EN NUEVOS MUNDOS

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En nuevos mundos

En otros mundos

Si atendemos a las leyes espirituales que rigen en todo el universo para los espíritus en proceso evolutivo, es preciso pararse a desmenuzar una de ellas que tiene importantes repercusiones en la trayectoria de ascensión del alma humana.

El capítulo anterior dejamos explicada la etapa superior en la que el alma del hombre, después de alcanzada la iluminación en la Tierra, se convierte en instrumento de los planos superiores, interpretando fielmente y sin apenas errores las inspiraciones de amor y sabiduría que llegan de las esferas superiores para socorrer al hombre y ofrecer ejemplos a seguir para todos aquellos que desean o necesitan progresar espiritualmente hacia la felicidad y la plenitud.

Pues bien, una vez llegados a esta etapa en la que el alma humana ha superado el nivel y las expectativas de progreso que el planeta exige, nuestro espíritu se siente libre, y en los momentos en que no se encuentra encarnado tiene la potestad de conocer otros mundos superiores, diferentes a la Tierra, a fin de adquirir el conocimiento necesario que le permita seguir creciendo y avanzando hacia la perfección.

Allá Kardec lo deja claramente expuesto cuando hace referencia a la transmigración planetaria de las almas en base a su nivel evolutivo. Tanto es así que existen muchos planetas, superiores a la Tierra, que son auténticas escuelas de aprendizaje y preparación para nuevos retos, y a los que acceden únicamente aquellos que se han ganado con su esfuerzo y superación tales méritos. 

Por lo general, los espíritus se hallan comprometidos con la evolución de su propio planeta; tanto es así que, cuando el alma humana -después de un periodo de misión acertada en la Tierra- decide prepararse en otro mundo más avanzado, no es para quedarse allí sino para seguir preparándose a fin de enfrentar retos más difíciles en su planeta de origen, al que volverán en una próxima reencarnación con un bagaje de experiencias y crecimiento espiritual superior, confirmado y acrecentado por los nuevos aprendizajes realizados en esferas superiores.

El alma ya comenzó a experimentar las últimas percepciones del amor sublime estando en la Tierra, cuando tuvo que enfrentar retos importantísimos que le llevaron a la auto-iluminación. Pues bien, ahora, con ese bagaje superado y las nuevas perspectivas que se le presentan en otros mundos superiores, su voluntad de entrega y de crecimiento espiritual le llevan a aceptar misiones complejas, difíciles. Algunas en las que la vida física puede estar en riesgo casi de forma permanente, en las que el dolor y el sufrimiento a su alrededor se extienden como una mancha, siendo su deber permanecer serena, ofreciendo ejemplo a aquellos que a su alrededor los sufren. 

Ante situaciones como estas, la preparación que ha de traer el alma humana es extraordinaria, hercúlea. La fortaleza ha de ser la clave de su carácter, para lo que la preparación en esos mundos ha de ser exhaustiva, habiéndose probado hasta límites de resistencia inimaginables. 

Hemos de tener en cuenta que, una vez de vuelta en la Tierra, además de luchar con las adversidades, el alma encarnada, por elevada que sea, tendrá que soportar las vicisitudes de una materia física que tiende al instinto, a la comodidad y a renunciar a aquello que le suponga fatiga o desgaste.

Es en estos casos cuando el alma debe demostrar un absoluto dominio sobre la materia o el cuerpo físico. Recordemos en este sentido a Francisco de Asís, que llamaba a su propio cuerpo “mi burrito”. Es decir, el instrumento terco y obstinado que se niega a obedecer la voluntad del espíritu. Sin embargo, como Él y todos los espíritus superiores que han dejado ejemplos en la Tierra, han mostrado esa misma determinación: el cuerpo a servicio del espíritu. El burrito hay que cuidarlo porque es el instrumento que sirve al alma para realizar su misión, pero no hay que dejar que imponga sus condiciones.

Cuando un espíritu regresa de mundos superiores a la Tierra para realizar una misión, esta se convierte en un objetivo importante para su evolución y progreso. Sin embargo, en estos estados evolutivos el alma, unida a la fuente divina del amor y dirigida por aspiraciones superiores de entrega y sacrificio, suele cumplir acertadamente su misión en la Tierra.

Son esos seres iluminados que, por donde van, dejan huella. Y sus huellas son caminos de luz que sirven a los que van detrás para fijarse por dónde han de pisar. Estas pisadas se vuelven firmes, seguras y positivas cuando el alma las reconoce como el camino más rápido, el más acertado para su trayectoria y progreso. Incluso aunque esta ruta suponga sacrificio y renuncia, muchos están esperando estas huellas luminosas que muchas almas siguen.

 Con ello avanzan exponencialmente mucho en su progreso evolutivo, y de esta forma se va forjando en sus conciencias el discernimiento que les permite acertar con el camino a seguir; el camino del bien, del perdón, de la renuncia a las imperfecciones, de la humildad y de la sencillez.

Es indescriptible la satisfacción de aquellos que siembran estas huellas de amor y de progreso para la humanidad, sean en el camino de la religión o de la espiritualidad. Y a pesar de que su sacrificio haya sido extraordinario y su preparación les haya llevado mucho tiempo, en este planeta u en otros, nada es comparable al amor que se siente de poder ser útil a la obra divina de ayudar a aquellos que más lo necesitan. Aquellos que vagan en la oscuridad de un mundo material que les impide ver con claridad la luz que albergan en sus propias conciencias y el potencial infinito que su propia alma alberga en su interior.

Cuando las almas que alcanzan este nivel se han preparado en otros mundos, para sacrificarse luego reencarnando en este planeta, ofreciendo su ejemplo y renunciando al bienestar que les corresponde por méritos propios en el espacio, es cuando el alma experimenta las dulces claridades de un amor que la inunda por completo.

 Llegado a este estado, ningún sacrificio en la materia le es ajeno, ni tampoco le es temido; antes al contrario, cuando observa el resultado de su sacrificio y comprueba la ayuda que -directa o indirectamente- su ejemplo ha brindado a muchos ayudándoles a salir de la ignorancia y la oscuridad, se regocija de tal forma que su sentimiento de gratitud hacia su creador se vuelve permanente.

Comienza a vislumbrar lo que Dios pretende de ella en la nueva etapa que comienza, sintiéndose por sí misma partícipe del plan divino en toda su expresión; cuidando, orientando, auxiliando y encaminando al bien y a la felicidad a aquellos que todavía vagan en la incertidumbre y desesperación de la inferioridad moral.

En nuevos mundos por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

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