldad del ser humano, generando conflictos que desunen y sufrimientos que desarmonizan. Ese egoísmo es la causa fundamental de los males del ser humano y, aunque no lo parezca, sus consecuencias son tan dañinas para unos como para otros. Cuando pensamos mal de los demás nos hacemos daño a nosotros mismos, ya que al hacerlo  estamos introduciendo ideas negativas en nuestro interior que nos perjudican mucho más de lo que imaginamos.

Por contra, el bien está definido por la armonía y la unión con todas aquellas cualidades que gravitan en torno al amor. Pensar en tratar a los demás como a nosotros nos gustaría que nos trataran, con comprensión, afecto y respeto, buscando el bien, es la expresión del mismo. El amor altruista no dice a esta persona sí pero a ésta no, porque no es selectivo; es un sentimiento expansivo, un estado de conciencia que conduce al bien por la propia naturaleza del ser.

Vivir y hacer el mal. La maldad continuamente nos está poniendo a prueba, pues cuando se nos daña, la reacción más primitiva, la instintiva, nos lanza a responder con una acción análoga a la recibida. Se tiende a responder al odio con más odio, a la venganza con más venganza, a la crítica malintencionada con crítica más feroz, cuando este es uno de los errores más dañinos porque entramos en una espiral de actos recíprocos de la que resulta muy difícil salir. Alguien debe poner fin a esa cadena de desatinos. ¿Por qué no ser nosotros?

Que exista la maldad no justifica, en absoluto, que yo me comporte con maldad. Si lo hago quiere decir que mi interior está más inclinado hacia ese comportamiento, porque no olvidemos nunca que lo que nos atrae es lo igual, no lo diferente, lo que quiere decir que estoy en sintonía con lo que recibo. Y en este caso, mi gran lucha en la vida ha de ser la de vencer esa tendencia para que no termine arrastrando todos mis actos.

Vivir con actitudes egoístas nos une a personas egoístas que tienen nuestro mismo comportamiento, con lo que conseguimos que el egoísmo de unos y otros se intensifique, haciendo nuestra vida mucho más difícil y desdichada, pues nunca podremos satisfacer nuestros deseos rodeados de personas cuyo eje central de comportamiento es el egoísmo. Cuando cada uno solo mira por sí mismo nadie piensa en satisfacer a los demás, pues ese es un principio emocional que no cabe en una persona que solo vive para sí misma.

Parece muy fuerte decir que hay personas que viven y hacen el mal, pero es una realidad que podemos constatar por nosotros mismos. El mal existe y lucha para derrotar al bien, porque hay personas que tienen esa maldad y la manifiestan mediante pensamientos, sentimientos y actos que expresan los deseos del mal. Conviene cuidarse mucho de determinados ambientes nocivos y muy dañinos para no caer incautamente en sus tupidas redes.

Vigilar la propia conducta, sabiendo corregir las anomalías del carácter en relación a una mejor convivencia, es una cualidad que se consigue mediante el propio esfuerzo de mejora. La justificación, defensa y descargo de mis propios actos perjudiciales no consiguen más que disfrazar la verdadera autenticidad de los mismos. Así es muy difícil salir de esos estados de preocupaciones y sufrimientos. ¿Qué vida queremos para nosotros?

Creemos que nuestros actos solo afectan a los demás cuando en realidad los primeros afectados somos nosotros. Y este es un error que cometemos habitualmente, porque si fuésemos conscientes de ello, tendríamos mucho más cuidado con nuestro proceder y evitaríamos muchos de los males que nos aquejan.

Vivir y hacer el bien. Hay una fuerza superior en la vida que rige y equilibra todo el universo y cuanto existe en él: el bien. Esta es la base sobre la que mejor podemos organizar la estructura de nuestra existencia y la que mejores resultados nos va a dar siempre. De hecho, si analizamos los inicios de la vida en nuestro planeta veremos que esta se pudo formar a través del principio de la unión, porque tuvieron que alinearse y unirse todos los elementos necesarios para su manifestación, elementos que hasta entonces se encontraban separados y dispersos, dejándonos la enseñanza de que la base de la vida es la unión y no la separación.

Para vivir el bien hay que hacer el bien, esta es una máxima que no podemos olvidar, siendo la actitud, el comportamiento y nuestras obras lo que lo define. Pensar en él, en su existencia, es importante, pero lo realmente transcendente es nuestra vivencia interior y nuestra forma de ser. Nuestro legado a las generaciones futuras son nuestras obras.

El bien nos estimula a mejorar la vida de los demás, teniendo en cuenta que mejorar la vida de alguien es mejorar la sociedad y la nuestra propia, haciendo que nos sintamos mucho mejor. Lo que hacen los demás nos afecta, de igual forma que lo que hacemos nosotros afecta a ellos; lo que quiere decir que los actos individuales siempre afectan al conjunto. Esta es la prueba de que las vidas van unidas entre sí y que el bien nos influye a todos por igual, aunque luego seamos nosotros los que decidimos vibrar en uno u otro estado.

No se trata de ser perfectos sino de mejorar dentro de nuestras posibilidades, ayudando con ello a mejorar la propia sociedad. Nuestra personalidad no se construye de hoy para mañana, pero sí se va definiendo pensamiento a pensamiento, por lo que sí debemos esforzarnos para que estos vayan buscando el bienestar común. De esta forma vamos alimentado nuestra naturaleza interior con la esencia del bien y mejorando continuamente.

La lucha entre el mal y el bien. La lucha que continuamente ejerce el mal contra el bien y que el bien mantiene para alejar el mal y derrotarle son realidades que nadie puede negar. Basta con observar nuestro propio interior y el de los demás para comprender que está latente en todos nosotros. Aunque nuestra naturaleza se expresa con una mayor tendencia hacia un lado o hacia otro, la lucha interna que a diario mantenemos terminará decantando nuestros actos hacia el bien o hacia el mal. ¿En qué parte queremos estar?

El momento más idóneo para inclinar la balanza de esa tendencia interior es precisamente en sus inicios, antes de que se haga fuerte mediante la intervención de nuestros pensamientos y sentimientos, pues cuando ha cogido energía ya resulta muy difícil de cambiar. Por eso influye tanto nuestra predisposición, porque representa el primer impulso hacia la acción, y cuando está inclinada hacia el mal es necesario el freno de la reflexión y la comprensión de las consecuencias de nuestros actos para poder equilibrarla y terminar viviendo dentro del bien.

Venimos comprobando que no es sencillo modificar nuestra naturaleza interior, pero la finalidad de nuestra vida consiste fundamentalmente en decantarnos hacia el bien, en todos sus sentidos y manifestaciones, pues podremos comprobar cómo ese estado de equilibrio y paz es el único capaz de permitirnos alcanzar nuestra plenitud y felicidad, ya que dentro del mal solo existen las vivencias contrarias.

Necesitamos alcanzar la liberación de todas las ataduras invisibles que están frenando nuestro progreso y nuestra plenitud. El odio, la rebeldía, así como todas aquellas actitudes mentales improcedentes, están representando un claro escollo que dificultan de forma notoria ese desarrollo personal que estamos buscando y que nos está generando tantas preocupaciones. La imaginación del temor con sus secuelas de indecisión, dudas, titubeos, e incluso fanatismos de diversa índole, crean un mundo imaginario cuyas redes dificultan nuestro desarrollo. La rebeldía en sus expresiones de incomprensión, belicosidad, sublevación e indisciplina, sesgan la lucidez de la mente y enredan la sensatez, sumiéndonos en un pozo oscuro del que resulta difícil salir. Y los desequilibrios generadores de disturbios psíquicos, incorrecciones y desestabilizaciones impiden la comprensión de lo real e imperecedero, entreteniéndonos en lo más superficial y perecedero.

El amor es el bálsamo de la vida y el camino de la autorrealización. El bien es el único camino que conduce a la plenitud y la felicidad que tanto anhelamos. Esta es una de esas realidades que podemos comprobar por nosotros mismos. Después de un acto de maldad, ¿cómo nos sentimos? ¿Y después de uno de bien?

Antonio Gómez Sánchez

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

Puede escuchar al autor en su podcast:  Aprendiendo a vivir mejor

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