ILUMINACIÓN: EL PUNTO DE INFLEXIÓN

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Iluminación: El punto de inflexión

“Su visión se aclarará solamente cuando usted pueda mirar en su propio corazón. Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta” 

 Carl G. Jung – Psicoanalista

La iluminación interior del alma humana es el punto de inflexión en el que el espíritu descubre su auténtica realidad, aun estando con cuerpo físico. Pero ¿en qué consiste? ¿Cómo se alcanza? ¿Podemos conquistarla antes o después?

Son varios los ejemplos de seres encarnados que alcanzaron la iluminación estando en la Tierra; figuras como Jesús o Buda son evidentes iluminados. Recordemos las palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue nunca andará en tinieblas”, o incluso el propio nombre de Buda, que significa: “El iluminado”. 

Sin embargo, a lo largo de la historia han existido otros muchos hombres que alcanzaron la iluminación: Krishna, Sócrates, Francisco de Asís, Gandhi, Madre Teresa, por poner algunos ejemplos. Muchos de ellos fueron hombres y mujeres como nosotros, con sus problemas y necesidades, hasta que, llegado un momento en su vida, alcanzaron este estado de conciencia que se corresponde con el de Conciencia Trascendente del que hablamos en un artículo anterior.

Sin duda, en psicología la iluminación (auto-realización en el lenguaje psicológico) fue estudiada profundamente por Carl Gustav Jung, llegando a la conclusión de que supone la individualización del ser, el dominio de sí mismo, el triunfo del “self” sobre el “ego”. En otras palabras: el triunfo y dominio del espíritu o la psique sobre la sombra o los instintos primitivos (violencia, ira, egolatría, etc.) del cuerpo físico.

Pero aunque todos podemos alcanzar la iluminación, es preciso saber cuáles son los requisitos imprescindibles para dominar ese ego y liberar nuestro espíritu, permitiéndo que sea la propia alma la que tome las riendas de nuestra vida. El primer paso es el autoconocimiento; más de cuatro mil años antes, en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos rezaba: “Conócete a ti mismo”.

Conocerse, dominarse y vencerse a uno mismo mientras se proyecta hacia los demás en una causa noble que otorgue un sentido profundo a su vida, y amando sin medida a todo lo que existe o tiene vida, son las claves de la iluminación interior, a las que hay que añadir la meditación, la oración, la introspección y el auto-análisis permanente como herramientas que colaboran en el proceso.

El auto-análisis equivaldría al usado término del “examen de conciencia” que muchas religiones y filosofías recomiendan a sus seguidores, y que San Agustín explicó de forma magistral. Es un trabajo diario en el que comenzamos a conocernos realmente como somos, examinando nuestra conducta personal respecto a los demás y a nosotros mismos. De esta forma dirigimos nuestros esfuerzos “hacia dentro de nuestra alma” y comenzamos a vislumbrar nuestras flaquezas y debilidades; no para rechazarlas, pues ellas vuelven una otra vez al formar parte de nuestro acervo personal inmortal, sino para aceptarlas y conocerlas mejor a fin de ir cambiándolas paulatinamente por el hábito contrario que modificará nuestra conducta, haciéndonos mejor día a día.

Si hablamos de lo mismo en términos de la psicología analítica, Jung, con notable claridad, dijo: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciéndose consciente de la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”. Hacer consciente la oscuridad es conocer las debilidades, imperfecciones e instintos que nos dominan para ir corrigiéndolas y evitar que sigan perjudicándonos sin darnos cuenta en el futuro. Si seguimos inconscientes de su existencia nunca podremos erradicarlas y mucho menos impedir que  sigan acompañando nuestra alma en el transcurso de los siglos.

Este viaje al interior, que es prioritario para el alma del hombre que desea iluminarse, es preciso acompañarlo con algunas cosas que nos ayudan, como la introspección y la meditación, mediante las cuales nos hacemos conscientes de “lo que somos” y “por qué estamos aquí”. Descubrimos entonces que somos espíritus inmortales, almas inmersas en un proceso evolutivo que dura miles de años, y que posee un destino final de felicidad y plenitud extraordinarios.

 Si la introspección va acompañada de un conocimiento espiritual profundo de las leyes espirituales que rigen la vida del alma, mucho mejor. Pero en el caso de que así no fuera, basta la voluntad por mejorarse, por corregirse, por vencerse a sí mismo y ofrecer lo mejor de lo que somos a la vida (“no esperar que la vida nos dé”) para ir poco a poco alcanzando ese punto de conciencia que nos abre la puerta de la felicidad interior de nuestra alma, de la paz y serenidad inconmensurable. Esta será mucho más fácil de alcanzar si comprendemos que una Causa Primera es el origen de todo lo que existe, que sustenta eterna y permanentemente la vida y que podemos llamarle Dios, Mente Universal, Conciencia Superior, etc., (el concepto lo dejamos a criterio de cada cual).

Cuando el alma ya asume que su origen es divino, creada en su esencia por esa Grandiosidad Cósmica, tiene la certeza de saberse amparada en todo su recorrido por su creador. Esta seguridad le ayuda notablemente, pues comprende que su mente no es más que un reflejo de la mente divina, que su conciencia no es otra cosa que el lugar donde su creador ha esculpido las leyes que rigen la vida y el universo (el libro de instrucciones) y mediante las que hay que conducirse en la trayectoria hacia la felicidad.

 A partir de aquí entiende definitivamente que los atributos latentes que posee son los mismos de la divinidad; con ello afirma su identidad, se considera igual a todas las demás almas y se convence de la capacidad de alcanzar la plenitud y la dicha que le esperan a través de su propio esfuerzo y libre albedrío en el desarrollo de las cualidades divinas que posee interiormente.

De esta reflexión y de la observación de la intervención del creador en todo lo que existe surge el sentimiento de gratitud hacia Dios, y con ello, la necesidad de amarlo, adorarlo, agradecerle y pedirle. Comienza así el desarrollo de la oración, no solo como un acto de sumisión a Dios, sino de agradecimiento por la vida, por todo lo que en ella acontece (de bueno o de malo para el alma) pues su consciencia le permite vislumbrar que la infinita misericordia y amor de esta Fuente Creadora coloca lo adecuado a su alrededor para permitirle el mejor camino de progreso y avance hacia su plenitud.

La oración y su extraordinaria fuerza es el hilo conductor que nos mantiene permanentemente conectados a nuestro creador, e incluso nos ayuda a desarrollar el Dios interno que somos y que todos llevamos en nuestra alma. Ya lo dijo el Maestro Jesús: “Vosotros sois dioses”; “Todo lo que yo hago vosotros también podéis hacerlo”.

Cuando el ser humano se autoilumina supone para el alma humana el punto de no retorno en su trayectoria inmortal. A partir de este momento nunca más camina desviada de su senda, de su objetivo, pues ya alcanzó la claridad mental y la fortaleza precisa en la que nada ni nadie le puede desviar del objetivo que se propone. En palabras de Jung, es el momento en que la integración del “self con el ego” permite que el primero pase a “dirigir conscientemente” la vida del individuo.

Este camino recto que inicia el alma a partir de este punto de inflexión lo trataremos en el próximo capítulo. Las aportaciones y explicaciones sobre el mismo vienen dadas por los “ejemplos, palabras y experiencias” conocidos de aquellos que alcanzaron este estado y de las coincidencias que todos ellos manifestaron en su paso por la tierra. Todo ello puede servirnos de rumbo cierto para que, al igual que ellos, seguir ascendiendo en la empinada cuesta de liberación de nuestro auténtico yo inmortal.

Iluminación: El punto de inflexión por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

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