ENFRENTANDO LOS PROBLEMAS

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Enfrentando los problemas

Enfrentando los problemas

No existe ser humano que no enfrente problemas. Forman parte de la naturaleza del ser en evolución.

Un problema es un reto para el espíritu que quiere progresar, avanzar en su camino.

Nada se logra sin trabajo o sin esfuerzo.

Cuando un escollo ha sido superado aparece otro, y después otro, y así sucesivamente en el transcurso de la existencia, e incluso, más allá del cuerpo físico, puesto que en el mundo espiritual también se trabaja y se avanza, tanto o más que aquí.

Los problemas muchas veces constituyen pruebas para el espíritu, para despertar la inteligencia, la paciencia, la resignación, la perseverancia, la fe en “quien lo puede todo”.

Los avatares de la existencia generan movimiento, y el movimiento nos lleva, inevitablemente, al crecimiento del ser.

Somos el resultado de un pasado lleno de experiencias y vicisitudes y nos encontramos en el punto exacto, el adecuado para seguir creciendo, en base a una programación espiritual sabiamente diseñada a nuestro favor.

Tenemos las herramientas, los mimbres, solo falta ponernos manos a la obra.

Una vez más, la mentora Joanna aborda de forma sencilla pero profunda una cuestión tan importante.

Los problemas son desafíos para el hombre. Toda persona que piensa enfrenta problemas, ya que la vida en el cuerpo transcurre bajo la acción de variadas situaciones difíciles.

La vida compleja nos traza un camino inevitable que nos plantea desafíos constantes. Unos nacen con más facilidades materiales que otros, no obstante, no existen privilegios para nadie, llevamos marcados en la frente un destino común por el que debemos luchar.

Ya desde el nacimiento, con el aire que entra en los pulmones, la nueva criatura llora para romper el primer escollo que le va a permitir pertenecer al mundo corporal.

Pienso luego existo”, reza la famosa frase del filósofo francés del siglo XVII René Descartes. El pensamiento es movimiento y al mismo tiempo responsabilidad; a través de él tomamos decisiones, enfrentamos los problemas inherentes a la propia vida; unos como repetición de situaciones pasadas no superadas o asimiladas adecuadamente, otros como experiencias nuevas que habrán de abrir nuevos senderos cada vez más complejos para seguir elevándose ininterrumpidamente.

Aprende a convivir con ello, intentando resolverlos, si es posible, solo.

Se trata de una mochila personal e intransferible. Nadie puede cargar con nuestro fardo; del mismo modo, nosotros tampoco podemos resolver o cargar con los problemas ajenos, por mucho que podamos desear ayudar a alguien. Sin embargo, cuando la Mentora nos habla de resolverlos solos, no nos está hablando de soledad absoluta, porque indudablemente nunca estamos solos. Como nos dice la doctrina espírita en la pregunta 459 del Libro de los Espíritus: “La influencia de los espíritus es mayor de lo que creéis, pues muy a menudo son ellos quienes os dirigen”; lo cual significa que la ayuda siempre está si la sabemos aprovechar; para ello debemos recurrir a la oración y a una reflexión serena.

Si no lo consigues, busca la experiencia de otro y lucha hasta solucionarlos en el momento apropiado. No los trasfieras para los otros, que también los tienen, aunque no lo demuestren.

Hay momentos en que la introspección e incluso la oración no nos aclaran de forma nítida los caminos a tomar; es decir, a encontrar la solución más adecuada a la situación que uno enfrenta. En ese caso, es necesario tener la suficiente humildad para recurrir a manos ajenas, a la experiencia de otros que han podido pasar por situaciones similares y recibir sus consejos, sus orientaciones, sin que ello suponga trasladar el peso del trabajo a otros, puesto que ellos también tienen asuntos para resolver y que también les mantienen muy ocupados.

Es falta de respeto sobrecargar al prójimo con nuestros problemas, sin considerar las aflicciones que, ciertamente, pesaran sobre su existencia.

Sin duda, es una falta de respeto y una manifestación de nuestro egoísmo si obramos de esa manera, porque añadimos una nueva carga a alguien que ya de por sí tiene sus propias dificultades; algo que, por lo general, desconocemos o preferimos ignorar, centrados como estamos exclusivamente en nosotros mismos. Se trata de una actitud que no nos podemos permitir si realmente apreciamos y valoramos a los demás.

Esto suele ocurrir muchas veces en el ámbito laboral, donde el que posee un rango superior se cree con ciertos derechos, no siempre legítimos; también por un exceso de confianza o por una amistad mal entendida; sin olvidar lo que respecta al ámbito familiar, en las relaciones entre hermanos, o incluso y peor aún, entre padres e hijos, malinterpretando los vínculos familiares con obligaciones que no corresponden, transfiriendo de forma arbitraria y descontrolada tareas que atañen exclusivamente a cada uno; como decíamos anteriormente, con carácter personal e intransferible.

En este último caso, en lugar de ayudar lo que se hace generalmente, por parte de los padres hacia los hijos, es perjudicar, puesto que acostumbramos a que transfieran las situaciones que les molestan o perturban, impidiéndoles que maduren y experimenten por sí mismos las dificultades, creando una barrera protectora artificial que, en lugar de fortalecer, lo que hace es debilitar o atrofiar las aptitudes, las capacidades que cada uno de ellos ha venido a desarrollar, causando un perjuicio de complicada reparación.

Un problema hoy solucionado es lección para los que están por venir.

Sin ninguna duda, cuando conseguimos resolver algún problema importante, esto supone un avance para el espíritu extraordinario, puesto que significa una lección que nos aporta madurez, experiencia, lo cual nos capacita para afrontar nuevos retos que a buen seguro deberán llegar, más pronto o más tarde. Ese es nuestro fatalismo real, crecer hacia la plenitud, hacia esa perfección de la que nos hablaba el Maestro hace dos mil años: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Tarea que nos ocupa todo el tiempo en el devenir de las diferentes existencias, reguladas por las mismas Leyes Divinas que ese mismo Padre nos proporciona a todos sin excepción.

Aprende a resolverlos, para vivir en paz.

Resolver los problemas que la vida nos aguarda es un aprendizaje impostergable e intransferible; nuestra paz de espíritu depende de ello. Se trata de esa paz que permite una felicidad relativa, aquella a la que podemos aspirar en este mundo, y, sobre todo, posteriormente en el retorno a la vida espiritual.

No existen fórmulas mágicas ni remedios extraordinarios. El milagro verdadero está en nuestra propia esencia, en ese potencial divino que todos albergamos en nuestro interior esperando a ser estimulado para que crezca frondoso y bello. Las herramientas necesarias para que ello ocurra las poseemos, a saber: La voluntad, el esfuerzo, el trabajo persistente y la fe en Aquel que todo lo puede.

José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

(*)El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, Ítem 190,  de Joanna de Ângelis, psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

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