Esclavitud: Los vicios
Una de las cegueras del alma más evidentes y que precipitan al ser humano hacia el abismo de su propia autodestrucción son los vicios y las pasiones desordenadas.
Sin duda, la primera de las consecuencias que los vicios y pasiones generan en el alma humana es la “esclavitud” que se produce mediante el mecanismo mental y emocional que nos encadena a estas taras morales por las que algunos pasamos, antes o después.
Darse cuenta de la dependencia que estas actitudes malsanas suponen para nuestra alma y nuestro cuerpo son precisamente las primeras luces de claridad que penetran en nuestra mente para luchar contra estas lacras que, sin querer, alimentamos por repetición y automatismos a causa de nuestras taras morales arrastradas desde tiempos pretéritos.
Pero darse cuenta no es superarlas ni erradicarlas de nuestra conducta. Un gran psicoterapeuta lo resumía de esta forma: “No podemos cambiar nada sin antes comprender”. “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”.
La mayoría de las veces no es suficiente saber que estamos esclavizados a nuestros vicios y pasiones, es preciso aceptar que los tenemos. Sólo así nos hacemos verdaderamente conscientes de los mismos y podemos comenzar a luchar por transformarlos.
Es preciso cambiarlos aprendiendo cómo se manifiestan, cómo nos dominan, conociéndolos y no reprimiéndolos. Se trata de aprender, no de reprimir. Para iluminar nuestra conciencia y despejar la ceguera que los vicios nos producen necesitamos hacer, conscientes, esta oscuridad, para, una vez conocida, transformarla y dominarla con nuestra voluntad de cambio, el libre albedrío y la capacidad de decidir por nosotros mismos qué queremos para nuestra vida.
Sin duda, los perjuicios que los vicios son capaces de generar en el alma humana son enormes. No sólo es la libertad perdida al abandonarnos a ellos, sin capacidad de domeñarlos mediante la fuerza de nuestra voluntad, sino el daño que indirectamente llevamos a nuestra vida y a la vida de los demás.
Este daño comienza por nuestro propio equilibrio mental-emocional, que se ve perturbado por esta ceguera del alma que nos induce una y otra vez al dominio del vicio esclavizador, aunque para ello no dudemos en traspasar las líneas de la libertad, el respeto o el afecto de los demás. Todo es válido con tal de satisfacer la adicción mental-emocional que el vicio nos impone.
Es una auténtica oscuridad la que envuelve nuestra alma en estos periodos de dependencia que somos incapaces de evitar en muchas ocasiones. Sólo un tratamiento profesional adecuado, seguido de un cambio de conducta en la comprensión de las leyes superiores de la vida, nos hará ver la necesidad de salir del egoísmo compulsivo al que los vicios nos condenan.
Hay muchos tipos de vicios; no sólo materiales como las drogas, el alcoholismo, la lujuria, la gula, etc., existen otros vicios de tipo moral, fuertemente enraizados en el alma humana, como el ansia de poder, la pulsión del orgullo exacerbado, la arrogancia permanente de la soberbia que nos hace creernos superiores a los demás, la tendencia a imponer a los demás nuestras formas de ser y de pensar, etc.
Cuando estas actitudes se siembran en nuestro interior y arraigan fuertemente, el sufrimiento que causamos y que posteriormente la ley de causa y efecto nos devolverá proporcionalmente nos colocará frente al espejo de nuestra negligencia, de nuestra falta de control, de nuestra incapacidad de amar y de comprender a los demás.
La oscuridad que esta ceguera espiritual de los vicios lleva al alma humana trasciende el plano físico, condicionando actitudes, tendencias, formas de pensar y sentir que no acaban con la muerte del cuerpo físico, sino que continúan -más vivas si cabe- en el otro lado de la vida.
Es allí cuando nos damos cuenta del auténtico drama que los vicios nos suponen, pues seguimos pensando y sintiendo igual que cuando estábamos en la Tierra con cuerpo físico; pero allí ya no tenemos un cuerpo con el que satisfacer esos vicios que nos condenaron a una vida indigna y frustrante. Y entonces comprobamos que el sufrimiento que sentimos no puede verse satisfecho al no tener el vehículo físico que nos ayude a satisfacerlo.
Nuestra mente -poderoso imán que nos dirige también en el plano del espíritu- necesita de alguna manera satisfacer esas tendencias viciosas que no hemos sabido erradicar, y por ello nos acercamos a aquellos que -aún con cuerpo físico- tienen tendencias similares a nosotros, vicios parecidos a los que teníamos cuando estábamos en la Tierra.
El motivo de este acercamiento no es otro que intentar satisfacer las fuertes necesidades que el vicio nos impone, y que sin cuerpo no podemos en absoluto cumplimentar. Si fuimos alcohólicos, nos acercaremos a personas y ambientes donde se respiren estas tendencias con el fin de aspirar, de alguna forma, el éter que el alcohol desprende, conectando así con las mentes de aquellos que piensan y sienten como nosotros, alimentándonos de sus propios pensamientos y emociones.
En una palabra, comportándonos como auténticos parásitos de aquellos que, como nosotros, se encuentran esclavizados todavía a los vicios compartidos. Es difícil superar esta ceguera que nuestra mente, nuestras emociones desordenadas y nuestras tendencias perturbadas nos imponen.
No obstante, el sufrimiento siempre nos hace despertar a la realidad del cambio necesario para transformar la vida esclavizada en una vida de libertad. Una vida donde podamos dirigir conscientemente nuestros actos, respetándonos en primer lugar a nosotros mismos, para no comprometer nuestro futuro en una plaga de desdichas como consecuencia de la escasa vigilancia y control de la voluntad propia.
Esclavitud: Los vicios por: Benet de Canfield
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