LA AYUDA DIVINA

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La ayuda divina

La ayuda divina

Salvo algunos momentos de tregua, la vida está llena de problemas que son desafíos para el ser en evolución. Sin apenas tiempo, se suceden las complicaciones y se multiplican las situaciones delicadas y embarazosas… Algunas veces son las contrariedades familiares, en otros casos la falta de salud; también las dificultades laborales o económicas hacen acto de presencia, y un largo etcétera de situaciones que por un instante pueden complicar la armonía de la existencia.

En esa maraña de asuntos acumulados uno se pregunta: ¿Qué hacer? ¿Podré salir airoso de estos problemas? ¿Podré solucionarlos o al menos suavizarlos? ¿Voy a disponer de tiempo suficiente para encontrar una solución adecuada a cada caso y evitar que se agraven?…

Se trata de los grandes dilemas que a todos, en algún momento, nos aparecen en nuestra existencia.

El modo de lidiar con los problemas depende de la personalidad de cada individuo, del grado de autoestima que lleva al ser humano a confiar siempre en sus posibilidades, en sus capacidades; también en sus habilidades, experiencia e inteligencia para poder resolverlos. No obstante, en múltiples ocasiones aparecen cargas tan pesadas que sobrepujan cualquier límite personal, que van más allá de las posibilidades ordinarias, e incluso, de una inteligencia que muchas veces sobreestimamos al comprobar que las cosas no ocurren como pensábamos o habíamos calculado. Son situaciones límite que nos obligan a tener que mirar hacia arriba, solicitando ayuda a “Aquel que lo puede todo”.

Es cierto que no es necesario esperar a que la vida se complique para pedir ayuda a lo Alto. Sería un verdadero acto de humildad, comprensión espiritual y de fe mantener ese canal abierto en todo momento, tanto en las alegrías como en las tristezas. No obstante, nuestra inferioridad espiritual nos vuelve olvidadizos y despistados. Solo cuando aparecen los problemas de verdad es cuando nos vemos en la obligación de “situarnos en el escenario real que nos ha tocado vivir”, un mundo que nos exige sacrificios, cambios constantes, esfuerzos para rectificar errores del pasado o superar las malas inclinaciones y, de ese modo, iluminar la conciencia en dirección hacia un porvenir dichoso.

Consciente de todo ello, la Mentora Joanna nos invita a reflexionar con sus sabios consejos:

(*)Confía siempre en la ayuda divina.

La ayuda divina está inmanente en cada ser por los fuertes lazos que nos unen a Él; no hay que olvidar que somos sus hijos, creados a su imagen y semejanza. Por lo tanto, la confianza ha de ser plena y permanente.

Cuando te sientas sitiado, sin cualquier posibilidad de liberación, el socorro te llegará de Dios.

Los problemas debilitan, generan inseguridades y temor, también incertidumbre… Es normal; cuando alguien se siente amenazado, sitiado y sin un atisbo de encontrar una puerta de escape, es en esos momentos cuando hay que apelar a la confianza en Dios, en su socorro, en su ayuda inconfundible y segura.

Nunca dudes de la paternidad celeste.

 Dios es nuestro Padre Todopoderoso, de esto no cabe duda.

Si por un esfuerzo de la imaginación pensáramos en el mejor padre humano, el más perfecto posible, siempre sería un pálido reflejo de Aquel que nos creó. No existe amor comparable al suyo, no existe tampoco bondad, sabiduría o justicia que se les pueda igualar, ni tan siquiera acercarse a ella.

Si por un momento pudiéramos con nuestros limitados ojos, observar su grandeza e inmensidad, quedaríamos desbordados ante tanta belleza, tanto amor fluyendo a raudales en dirección a todas sus criaturas.

Dios vela por ti y te ayuda, no siempre como quieres, pero sí de la mejor forma para tu verdadera felicidad.

Ese amor perfecto, inefable, vela por todos, manifestándose en forma de ayuda permanente.

Nosotros, en nuestra limitada visión, somos apenas ciegos y no alcanzamos a comprender su forma sublime de actuar, llegando muchas veces a creer que la ayuda finalmente no nos va a llegar o de la forma que consideramos adecuada. Olvidamos que el camino hacia el progreso y la felicidad es largo, del que apenas vislumbramos unos pocos pasos. El Padre, sin embargo, contempla el horizonte y calibra mejor que nadie aquello que más nos conviene para la solución de nuestros problemas o para evitar males mayores. Una visión que es imposible a los ojos del ser limitado que somos, constreñido en un cuerpo físico, pero que Él sí posee en toda su plenitud.

A veces tienes la impresión de que el auxilio superior no vendrá o llegará demasiado tarde.

Pasa el tiempo, la angustia se acumula, los problemas se complican…

Nos falta fe, paciencia, ánimo en la lucha. Bajamos los brazos y nos abandonamos envueltos en pensamientos pesimistas, negativos y hasta rebeldes.

Decimos: “¡Ya es demasiado tarde!”, o “¡no llegará a tiempo!” “¡Es inútil cualquier esfuerzo!” “¡Ya no vale la pena!”… ¡Grave error!

Esa espiral pesimista nos incapacita para ver la solución. O dicho de otro modo, los árboles no nos dejan ver el bosque cuando en realidad están delante de nosotros. Es una cuestión de serenidad, de paz mental, de esa claridad que estimula la fe verdadera, la confianza irrestricta en quien lo puede todo.

Pasado el momento grave, constatarás que lo recibiste algunos minutos antes, siempre que hayas perseverado en su espera.

La palabra esperanza viene de esperar, del latín sperare. Siempre es necesaria la paciencia, saber aguardar con fe el momento propicio, el momento adecuado, sin que esto signifique permanecer de brazos cruzados. Es necesario perseverar hasta el fin.

Cuando llega la solución y uno hace balance (por desgracia muchos no lo hacen), se puede constatar que las cosas transcurrieron de la mejor forma posible.

Independientemente de la forma en que se resuelvan, es indudable de que quedan como experiencias valiosas; o pueden ser errores que nos marcan el camino por donde ya no debemos transitar, abriendo paso a nuevas vías que nos van a llenar de posibilidades, de un futuro mejor. O dicho de otro modo, se trata de la superación de ciertos obstáculos que nos impiden avanzar; al igual que un río que poco a poco va creciendo en dirección hacia el mar, pero de súbito se ve temporalmente detenido por obstáculos más o menos grandes… Según la dificultad, el tiempo a emplear será mayor o menor; no obstante, llegado el momento, cuando el río ha acumulado suficiente agua, desborda o sortea el obstáculo siguiendo su camino, pero esta vez con más caudal y más fuerza para proseguir.

En definitiva, ante los problemas que la vida nos pueda plantear, tanto si se van resolviendo como si no, debemos adoptar siempre una actitud positiva, dando gracias a Dios; porque Él nos ayuda siempre y nunca nos abandona, aunque no alcancemos a entender, de momento, el porqué de las situaciones que nos puedan estar ocurriendo.

Por lo tanto, confiemos siempre en el auxilio de nuestro Padre. Busquémoslo con el pensamiento, tratemos de sintonizar con Él para que nos muestre el camino en dirección hacia la plenitud.

La ayuda divina por: José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

(*)El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem 13,  de Joanna de Ângelis,  psicografiado por Divaldo Pereira Franco. (La ayuda divina).

 

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