Enfocando la actualidad

LA HOMOSEXUALIDAD

Iniciamos hoy un tema de gran importancia y trascendencia social a nivel humano y espiritual. El aspecto de la homosexualidad está presente en todos los países; unos, más avanzados intentan adaptarse a las circunstancias de este colectivo, y otros, intentan legislar para que los derechos de estas personas se vean reconocidos como el de los demás.

En muchos países de concepciones culturales y religiosas menos avanzadas, el problema de la homosexualidad se ve condicionado por estas circunstancias y se sufre persecución e incluso desprecio por parte de la sociedad. Además de todo ello, la moral hipócrita de algunas teologías, lejos de contemplar la homosexualidad como una circunstancia sexual del ser humano, la condenan y la estigmatizan, a veces incluso tratándolas como una enfermedad.

Los que abanderan estos postulados intransigentes, intentan “reeducar” a los hombres y mujeres que según ellos han equivocado sus preferencias sexuales, y se abogan el privilegio de la verdad y de la autoridad moral. Incluso se da la paradoja de que, aquellos que condenan y se convierten en jueces arbitrarios de la conducta de los demás, muchas veces carecen de experiencia suficiente para valorar el problema, pues en sus opciones de vida han elegido el celibato, con lo cual es difícil que puedan ser objetivos respecto a la problemática de estas personas que han elegido otra tendencia distinta a la suya.

Es preciso distinguir entre tendencias sexuales y tendencias reproductivas. Las primeras son las que nos ocupan en este artículo; y a saber, hasta el momento se constituyen en tres grandes grupos: la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad. Todas ellas han existido desde el principio de los tiempos; ya en las etapas primitivas los antropólogos han encontrado estas mismas tendencias en el comportamiento sexual del hombre. El análisis que podemos efectuar de esta cuestión habría de enfrentarlo desde dos vertientes, la biológico-psicológica y la espiritual. La primera contempla las tendencias biológicas y psicológicas en permanente contradicción, pues mientras el cuerpo biológico ostenta un sexo determinado, su condición psicológica le presenta la del sexo contrario.

 A no dudar, y desde la infancia, la persona sufre un conflicto interior por esta dicotomía de la personalidad, lo que le lleva a un sufrimiento interior que la mayoría de las veces se sufre en silencio, por miedo a los convencionalismos y prejuicios sociales. Este conflicto interior se ve agravado por las circunstancias exteriores de relación social; desde las primeras etapas de la vida, donde la persona se halla fuera de su ambiente al convivir en grupos sociales junto otros semejantes de su condición sexual contraria, no atreviéndose a afirmar su auténtica sensibilidad y tendencia psicológica.

 Esto le produce frustración, desesperación y angustia interior, tendiendo a negarse a sí mismo, a fin de ser aceptado por el resto del grupo social y enfrentando diversos trastornos de orden psicológico como falta de autoestima, capacidad de afirmación de la personalidad, tendencia a la introversión, etc. Si a esto último añadimos la condena social que esta tendencia sexual sufre en muchos países, por no decir su auténtica persecución, como ocurre en algunos otros donde es considerada delito y puede acarrear la prisión y la muerte; comprobamos entonces como las personas que interiormente sufren esta situación padecen una vida difícil donde el equilibrio y La Paz interior se ve constantemente amenazada por conflictos internos y represiones externas.

 Desde nuestro punto de vista, todos los seres humanos son dignos de respeto, sea cual sea su tendencia sexual, religiosa, política o social. Y por ello estas personas que eligen libremente sus aptitudes sexuales no deben estar exentas de los derechos y libertades de las que gozan otros grupos sociales por sus condiciones sexuales diferenciadas. Pasemos ahora a profundizar en el tema desde su origen; el auténtico motivo del porqué se viene a la vida con esta tendencia, sus implicaciones, su objetivo y las responsabilidades que conlleva. Partiendo del enfoque espiritual, comprendemos que venimos a la vida una y otra vez a través de la reencarnación; y sabemos de antemano que el espíritu no tiene sexo, sino que este es atributo del periespíritu y se programa en función de la planificación pre-encarnatoria que el espíritu viene a desarrollar.

 En función del trabajo y las circunstancias que venimos a realizar encarnamos de hombre o de mujer. Es nuestro espíritu el que planifica; y cuando se produce el fenómeno de la fecundación, ordena, moldea y prepara el periespíritu con las condiciones sexuales que le son necesarias para su progreso y realización en esa vida concreta y determinada. El periespíritu es el aglutinador celular que otorga las características al molde biológico que da origen a la primera célula (cigoto) que posteriormente desarrolla el feto del niño. Por ello el componente biológico nunca es contrario a la planificación espiritual.

 No obstante, en el transcurso de la evolución espiritual del ser humano, acontecen hechos y circunstancias que debemos enfrentar para superarnos a nosotros mismos, entre otros, alcanzar mayores progresos de crecimiento personal mediante retos personales y el esfuerzo por controlar nuestras emociones, sentimientos y pensamientos desordenados. Relatemos pues algunos ejemplos, desde el conocimiento de la vida espiritual, del porqué se producen determinadas circunstancias que condicionan al ser humano a esta tendencia sexual.

En primer lugar, cuando un espíritu viene a la tierra en distintas encarnaciones bajo el mismo sexo, el cambio en una nueva existencia al sexo contrario obedece a la necesidad de alcanzar experiencias concretas y particulares que no puede tener bajo su condición sexual anterior. Esta circunstancia hace que, si el espíritu no está muy adelantado, mantenga todavía en su interior condicionamientos pasionales, tendencias sexuales obsesivas y de otro tipo que condicionan su situación sexual bajo la premisa de varios siglos en el mismo sexo.

Al encontrase, de repente, en una nueva encarnación con el cuerpo biológico distinto del sexo que ha venido manteniendo durante siglos, su personalidad se resiente, sus tendencias le inclinan hacia la postura sexual contraria a la que ha venido teniendo, y esto es el inicio del conflicto psicológico que condiciona la nueva tendencia.

 También puede acontecer que, por hechos delictuosos del pasado, que atentaron contra la libertad sexual de los demás, que propiciaron las más bajas pasiones, como por ejemplo: la explotación sexual de otros en beneficio propio, el abuso promiscuo y sin control de la bestialidad sexual, las actitudes pederastas, y otras taras del comportamiento sexual desviado, se convierten en deudas contra la ley de causa y efecto, y el espíritu ha de corregir y pagar con su propio sufrimiento en una próxima encarnación.

Es entonces cuando, a las tendencias pasionales descontroladas que su periespiritu lleva consigo desde el momento de la reencarnación, se suma el conflicto de venir en un sexo al que se despreció, del que se abusó para propio beneficio, por propio egoísmo. Esto supone para el espíritu atrasado un enorme sufrimiento, que le es necesario para pagar los crímenes sexuales cometidos con anterioridad.

Por el contrario, si la persona de tendencia homosexual se trata de un espíritu de alta graduación espiritual, se liberará pronto del conflicto, pues sabrá sublimar la tendencia eugenésica y psicológica; canalizando la misma a través de proyectos y energías de bien que le ayudarán a vivir dignamente, no sin renuncia, no sin sacrificio y no sin tentaciones, pero este reto le conducirá a un mayor control mental y emocional.

Pero en ese esfuerzo, en ese trabajo arduo y difícil consigo mismo, alcanzará cotas de progreso importantes, dominando los instintos primarios que la materia propone y dirigiendo su auténtico ego superior, su propia vida, de forma consciente y responsable hacia grandes logros de equilibrio y paz interior. Amando profundamente a sus semejantes y dirigiendo sus esfuerzos hacia la auto-iluminación.

 Cuando la persona que viene con esa tendencia de la homosexualidad no tiene alcanzados valores ético-morales, inteligencia y progreso espiritual, le es muy difícil sustraerse a las pasiones que la materia propone, por lo que da rienda suelta a sus instintos primitivos a fin de solucionar el conflicto que late en su interior.

Sea como fuere, tanto la heterosexualidad como la homosexualidad, hay que enfocarlas, desde el punto de una elección que el espíritu asume para progresar, con todas las dificultades que ello comporta. En el caso de la homosexualidad son obstáculos más evidentes y complejos, pero tanto en una, como en otra tendencia, el ser humano puede superar sus indecisiones y complejos con una actitud de progreso y avance ético moral en sus actos diarios, comprendiendo la grandiosidad del sexo como energía creadora, su función elevada cuando se acompaña con amor, y sublimando sus pasiones por actos ennoblecedores; que le ayudarán a superar la difícil prueba que han traído a la tierra.

 No debemos confundir sexo con amor; el primero es una opción biológica y psicológica que forma parte de nuestra personalidad y nos ayuda a cumplir unos objetivos. El segundo es la máxima expresión de la ley divina. Todo el mundo que ama, sea cual sea su tendencia sexual, es un ser comprometido en el bien, porque el amor es dar sin esperar nada a cambio, es ayudar al otro porque nos necesita, sin que nos lo pida, etc.

Es por ello que, aquel que ama, no sólo se eleva sino que es digno de todo merecimiento y respeto ante las leyes divinas. Desconocemos la historia espiritual de los seres que venimos a la tierra; ignoramos sus procesos evolutivos, sus niveles de primitivismo o elevación moral. Tampoco sabemos las pruebas a las que se ha comprometido cada uno; ni las deudas que están obligados a saldar; por ello, amemos a nuestros semejantes, sin distinción de razas, sexo, religión o clase social.

Respetemos el libre albedrío de todos, siendo tolerantes y comprensivos con las faltas ajenas; siendo exigentes con nuestras propias miserias y debilidades; sólo de esta forma, cuando necesitemos comprensión la hallaremos, y cuando nuestra alma recurra al auxilio y a la solicitud de perdón, éste llegará a nosotros como bálsamo de liberación interior.

Antonio Lledó

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