ETERNA LUCHA

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Eterna lucha

La Luz contra la Oscuridad

“El mal que no me perjudica es como el bien que no me aprovecha”.

Leonardo Da Vinci

En la constante y eterna lucha de la luz contra la oscuridad, del bien contra el mal, el ser humano consume siglos, civilizaciones, hitos trágicos y dramáticos como las guerras, las catástrofes naturales, hambrunas, epidemias, así como también eventos que impulsan a la humanidad hacia el bien y el progreso.

Hace tiempo que la infantilidad en las mentes y reflexiones de los humanos dejaron de considerar que las causas de sus males eran producidas por los caprichos de dioses frívolos o violentos para instalarse en trasladar las responsabilidades del mal a los otros, a la suerte, el azar, los poderes económicos o políticos, etc. 

Un análisis serio de las causas que provocan el mal en el mundo, las desigualdades sociales y económicas, la violencia, la falta de ética, el abuso del más fuerte, la falta de respeto por los demás, etc., nos pone siempre frente al espejo. O lo que es lo mismo, siempre el origen está en la acción y actuación del ser humano, por dos causas principales: el Egoísmo y el Orgullo.

“No hagas el mal y no existirá”.  León Tolstoi – Escritor

Y el egoísmo es precisamente el que permite que se libere del interior del ser humano sus tendencias egocéntricas que no tienen en cuenta en absoluto al semejante, buscando únicamente satisfacer sus deseos egoístas aunque con ello el mal interior tenga que aflorar y perjudicar a otros. Unas veces de manera inconsciente y otras conscientemente, la persona atrasada moralmente utiliza todos los recursos a su alcance sin importarle absolutamente el bien de los demás, o incluso el suyo propio, con tal de alcanzar el anhelo, el deseo o la ilusión que domina su mente y es su objetivo inmediato.

“El bien es lento porque va cuesta arriba. El mal es rápido porque va cuesta abajo”. Alejandro Dumas – Escritor

El mal no tiene vigencia ni realidad si Dios no existiera; pues entonces no habría una ley moral que sancionara aquellos actos que cometemos contra ella. Y la prueba de la existencia de esa ley moral es el hecho de que, cuando realizamos algo incorrecto, una voz interior a la que llamamos conciencia suele, antes o después, recriminar el acto cometido aunque nos cueste reconocerlo. El sentido moral es un elemento más de nuestra conciencia, donde Dios colocó las leyes divinas que deben guiarnos hacia la perfección de la luz, desterrando así las sombras. El discernimiento es la capacidad de distinguir el bien del mal que evoluciona y crece con el desarrollo del sentido moral.

La conciencia actúa como un gendarme que nos recrimina los actos contrarios a la ley de Dios. Y cuando estos son lo suficientemente graves y perjudiciales, nos advierte de muchas maneras que estamos comprometiendo nuestra felicidad y dicha futura; y tales maneras acaso sean los remordimientos, los sentimientos de culpa, la frustración o la angustia por haber perjudicado a alguien o a nosotros mismos con tal de obtener momentos efímeros de felicidad que apenas duran y luego tienen costes gravísimos para la economía de nuestra alma. El mal tiene un coste altísimo para nuestro futuro y presente. 

“Jamás se pierde el bien que se hace”. François Fenelón – Escritor

Por otro lado, cuando encaminamos nuestra vida y la comprometemos en el ejercicio del bien, la paz interior y la conducta recta generan una expectativa de dicha, armonía y equilibrio interior que nos ayuda sobremanera a superar cualquier dificultad, por difíciles que sean las circunstancias. Todo el bien que realizamos queda indeleblemente grabado en nuestra alma y nunca se pierde, generando los hábitos de conducta que pervivirán en nuestra alma a partir de ese momento y por toda la eternidad.

Extrapolando el bien y el mal del interior del ser humano como la lucha entre la luz y la oscuridad, aparece la cualidad del libre albedrío y el poder de la voluntad para guiarnos y permitirnos tomar las decisiones correctas y adecuadas que construyan un futuro más feliz y en libertad. No es por acaso que la máxima del Maestro de Galilea: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, sea hoy una evidencia imprescindible para conocer el futuro de nuestra alma inmortal.

¿De qué nos hará libres el conocimiento de la verdad? Nos liberará del error, de la ignorancia, de los vicios, de la esclavitud de las adicciones, de las pasiones disolventes, del mal y de la oscuridad. Todo ello desaparece cuando optamos por hacer el bien, y si procuramos asociarnos con otros en el ejercicio de este bien, en causas nobles y altruistas (sociales, espirituales, económicas, etc.), estamos generando la energía y las sinergias para desterrar el mal del entorno donde estas acciones de bien tienen lugar. 

“Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”. Edmund Burke

Por ello es tan importante la acción en el bien, las buenas obras, que contagian con su ejemplo las conductas de los hombres que aún dudan hacia dónde inclinar su voluntad y sus decisiones. Desterremos el mal mediante el ejercicio del bien y mediante el discernimiento que estas actitudes nos permiten; elevemos nuestra conciencia para mayores estadios de elevación y equilibrio espiritual que nos permitirá ganar la eterna lucha, la gran batalla. Una batalla que se inicia primero en nuestro interior, disciplinando nuestra alma para alcanzar las decisiones que espiritualmente más nos benefician.

Esta gran batalla es el comienzo para ganar la guerra, esa permanente lucha contra nuestros residuos equivocados del pasado que aún residen en nuestra alma a consecuencia del ejercicio del mal en épocas pretéritas y que, con nuestras nuevas decisiones en pro del bien, van perdiendo fuerza y notoriedad, muriendo por inanición al no encontrar eco en las acciones que realizamos, al ser estas ya contrarias al egoísmo y el orgullo que nos dominó tiempo atrás y que ahora ha sido sustituido poco a poco, paulatinamente, por nuevos cambios y tendencias de signo contrario dirigidos al bien común, al amor al prójimo y a la propia redención moral de nuestra alma.

La guerra está ganada en el futuro, las batallas las hemos de librar cada uno de nosotros con esfuerzo, valentía y mérito. Tenemos las referencias de los grandes espíritus que antes de nosotros encarnaron en la Tierra y nos demostraron cómo vencer a la oscuridad que todavía reside en nuestra alma y que hemos de depurar mediante nuestra acción en el bien. Tomemos su ejemplo y abramos la luz en el interior de nuestra alma, pues allí reside desde que Dios la creó a su imagen y semejanza. Sólo hemos de disipar la sombra que la opaca y la oscurece, impidiendo que aflore la auténtica naturaleza de nuestro espíritu inmortal que lucha por liberarse de la oscuridad para emerger con esplendoroso brillo, tal y como su esencia divina demanda y exige.

Paz y Amor para todos.

Eterna lucha por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

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