RESCATE, EXPIACIÓN Y PRUEBA

0
123
Rescate, expiación y prueba

Rescate, expiación y prueba

P: ¿Cuál es el sentido de la Reencarnación?
R: La expiación y el mejoramiento progresivo de la humanidad.
¿Dónde estaría sin eso la justicia?
Allán Kardec, L.E, Ít: 167

Como podemos deducir de la frase que encabeza este artículo, la expiación o pago de las deudas contraídas en vidas anteriores es, a no dudar, necesaria e imprescindible consecuencia de las vidas sucesivas.

El mundo en que vivimos está considerado como un mundo de expiación y prueba. Expiación, porque venimos a expiar las propias faltas realizadas en el pretérito para equilibrar nuestro saldo con la ley, alcanzando la armonía y la paz que el crimen, el remordimiento y la culpa nos impide conquistar.

Toda expiación es también una prueba para el alma encarnada, pues supone obstáculos que debemos enfrentar y que nos colocan ante la tesitura de afrontarla, intentar huir de ella posponiéndola (algo imposible), o sufrirla con resignación o con rebeldía. No obstante, si toda expiación supone una prueba, no todas las pruebas son expiaciones, como ocurre con aquellas pruebas elegidas voluntariamente por espíritus de elevada condición que vienen a la Tierra y las enfrentan con valentía para dar ejemplo y sin tener débitos que reparar en ese sentido.

La conciencia, como la mayor fuerza del alma, es el juez supremo que siempre nos acompaña; antes, durante y después de la vida. Ella registra con minuciosidad y precisión nuestros desvíos y torpezas con las leyes de Dios. Y ella misma se encarga de colocar a nuestra vista los errores y los aciertos. Por ello, las actitudes de fuga, de distracción o de aplazamiento de rescate de los débitos contraídos son inútiles, van con nosotros; y si no son afrontadas en el momento planificado en cada existencia, son pospuestas con mayor gravedad para un futuro próximo en una nueva existencia, al haber despreciado la oportunidad de resarcirlos de forma más fácil y efectiva. “Nadie escapa a su conciencia”.

El conocimiento de cómo actúa la Ley de Causa y Efecto (“La siembra es voluntaria, la cosecha obligatoria”) que la Reencarnación nos ofrece, aclara con magistral sentido de la justicia los procesos y los mecanismos de esta ley universal que nos devuelve, antes o después, lo que hacemos, lo que sentimos o pensamos.

El recurso inexorable para el alma es el tiempo que, analizado desde el punto de vista de la Justicia Divina, se constituye en una gracia, en un valor que la misericordia divina nos permite para rescatar las deudas mediante las experiencias en las vidas sucesivas. Por ello, el tiempo es una bendición que nos permite dulcificar el pago de nuestras deudas, siempre y cuando hayamos modificado nuestra actitud y decidido inclinarnos por el bien y el cumplimiento de las leyes morales que gobiernan el proceso evolutivo del espíritu.

Así pues, mientras expiamos nuestras faltas, tenemos la oportunidad de aligerar las consecuencias de las mismas con nuestra actitud en la Tierra, mediante el ejercicio del bien, el perdón y la abnegación. El sentido de la Ley de Causa y Efecto es educador, no punitivo. En esto se diferencia del Karma, con el que a veces se la confunde. El Karma supone acción y reacción en la misma proporción e intensidad. La Ley de Causa y efecto nos permite rescatar y dulcificar las consecuencias de nuestros actos delictuosos si nos hemos dedicado a la regeneración moral y al camino del bien de forma honesta y desinteresada.

Esto es importante, pues no solo es un hálito de esperanza y fortaleza para enfrentar las pruebas y expiaciones que debemos afrontar, sino también es indicador de la misericordia divina, que colocó esta ley subordinada a la Ley del Amor, Justicia y Caridad, que rige principalmente la evolución del alma.

Existen varios tipos de deudas, rescates y expiaciones que debemos explicar y que nos ayudarán a entender con lucidez y claridad cómo se lleva a cabo el rescate de las faltas cometidas para reeducarnos y regenerar nuestros espíritus en el camino recto que nos conduce a la plenitud, la felicidad y la paz a la que estamos destinados. La reencarnación nos ofrece los ejemplos de arrepentimiento, expiación y reparación de las deudas contraídas con el prójimo o contra nosotros mismos. Por ello, analizaremos a continuación las clases de reparaciones a las que optamos en ese proceso del reeducación del alma, que a veces comporta siglos de sufrimiento y turbación cuando nos empecinamos en el camino del mal y del error.

Uno de los tipos de rescate que a veces se producen en la experiencia humana del espíritu endeudado es el de la “deuda interrumpida”. Esta acontece cuando un espíritu culpable que asumió su deuda a pagar en la Tierra, con determinadas pruebas y expiaciones, no es capaz de afrontarlas debidamente y renuncia al compromiso adquirido consigo mismo y su conciencia. Muchas veces opta por la fuga de la responsabilidad e interrumpe el rescate que le correspondería. En este caso, deberá volver más tarde, en otra vida, a resarcir las deudas que ahora olvida. Y si, aquellos a los que debía reparación, avanzan mientras tanto en su camino de progreso, este que se retarda en cumplir su propio programa de redención no podrá quejarse de que los demás avancen.

Hablemos ahora del caso contrario; el correspondiente a la “reparación aliviada” es el de aquellos espíritus que reconocen sus crímenes o errores cuando retornan al espacio y, sinceramente arrepentidos, aceptan una nueva existencia de sufrimiento y abnegación para reparar sus faltas, ejerciendo el bien a todas horas, sin importarles las dificultades, ganando tiempo y adquiriendo méritos ante la ley del amor, ayudando a los otros, perdonando a aquellos que les ofenden o agravian. Esta actitud aligera el alivio de sus expiaciones de tal modo, que los sufrimientos físicos o morales que aceptaron sufrir se ven limitados y dulcificados, pues como reza el dicho, “El amor cubre numerosos pecados”.

El tercer tipo de rescate de nuestras faltas puede ser calificado como el de “expiación agravada”, y hace referencia a la repetición del crimen cometido en una vida contra un ser querido que viene a repararse, siendo así que el resentimiento, la animadversión, las relaciones o condiciones de la nueva existencia y las tendencias o la culpa del deudor sobre el acreedor, le impulsan a volver a cometer la misma falta contra los mismos acreedores del pasado. Esto agrava notablemente la situación del deudor, y en muchos casos la salida más penosa y habitual es el suicidio derivado del remordimiento que no le permitirá tener paz ni serenidad interior, al repetir en el crimen que prometió reparar.

El “rescate estacionario”, también denominado como “deuda congelada”, hace referencia a los espíritus malvados que durante siglos se dedicaron al crimen; a provocar homicidios, rebeliones, suicidios, calumnias, abortos y obsesiones y que, cuando tuvieron oportunidad de reencarnar, siguieron empeorando su estado con mayor número de deudas para con el prójimo.

Estos espíritus, que en el plano espiritual siguen ejerciendo su perversidad y alimentando las relaciones criminales con otros como ellos, ejerciendo la maldad contra todo y contra todos y dirigiendo crueles obsesiones, cuando reencarnan son obligados al aislamiento absoluto en cuerpos deformes y tarados mentalmente donde se verán imposibilitados de hacer daño. Y puesto que su arrepentimiento es inexistente y no tienen intención de modificarse moralmente, vivirán en la carne un sufrimiento que será el inicio de su depuración espiritual; sus inmensas deudas quedan congeladas, pues ellos no tienen intención de solventarlas; y tampoco son conscientes de la obligación y necesidad de asumirlas, al encontrarse sin la consciencia adecuada para la reflexión.

La providencia divina toma estas decisiones con todo el amor para que, iniciado el punto de inflexión, comiencen el camino de su propia redención mediante la depuración, y también para librarles muchas veces de los que fueron sus víctimas, y que desde las regiones de las sombras tienen ansias de venganza sobre ellos y desean localizarlos para devolverles todo el mal que recibieron de ellos.

Otro tipo de rescate de las deudas mediante la expiación es el que podríamos llamar como “deuda liquidada” y, como podrán deducir, hace referencia a los espíritus arrepentidos que reencarnan con la determinación de conquistar la felicidad que les espera, saldando definitivamente la deuda que tienen con su prójimo, familiares, enemigos, amigos o seres queridos. Estos espíritus asumen con humildad, conformidad y abnegación las aflicciones que la deuda pagada les procura, pues vislumbran con claridad que, cuando el propio dolor o aflicción no genera sufrimientos en los que nos rodean, la deuda propia está en proceso de liquidación.

El último tipo de rescate de nuestras deudas es el que corresponde a los “rescates colectivos”. En las catástrofes colectivas, como accidentes de avión, maremotos, terremotos, etc., siempre hay una causa que incide en los efectos de aquellos que los padecen. Hay personas que se salvan de graves y trágicos accidentes sin una causa; hay otros que nunca debieron estar allí, pero que las circunstancias les llevaron a ese final. Nada de eso obedece a la casualidad. Sin embargo, en lo tocante al rescate de deudas, no podemos olvidar que aunque el desastre es igual para todos los que lo padecen, la muerte es, sin embargo, muy diferente para cada uno. Dependiendo siempre del grado de espiritualidad o materialización de aquellos que desencarnan.

La muerte física no es lo mismo que la emancipación espiritual. Y por ello algunos se desprenden con facilidad de la turbación inicial del accidente y apenas son conscientes de la situación, siendo recogidos y amparados por espíritus guías y de caridad que les ayudarán, mientras que otros permanecen retenidos durante horas, días o semanas a su cuerpo físico debido al grado de animalización de los fluidos materializados por la vida que llevamos. Las condiciones de la muerte están marcadas casi siempre por el tipo de vida que llevamos.

Como observamos por las explicaciones dadas, las expiaciones y las pruebas que debemos afrontar en una reencarnación tienen mucho que ver con nuestro pasado espiritual, pero también con la actitud como enfrentemos y aceptemos la reparación de nuestras faltas. El libre albedrío siempre estará presente, salvo en los casos muy graves, donde las condiciones de la reencarnación hayan sido impuestas para evitar una degeneración sin freno que supondrá al espíritu siglos de sufrimiento y dolor.

Comprobamos, pues, cómo la misericordia de Dios y la justicia de sus leyes están también presente en los casos de más necesidad, de mayor endeudamiento, de más reticencia en el mal.

Por encima de todo Dios es amor, y como tal, desea para todas sus criaturas la felicidad y la paz que la siembra del bien instala en la conciencia y los corazones del ser humano. Por ello sus leyes no son de castigo sino de reeducación, y por eso mismo no tiene privilegios para nadie; el esfuerzo, el mérito, el arrepentimiento y reparación voluntaria y abnegada de las faltas cometidas concede al espíritu endeudado la tregua que necesita para corregir sus faltas, atrayendo hasta sí la ayuda desde lo alto, que muchas veces se materializa en la oración y asistencia de aquellos que desde el otro lado lo amaron y lo han perdonado, a pesar de ser las víctimas de sus crueles desatinos en vidas anteriores.

Rescate, expiación y prueba por: Antonio Lledó Flor

©2021, Amor, Paz y Caridad

Publicidad solidaria gratuita