ACTUEMOS SIN PRECIPITACIÓN

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Actuemos sin precipitación

Actuemos sin precipitación

Entre los múltiples dones que Dios nos ha concedido existe uno muy importante, y es el que podamos descubrir su grandeza a través de la propia experiencia, por los caminos de progreso incesante que Él mismo nos va trazando en las sucesivas existencias.

Somos sus hijos y quiere, por amor infinito, que nos acerquemos a Él.

Podría quizás habernos evitado ese camino tan largo, habernos creado directamente perfectos… Parece obvio que una perfección regalada no sería una autentica perfección, aunque esta sea una reflexión desde un prisma muy humano y material.

Todo tiene su momento… la semilla no eclosiona de repente y se convierte en árbol frondoso. Partiendo de la humilde simiente, va desarrollando poco a poco sus raíces, cada vez más profundas, para seguidamente erguir, aumentar su tronco y finalmente desarrollar sus ramas y sus hojas, hasta alcanzar su belleza y esplendor final. Para todo ese proceso necesita tiempo, maduración, consolidación. Cuando surgen las dificultades o la escasez, la humilde planta sabe esperar el momento más propicio, la oportunidad que le ofrecen, por ejemplo, las lluvias, un cambio de estación más favorable, etc., para desarrollarse y fortalecerse.

Paralelamente, en su largo recorrido, al espíritu en evolución le ocurre algo similar.

La Mentora Joanna nos aporta su sabiduría profunda, regalándonos las siguientes reflexiones a este respecto, que vamos a comentar brevemente:

(*)Tu experiencia es un valor que logras a través del tiempo, viviendo las lecciones de la vida, en tu proceso de evolución.

Las experiencias que vamos viviendo en el transcurso de la vida tienen un porqué y un para qué. Esto es algo que en algún momento de la evolución comenzamos a tener conciencia de ello.

Nuestro proceso de crecimiento espiritual es también muy similar a, por ejemplo, las distintas etapas que experimentamos a lo largo de la vida física; es decir, la infancia, juventud y madurez. Desde el momento en que nacemos nos llevan de la mano ante la indefensión y fragilidad que suponen los primeros años de nuestra vida. En la medida en que vamos creciendo, de forma gradual se van adquiriendo nuevas responsabilidades, comprendemos mejor nuestro entorno y empezamos a tomar decisiones, a caminar solos…

En líneas generales, si analizamos al espíritu encarnado y su recorrido evolutivo, observamos que también se le van sucediendo los ciclos. Partiendo de su etapa más primitiva, con el predominio casi absoluto de los instintos; comienza a desarrollar su inteligencia. Vendría a ser lo que denominamos como el ser fisiológico, es decir, aquel que tan solo se preocupa por comer, cazar-recolectar, dormir y reproducirse.

Con el paso del tiempo, tras numerosísimas existencias, el espíritu va desarrollando la conciencia, se va sensibilizando, forjando a través de las distintas pruebas, adquiriendo una cierta experiencia que le permite, poco a poco, distinguir lo real de lo ilusorio; comprende que la vida tiene un sentido superior, trascendente. Hasta que llegado un momento determinado de su trayectoria, mucho más espiritualizado y maduro, comienza a tomar las riendas de su destino, se identifica con el papel que ha de jugar en el concierto universal.

Camino recorrido, camino conocido.

El estudio, el afán por aprender, la curiosidad constructiva y saludable, la voluntad y el esfuerzo por ser mejor, por hacer el bien… son elementos que le aportan conocimiento, experiencia.

Por otro lado, siempre hay una primera vez para todo, puesto que somos creados iguales, con las mismas oportunidades de crecimiento que el resto de espíritus; no pueden existir diferencias de base. Por lo tanto, somos aquello que nos forjamos con nuestro esfuerzo a través de los caminos que transitamos y vamos descubriendo.

Frente a tal conquista, descubres que hay una gran distancia entre la teoría y la práctica.

Aquel que se esfuerza por alcanzar algo y finalmente lo logra, sabe lo que realmente cuesta. La teoría es el preámbulo de las realizaciones. Cuanto mayor es la dificultad, mayor es el mérito, el grado de satisfacción.

Hablar y teorizar es fácil, pero ser testimonio vivo, ejemplo de aquello que se trata de transmitir, solo está al alcance de unos pocos seres victoriosos y experimentados.

Aquel que está curtido en la lucha, en la superación personal, es consciente de sus limitaciones, de sus debilidades y en última instancia de que, sin la ayuda de Dios, no es nada. Lo cual le hace adoptar una postura humilde, de prudencia, moderación, de comprensión de los “otros”, que también atraviesan dificultades y pruebas.

Medita más, antes de actuar, tomando decisiones tranquilas y alentadoras.

Es impostergable meditar bien aquello que uno se propone hacer; nos referimos a cosas de importancia, que pueden no solo afectar a uno mismo sino también a otras personas. No es bueno dejarse llevar por impulsos, por las primeras impresiones, por arrebatos irreflexivos.

Siempre la serenidad, la reflexión, el tomarse un tiempo para madurar las ideas, serán los mejores remedios para acertar en las distintas situaciones. Poniendo el foco en el conjunto del problema, y no solo en una parte.

De igual modo, meditar ayuda a recogerse del ruido externo y a sintonizar con las fuerzas superiores, que siempre orientarán para tomar las mejores decisiones.

Cuando actúas por impulso, estás sujeto a errores graves.

Actuar por impulsos denota descontrol, falta de dominio. En algún momento, y con un comportamiento impulsivo, quizás se pueda posponer algún problema, pero no solucionarlo.

Con esa manera de actuar no se asimilan las experiencias, es imposible captar el mensaje que nos tratan de transmitir las pruebas de la vida. Lo normal es que se erre, además sin entender nada porque no ha habido tiempo de madurar las ideas que nos tienen que llevar a la toma de decisiones idóneas, complicando aún más las cosas.

En estas lides, también es importante no confundir el coraje con la precipitación, o la agresividad con el ser enérgico. Son cosas totalmente diferentes.

Hay acontecimientos que suceden en el momento propio, no obstante, es el hombre sabio quien establece la hora para las realizaciones superiores.

Solo el verdadero sabio sabe elegir bien los momentos adecuados para las realizaciones de importancia. Sabe esperar, comprender el entorno para actuar sin egoísmo, sin la precipitación que pudiera truncar unos buenos resultados.

Por lo tanto, la vida nos traza un camino, obedeciendo a unas leyes perfectas, a una planificación sabiamente diseñada de reparación y crecimiento. Es por ello que todo tiene su tiempo; tiempo para sembrar y tiempo para recoger.

Buscando siempre el equilibrio, el punto de sabiduría para elegir, sin precipitación pero sin demora, el momento adecuado. Sin que esto signifique que no se vayan a cometer errores; no obstante, siempre serán menores que cuando no existe orden ni previsión.

Para ir concluyendo, sepamos desarrollar la paciencia, la serenidad, el discernimiento apoyado en la oración, e incluso la resignación cuando sea necesaria, para adoptar las mejores resoluciones, y de ese modo evitar numerosos males, consecuencia de la precipitación o de la irreflexión, que desembocan siempre en situaciones lamentables, y que debemos de evitar a toda costa.

Actuemos sin precipitación por: José M. Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

 

(*)El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem 62, de Joanna de Ângelis; psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

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